Cada domingo por la mañana, la metrópoli convive con el pueblo en la plaza principal de Santa Cruz. Una mirada atenta sirve para desentrañar sus variados personajes.
Miguel Vargas S. Fotos: David Guzmán
El campanario de la catedral de Santa Cruz recluta feligreses para la misa cada domingo. Lo viene haciendo ya desde la época colonial. La gente se apresura a la estructura de ladrillo visto, que si bien se concibió para estar blanqueada —tal y como lo exigía el neoclásico—, ahora se muestra como el epicentro de la manzana uno, desde el kilómetro ´0´ de Santa Cruz de la Sierra. La ciudad ha crecido y cambiado mucho. Y la plaza metropolitana 24 de Septiembre es el lugar donde se evidencia el crisol de épocas y de vivencias.
La ´g´ desentona en una placa que dice ´Homenage de la Patria a Santa Cruz, 1920´, pero fue un deseo del municipio conservar las placas originales en el monumento central, erigido en honor al coronel Ignacio Warnes, con errores y todo. En esta plaza se ha vivido la historia, entre festejos y entre balas, como lo demuestran aún los agujeros que se ven en algunos árboles y edificios.
Hoy, convertida en un zócalo en que convive la parte antigua con la contemporánea —en que la piedra y la madera son protagonistas—, permite la presencia de ajedrecistas de domingo, paseos en familia y personajes singulares.
Caly, el rey de los jugos
´Mi nombre es Antonio Miranda Calisaya, tengo 35 años y una función laboral aquí en Santa Cruz desde hace 16 años. Soy natural de La Paz, un paceño con esas ganas de seguir adelante y de triunfar. Mi inspiración consiste en seguir mi pensamiento y mi conocimiento´.
Cuando el calor ataca, el Caly aparece con su camisa y gorra bordadas, un gato en el cuello y una bandeja con jugos de lima, frutilla y tumbo. ´Productos Caly viene de mi formación. Yo soy barman y manipulo y preparo todos mis jugos. Trato de hacerlos de acuerdo a mi fórmula auténtica. Es de pura fruta natural 100 por ciento, agua purificada y con mucha higiene´.
El apodo Caly viene de Calisaya, en honor a su madre, de quien asimiló su forma de vida. En Santa Cruz se siente en casa, pues la gente le ha dado una muy buena acogida. Tiene seis hijos y ya espera el séptimo. ´ Son cosas de la vida y de la naturaleza. El hombre es hombre. Y me encuentro muy contento´.
Llega a la plaza a las 8.00 y se queda hasta que termine el jugo. La venta va de acuerdo con la temporada. En el verano junta como 150 a 200 bolivianos bien trabajados. En invierno merma la venta. ´Pero yo soy un hombre de mil oficios, no me corro de nada. Soy cocinero, barman, pintor, chofer´. Caly seguiría conversando, pero lo llaman desde una banca y él va presuroso.
Más allá, una amplificación avisa de la presencia de una feria artesanal organizada por la Prefectura cruceña. Rodeada de sus productos, Martha Gutiérrez, de 46 años, ofrece artesanía en hojas de motacú. ´Nosotros estamos organizadas entre las señoras del barrio Los Ángeles. Queremos seguir adelante. No nos queremos olvidar de las costumbres de nuestros abuelos, como somos cambas´, comenta mientras ofrece sus abanicos a dos bolivianos y despacha un saco para colgar luego un jasayé junto al sombrero de seis monedas, decidida a vender todo a lo largo de la mañana.
Ruth Vargas se halla a un par de puestos. Tiene 23 años y trabaja con collares de semillas. Viene del campamento San Julián. El sirari, el ojo de buey y el coco son sus materias primas. ´La venta está bien . Según el trabajo cobro entre 15 y 25 bolivianos, pero también hay de 50 y 55´.
Míticos personajes
Esperando a los clientes, Leoncio Álvarez Arias apoltrona sus 48 años en su silla de lustrabotas. Trabaja en la plaza desde hace 17 años y se divierte viendo a los visitantes buscando al único perezoso que se mantiene en la plaza. Como para emularlo, allí está una escultura en madera que muestra al lento animal con una cría en su espalda.
´La primera plaza era más chica. Sábado y domingo no venía casi nadie, así con familia. Ahora ya vienen y pasean desde el Banco Argentino hasta la manzana uno con bicicletas´, relata Leoncio. ´Cuando hay fiesta y cuando hay feria, todo esto se llena. Somos 30 los que trabajamos en los sillones fijos. Antes permitían entrar a los ambulantes, pero ya no. La lustrada, dos bolivianos´.
Pero el epicentro de la plaza es la Catedral Metropolitana. ´Los arquitectos hablaban de que había que desmitificar el tema de la iglesia y poder verla desde distintos ángulos´, comenta el arquitecto y catedrático Ernesto Urzagasti. ´Esta iglesia se puede apreciar desde cualquier lado, pero además ha permitido abrir un espacio a actividades como conciertos de música y otro tipo de eventos artísticos´, comenta señalando algunas obras de un encuentro de talladores.
´La plaza se está convirtiendo en el centro cultural de Santa Cruz, con la galería Manzana Uno, el Centro Franco Alemán, la Casa de la Cultura y otras instituciones circundantes´, refuerza Urzagasti.
Frente a la fachada de la catedral está Filemón Barba Ochoa, de 70 años, que hace 56 años carga con su cámara fotográfica en blanco y negro hasta la plaza. ´Aquí me inicié a los 14 años. Sigo trabajando con el mismo equipo; dos fotos son 10 pesos en tamaño cuarta postal´.
Filemón recuerda la plaza cuando tenía una fuente grande con el mapa cruceño. ´Llena de agua, parecía un piscina´; pero aún recuerda más la balacera durante el golpe de Estado de Hugo Banzer. ´Los derrotados no estaban conformes. Y, cuando estaban celebrando los que dieron el golpe, los francotiradores estaban escondidos. Primero estalló una bomba en donde era la Prefectura y así empezó la balacera. Pasaron dos proyectiles. Me tiré al suelo y las paredes quedaron con la marca de las balas. Por poquito no la cuento´.
Siguen los recuerdos, pero irrumpe el bullicio de mediodía. En tropel, los asistentes a la misa llenan las gradas, como en la Colonia. Así es la plaza: pasado, presente y futuro conviven sin problema.