Como sucede con el fernet o los mariscos, las cintas que siguen los lineamientos del Dogma 95 responden a un gusto adquirido. Es el caso de El hijo, una película belga de los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne.
Ante un público que desde la televisión, los cuentos infantiles y desde las fórmulas de Hollywood ha aprendido a leer el cine a través de la narrativa clásica aristotélica, el enfrentar una película como ésta puede resultar confuso e inquietante si no se tiene la necesaria amplitud y preparación cinematográfica.
La tesis de la cinta es sencilla: explorar la relación que se forma entre un carpintero que trabaja en un centro de reinserción social y su nuevo pupilo, el asesino de su hijo. Son 103 minutos de largos planos secuencia, con ausencia de música y una cámara movediza que trata de perseguir los movimientos de los actores. A pesar de lo tedioso que suena, cada escena está ahí por algo y permite un crescendo en una situación de gran complejidad emotiva expresada a cabalidad por el actor, que no recurre a despliegues histriónicos.
Para quien tiene la mente encasillada en el primer plano, el tres cuartos y el perfil, significará un shock el que la mayor parte de la cinta sea la nuca del actor Olivier Gourmet la que domine en pantalla. Lo propio sucede si se espera mayor ritmo en las secuencias a través del corte o esa música que eleva la emotividad. Si el espectador espera que cada que sale una espada se escuche un coro, mejor vea Star Wars. Pero si se arriesga a ingresar en una cinta cruda y sin artificios, es su película.