Antes de que las fuerzas me abandonen, y no quiero entrar en detalles personales, me apresto a cumplir con el compromiso quincenal que tengo con usted, amable lector.
Las palabras que utilizo en el título son producto de una reflexión sobre la utilización abusiva del término ´originarios´ con el que se refieren a sí mismos aquellos grupos sociales que dicen haberse mantenido extraños a cualquier intercambio genético y cultural. Bien por ellos si lo tienen por virtud, aunque la propia genética y la propia evolución cultural, desde hace mucho, tienen puestas sus expectativas en el intercambio, la diversidad, la influencia recíproca, la fusión, en suma: el mestizaje y la interculturalidad. La endogamia, la reproducción cerrada, conduce inexorablemente a la degeneración de la especie; la pura tradición lleva a la repetición infinita.
Cuando se blande el sable del ´originarismo´, a sujetos como el suscrito, urbanos, transculturales, cosmopolitas, demócratas, tanto como enraizados en este suelo, se nos está sugiriendo que fuimos traídos por una cigüeña desde París y, por favor, a estas alturas no nos lo vamos a creer, de modo que pretender soslayar una realidad como el mestizaje, es poco menos que ingenuo, aunque políticamente suene muy ´fashion´ y de pronto a más de un boliviano producto de la mezcla de leches se le ocurra autoidentificarse como ´indígena´, insostenible factualmente. ¿Oportunismo? ¿estrategia de supervivencia política? ¿confusión?
Aquí es donde introduzco la idea de lo ´urbiginario´ y lo ´orbiginario´: las ciudades y el planeta, la urbe y el orbe, como en la bendición católica. La ciudad moderna como síntesis de la conservación, el contraste y la transformación permanente, de la migración campesina y global, de la adicción al trabajo, del stress, del ocio, de las raíces y de las antenas, del consumo y del exceso, de las tribus urbanas y de la inseguridad ciudadana.
¿Cómo se reconoce uno como ´urbiginario´? A mí me sucede con frecuencia que, en busca de sosiego, busco refugio cerca del mágico lago que nos regaló la naturaleza, antes de llegar a Copacabana —demasiado citadina para este propósito—. Antes de conseguir completamente mi objetivo de la paz interior, el ruido me llama y vuelvo a la pasión urbana. Ni siquiera se trata de haber nacido en la ciudad, sino de haber aprendido a vivir en ella y a amarla, así esté arriesgando el cogote en cada taxi al que se sube.
El ´orbiginario´, que ya ha hecho su aparición, es el ser humano del futuro. Los niños de hoy (estas criaturas ´índigo´, que les dicen) son la primera generación de orbiginarios: nacen en un lugar específico, como todos, tienen una nacionalidad, como todos, pero nacen en el mundo al mismo tiempo; su cordón umbilical es de fibra óptica y el conocimiento, su leche materna.
Puesto de esta manera, ¿qué sentido tiene hablar de ´originarios´?
* Puka Reyesvilla es docente universitario.
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