El matrimonio se ha debilitado en las últimas décadas en la mayoría de las sociedades. Ahora parece "pender de un hilo". La Razón del 7 de este mes trae una curiosa noticia de agencia: La maldición del mundo del cine. Seis estrellas ganadoras del Oscar en los últimos años, rompieron su matrimonio al poco tiempo de conseguirlo, algunas de ellas con siete u ocho años de vida matrimonial, que para la época constituye un estupendo logro. He destacado que la información proviene de una agencia internacional a fin de despejar las dudas de los prejuiciosos, no escasos en el país, dispuestos a atribuir el comentario a las supersticiones de ciertos grupos étnicos locales. Un acto racista y políticamente incorrecto, sin duda. Aunque el cuento muestra la pervivencia de un mundo agorero al lado de la civilización técnica más sofisticada.
La mala suerte acarreada por el Oscar parece afectar más a las mujeres que a los hombres. Quizá ellas por el tiempo que dedican a guardar la línea, aprender los papeles de sus películas, a los menesteres domésticos de los que tampoco escapan no tuvieron el tiempo de aprender los conjuros apropiados o sencillamente escépticas no los emplearon en el momento justo, por ejemplo dando un toquecillo con el dedo en un objeto de madera, que no esté apoyado en cuatro patas. Cierto, el decorado tecno del escenario donde se realiza la entrega de la recompensa dificulta encontrar la pieza de madera conveniente. Nuestros abuelos tenían por infalible hacer los cuernos con la mano en la espalda cuando tropezaban con una persona u objeto considerado como de mal augurio.
Esta atribución, en ocasiones, desembocó en tragedias. Muchas personas la recibieron por mostrar ciertos rasgos físicos o de personalidad vinculados con la manifestación de ondas perversas, como una nariz de gancho, brujeril, la mirada torva o esquiva, una verruga carnosa en un cachete flácido. Las personas así señaladas no pocas veces pagaron con la vida la presencia del estigma. Montón de plantas se arrancaron de cuajo de los caminos porque la gente les achacó poderes malignos. Gatos, culebras, búhos tomados como mensajeros de la muerte fueron muertos o, en el mejor de los casos, espantados violentamente, antes de que el presagio llegue al destinatario.
Los muchachos de mi generación leíamos con simpatía y sin sombra de temor a Fulmine, un personaje que caricaturizaba las creencias del común de la sociedad en los individuos yetas, creado por el gran dibujante argentino Divito. Donde aparecía su figura longilínea, vestida de empresario de pompas fúnebres inglés, con su inseparable paraguas, caminando con mal pie surgía una adversidad para quienes se cruzaban con él. A su carácter fatídico se unía la imprevisibilidad, elementos indisociables de la mala suerte.
Sin embargo tampoco se puede descartar que las artistas premiadas con el Oscar voluntariamente dejaran de tomar precauciones para eludir el maleficio de la estatuilla porque las prescripciones del matrimonio, a pesar de los ritos, consejos, sermones, sobre su importancia social, religiosa y familiar, se siguen menos que antes. Sin embargo desde el siglo XVIII aquéllas ya fueron vistas con ironía, desdén no sólo por libertinos de ambos sexos, misántropos, misóginos, andrófobos, sino también por filósofos y literatos, sin olvidar a las personas corrientes que las consideran como una carga pesada para llevar por mucho tiempo, más aún en la época actual. De todas las cosas serias, dijo H. Balzac, el matrimonio es la mayor farsa. A. Daudet añadió: las ataduras matrimoniales son difíciles de soportar si no es entre dos y, con socarronería, completó y en algunos casos entre tres. ¿Casarnos?, preguntó La Rochefoucauld, si nos amamos. Nietzsche consideró el matrimonio con o sin amor ´importuno´. También las mujeres enriquecieron el epigramatario matrimonial. Madame La Fayette afirmó: hay buenos matrimonios, pero delicioso ninguno. Las amigas de Celeste, heroína de la novela del mismo nombre de Armando Chirveches, le aconsejaban casarse con un pretendiente oscuro, de cabellos hirsutos y manos regordetas, capaz de darle seguridad material. En cuanto al amor, la ciudad desbordaba en amantes para escoger. Quien busque algo más actual sobre el tema el correo electrónico proporciona a diario una cantidad de sujetos de meditación y risa.
El matrimonio como institución social, más allá del Oscar, se ha debilitado en las últimas décadas en la mayoría de las sociedades. Ahora parece ´pender de un hilo´. Un esposo jordano, reportó recientemente la prensa, rompió con su mujer porque ésta empleaba en exceso el celular y para colmo varias veces en llamadas de larga distancia. Había arruinado su economía. Ella le pidió telefónicamente que no la deje, pero así aumentó su falta y la factura. Él no consintió. La repudió tres veces, suficiente, según la ley islámica, para hacer definitivo el divorcio y restablecer el orden en sus cuentas.
Igualmente en Occidente la legislación sobre el divorcio se ha vuelto en muchos países más laxa y expedita. Nada complica el proceso. Hace poco un juez aceptó la demanda interpuesta por una mujer y sentenció la separación perentoria porque el marido tomaba habitualmente una cena abundante en porotos, a pesar de que cuando hicieron las promesas matrimoniales ambos se comprometieron a amarse en las buenas y en las malas, a soportar juntos las adversidades.
¿Cómo en tales circunstancias distinguir el maleficio del Oscar de la menor tolerancia de la pareja a las dificultades de la vida conyugal, que se manifiesta por aquí y por allá desde que el matrimonio ha dejado de ser la forma privilegiada de fundar una familia? Pero además porque los valores del mundo actual colocan a la pareja frente a elecciones inconmensurables, es decir frente a alternativas difíciles de ponderar la una con relación a la otra. Por ejemplo la lealtad puede entrar en conflicto con las exigencias de desarrollo personal o la consideración y el cariño al otro con la propia integridad. Tal vez es mejor no meterse en honduras y aceptar los juegos de la buena y la mala suerte.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
¿Qué hacer con el IDH?
Según la economía libre de mercado los individuos, y no el Gobierno, son los que eficientemente asignan los recursos económicos, porque cuando lo hace el Estado no se cumple con el postulado de la racionalidad económica.
Canción para los que se van
Los hemos visto a menudo. Con ese rostro agotado o agitado, pero en ambos casos cargado de esperanza y espera. En largas filas de embajadas, o en apretadas antesalas de Migración. Hablan poco, pero dicen mucho y sueñan otro tanto.
Desgasificando nuestras vidas
Bolivia tiene 48 millones de hectáreas de bosques, y ha declarado 41 millones, como Tierras de Producción Forestal Permanente; de ellos, 9 millones se encuentran bajo manejo sostenible y 2 millones de hectáreas ya cuentan con certificación forestal voluntaria
¡Ahí viene el lobo...!
La credibilidad de los especialistas y líderes de opinión ha quedado en entredicho después de la firma de los contratos con las empresas petroleras. Un off side monumental registrado desde cuatro ángulos con dieciocho cámaras, para ponerlo en facilito.