El contrabando y la sequía son factores que afectan a 30.000 personas que trabajan dentro de la cadena productiva del arroz. La continuidad de su labor está en peligro.
Miguel Vargas S. Fotos: David Guzmán
Un boliviano ingiere un promedio de 38 kilogramos de arroz al año. Hervido, en sopa, en majadito o al estilo chaufa, el sabor de este alimento es protagonista de muchos platillos locales. Pero no sólo se trata de un manjar excelente como guarnición; cerca de 30.000 familias destinan sus vidas a trabajar en algún eslabón de la cadena productiva de este grano en Bolivia, un sector que actualmente bordea el colapso a causa de los bajos precios, el contrabando y la falta de efectivo apoyo estatal. Los principales afectados: los medianos y pequeños productores.
La vida de estos agricultores late más allá de las cifras y precios. Climas cálidos y húmedos son su morada, donde los mosquitos se afilan para la temporada de siembra y los cuidados deben ser intensivos, pues se trata de un grano muy sensible. El arroz (Oryza sativa) es una planta de la familia Poaceae, cuyo nutriente principal está conformado por los hidratos de carbono, además de contener cerca de siete por ciento de proteínas. En estado natural contiene vitaminas y minerales que se suelen perder —hasta en un 85 por ciento de vitaminas— con el proceso de refinado. Y fue también el centro de discusión del IV Encuentro Nacional de Productores Arroceros, realizado en la localidad de Yapacaní —a 120 kilómetros al norte de Santa Cruz— los días 27 y 28 de octubre.
´El encuentro es un espacio de análisis de reflexión para compartir experiencias y sacar conclusiones que sirvan para reformular las propuestas públicas que vayan a beneficiar a nuestro sector´, explicaba en la reunión Remberto Gonzales Bráñez, que tiene 35 años y preside la Federación Nacional de Cooperativas Arroceras (Fenca). ´Nuestro sector está atravesando una difícil situación económica debido a los bajos precios, la sequía y el contrabando, que nos está estrangulando´. Este tipo de fenómenos son los que, junto al apoyo de instituciones como el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca), se trata de combatir. Se tienen reportes de que se importan legalmente menos de 5.000 toneladas de arroz. ´Tenemos evidencias de que a nuestro país entran más de 40.000 toneladas por Yacuiba y Villazón. Cada hora ingresan 50 quintales de arroz y no existe control´.
El futuro no augura buenas noticias. De las 160 mil hectáreas que se produjeron en la última campaña, se calcula una reducción de hasta un 40 por ciento. Gonzales saca esa conclusión basándose en los reportes de la utilización de semilla certificada, pues de las 1.200 toneladas que vendía una de las cooperativas del norte de Santa Cruz el año pasado, sólo se comercializaron 400 toneladas hasta octubre, tomando en cuenta que la siembra grande se hace en ese mes y hasta mediados de noviembre.
´La mayoría de los productores no va a cultivar la misma superficie. En Beni se trabajaron 60 mil hectáreas el 2005; este año no llegarán ni a 20 mil. En Santa Cruz se produjeron unas 100 mil hectáreas, pero ahora no alcanzaremos ni 70 mil´.
Con todo, la mala racha no desanima a los que se reunieron en el cine teatro Avenida Don Bosco de Yapacaní para buscar soluciones, delegaciones de La Paz, Beni, Cochabamba y Santa Cruz, que llegaron sorteando bloqueos para obtener nuevos conocimientos, plantear sus problemas y lograr soluciones de manera conjunta.
Seleccionando las semillas
Una semilla limpia, pura, de buena germinación y libre de insectos y enfermedades es el inicio de una promisoria cosecha. Donada por el Gobierno japonés para los pequeños productores, la planta procesadora de semillas de Yapacaní tiene una capacidad de 250 toneladas de semilla, pudiendo trabajar dos toneladas al día. William Holters Amelunge es gerente de PITA Arroz, del Centro de Investigación Agrícola Tropical (CIAT) y condujo a un grupo de agricultores durante el evento a la Feria de Semillas, que se organizó en las afueras del recinto para mostrar las bondades de la semilla certificada.
El proceso comienza con la formación de los camiones de acopio que, a través de la zaranda principal, van dejando caer las semillas con todas las impurezas. Allí, el molinete traslada el grano hasta las fosas de secamiento, que son cuatro para separar las diferentes variedades que hay de arroz. El aire caliente sale a través de quemadores y logra que el arroz baje su humedad a 14 y 16 por ciento. Finalmente se llega al nivel óptimo para el almacenaje, que está entre 12 y 13.
Luego del secado, la semilla pasa hasta la prelimpieza, donde se eliminan las primeras impurezas. El grano sale de esta etapa y se traslada a la zaranda de limpieza, donde el grano queda limpio, listo ya para envasarse en sacos. Para el almacenaje se colocan las semillas en una cámara climatizada, donde se ubican químicos para evitar que las polillas y las plagas comedoras de grano estropeen el arroz.
