La credibilidad de los especialistas y líderes de opinión ha quedado en entredicho después de la firma de los contratos con las empresas petroleras. Un off side monumental registrado desde cuatro ángulos con dieciocho cámaras, para ponerlo en facilito.
Hagamos memoria: hace un año atrás, una legión de entendidos en el negocio petrolero vaticinaba que la probable victoria del MAS en las elecciones generales, ocasionaría una retirada casi automática de las compañías extranjeras. La sola inestabilidad política generada por el advenimiento de un Gobierno de corte socialista, devendría en una feroz reacción que nos llevaría a un rápido proceso de aislamiento, no sólo del área hidrocarburífera, sino de toda la comunidad financiera internacional. La llegada del lobo era anunciada, en más de un caso, con bombos y platillos.
Sigamos con el cuento. La promulgación del decreto de Nacionalización el primero de mayo fue interpretada por los expertos como un acto de demagogia proselitista, orientado exclusivamente a ganar votos y a controlar la Asamblea Constituyente. En tono más moderado, algunos analistas reconocían alguna buena intención del Gobierno, para luego descalificarla, atribuyéndole una profunda ignorancia de la realidad política, de los elementos técnicos del negocio, y del savoir faire con las multinacionales. Los más condescendientes acusaban simplemente ingenuidad, pero en términos generales, reinaba el consenso de que la medida estaba condenada al fracaso. Los procesos de arbitraje internacional estaban a la vuelta de la esquina, y había que estar preparados para afrontar las múltiples consecuencias. El lobo estaba ya detrás de la puerta.
Cuando las empresas anunciaron su intención de quedarse, y aceptaron sentarse en la mesa de negociación, no faltaron opiniones en espacios y publicaciones especializadas, que señalaban se trataba de una estrategia para ganar tiempo y que, finalmente, Petrobras y Repsol, a través de sus gobiernos, terminarían poniendo las cosas en su lugar. Detrás del lobo venía un lobo mayor, dispuesto a quitarse el disfraz de amigo y a engullirnos. Porque claro, se daba por sentado que en los negocios no hay amistades ni afinidades. Business are business, y ahí nomás nos iban a sentar la mano.
Sería de muy mal gusto entrar en detalles y personalizaciones, por lo que me limito simplemente a señalar que en términos generales los logros y resultados del proceso de Nacionalización han sido bastante diferentes de lo pronosticado por los líderes de opinión del sector. Hasta ahora, la pelaron: y la pelaron duro. Y en este momento yo me estoy preguntando lo mismo que usted: ¿Cómo es posible que tantos expertos se hayan equivocado en sus proyecciones? También coincido con usted: muchos de ellos no se equivocaron, más bien apostaron políticamente por un determinado escenario. Habrá que asumir entonces que no existe tal cosa como la especialización fría y técnica, desprovista de carga ideológica.
Para los que la pelaron en buena fe, habrá que preguntarse dónde, para quién y para qué se convirtieron en especialistas y, sobre todo, dónde se hallan sus limitaciones para aplicar su pericia fuera de los esquemas donde fueron formados. Obviamente en el entendido de que existen visiones e intereses distintos de los de las compañías petroleras. El tema es que, llámenlo como lo llamen, el proceso de Nacionalización avanza, y lo hace sin el aporte de expertos descolocados, que seguramente le seguirán buscando los tres pies al gato en el detalle de los contratos.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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