En el almacén se puede apreciar la calidad de la semilla. Los funcionarios de la Oficina Regional de Semillas acuden allí para sacar las muestras que se llevan al laboratorio. Ellos examinan la calidad del producto, determinan la cantidad de impurezas, el grado de germinación, el vigor de la semilla y se identifica el lote con una etiqueta. El color de la etiqueta es el que determina la categoría del grano. Si es celeste se trata de semilla certificada y producida por un agricultor comercial; la rosada indica que es una semilla registrada y la etiqueta blanca identifica a la básica.
El almacén es un depósito climatizado donde las condiciones ambientales son las adecuadas. Y el uso de humedímetros ayuda a extraer la humedad de las semillas.
Fuera del recinto, se abrió espacio para la exposición y venta de semillas, donde Claudina Llano, de 57 años, fue sólo una de las expositoras que ofrecían variedades certificadas obtenidas por el sistema de chaqueo. Pertenece a Aprosem, la Asociación de Productores de Semilla de Menacho y San Martín, cuya labor es muy importante, pues sólo con productos certificados se puede saltar a la siguiente etapa.
El combate por el arroz
La siembra del arroz se inicia en los meses de octubre a noviembre. El agricultor pequeño trabaja con el sistema de chaqueado, que consiste en preparar el terreno con el corte de arbustos, el tumbado de árboles, el secado, la quema y el chaqueado final. Medianos y grandes productores trabajan con el sistema mecanizado, que cuenta con tecnología que determina una mejor y menos riesgosa cosecha.
Los reunidos en el encuentro tenían en común varios problemas. Deben luchar contra enfermedades del arroz, como la Bruzone (Pyricularia oryzae), hongo de gran capacidad destructiva que se adapta a los fungicidas. Y también perjudican el Helminthosporium (Helminthosporium oryzae) y la temible Escaldadura de la hoja (Rinchosporium sp).
Las enfermedades compiten con los barrenadores, que atacan a la planta al nacer y la polilla, que succiona los nutrientes de la planta. También está el chinche de la panoja. Para las plagas, a la semana y media de la siembra hay que realizar una primera fumigación, que se repite en la floración. Pero, pese a los cuidados, el nocivo arroz rojo se cuela entre las semillas no certificadas y es de difícil control.
Por otro lado, el arroz es una planta sensible que necesita la suficiente cantidad de agua para desarrollarse. Por ello, los métodos más modernos utilizan el riego para mantener la cantidad adecuada de humedad. Sin embargo, la mayoría de los productores depende de las lluvias, por lo que una sequía suele destruir el trabajo de la temporada y dejar endeudado al agricultor.
La maleza también se alimenta de los nutrientes de la tierra, ahogando a la planta de arroz. Por este hecho, se debe mantener limpio el cultivo entre 25 y 45 días después de la siembra, según las recomendaciones del CIAT. Las malezas más comunes son el pelo de chancho, el tomatillo, el orizahá, el gusanillo, la golondrina, el chiori y la Santa Lucía, y se combaten manualmente o utilizando herbicidas.
Eso no es todo. A las aves les gusta mucho el arroz y cuando la planta tiene cerca de seis meses los loros se dirigen a los campos de siembra.
Si se sobrevive a estos problemas, la cosecha suele hacerse entre febrero y marzo. Y dicha actividad amerita la celebración en marzo de la fiesta del Día del Arroz.
Luego de finalizada la cosecha, que se hace manualmente con cuchilla y machete en el chaqueado, el arroz necesita pasar por un proceso de pelado, secado, clasificación, envasado y almacenamiento.
Un trabajo así lo realizan los 10 empleados de doña Pauliza Beizaga, quien administra el ingenio arrocero Nevada, donde empezó hace siete años con una pequeña peladora. Allí se inicia el pelado del grano, cuya chala se bota o quema.
El secado se realiza con un horno de leña. Luego una máquina limpia de impurezas el arroz, lo pela y lo va clasificando desde el 0 (seleccionado y de primera calidad), al tres cuartos, el granillo y la colilla, que se venden a 100, 40, 15 y 10 bolivianos por quintal. Luego, se engrapan y se entregan al productor, quien almacena y comercializa el producto.
Cuando ya está almacenado, el arroz debe cuidarse de los gorgojos y los ratones. Para esto, se debe aislar los almacenes y utilizar químicos para repeler al gorgojo. Para el ratón se recomienda la atemorizante presencia de un gato.
Pese a estos escollos, los arroceros se han unido gracias a la reunión y buscan formas para entrar en el mercado. El 80 por ciento de los productores son pequeños o medianos, y muchos están en quiebra. Por eso, esperan también respuestas del Gobierno para sobrevivir.