Cotapampa, Caluyo o Chacarapi son parte de los lugares que se recorren durante la ruta, que forma parte de un proyecto que busca el beneficio de los originarios.
Inés Ruiz del Árbol Fotos: David Guzmán
on las siete de la mañana y lo primero que hace Ponciano Quispe, con las luces del alba, es dirigirse al redil donde descansan sus alpacas. Son 80 los ojos tímidos que siguen su caminar, pausado, esperando con ansia la hora de pastar por los alrededores de Cotapampa. Esta población de la provincia Bautista Saavedra, en el departamento de La Paz, cuenta con 40 habitantes, que se dedican al cuidado de estos animales a 4.490 metros de altura. Ponciano abre la puerta del redil y deja que el tumulto de animales lanudos salga corriendo a mascar su preciado tesoro. Y todas estas imágenes, como atrapadas en el tiempo, se repiten cada día, desde hace ya décadas.
Pero las cosas están cambiando, pues, un proyecto busca dar a conocer la zona en Bolivia y el mundo. Se trata de una ruta llamada ´Pacha Treck´, que recorre las venas de varias comunidades con el objetivo principal de conservar la diversidad natural y cultural del extremo noroeste del departamento. Y no es casualidad que algunos de sus promotores definan a esta aventura como ´cultura y naturaleza más allá del tiempo´, ya que por sus caminos, que se extienden desde los 2.800 metros sobre el nivel del mar hasta los 6.200, se pueden encontrar, entre otras cosas, vizcachas, ciervos andinos, vicuñas y tucanes, en los bosques de queñuas y de yungas.
Con todo, la parte más novedosa del proyecto es la convivencia con los comunarios de Cotapampa, Caluyo o Chacarapi, y el acercamiento a sus culturas aymara y quechua y a los maestros kallawayas, que practican una misteriosa medicina herbolaria ancestral y ritos sagrados para la Pachamama.
Ponciano, sus compañeros comunarios y la organización Conservación de la Biodiversidad para un Manejo Integrado (Cobimi), son los responsables de que la iniciativa comenzara. Sobre todo, Cobimi, que desde 1998 ha fomentado la participación de las comunidades locales en la conservación de los recursos naturales en las áreas protegidas de Amboró y Apolobamba, apoyando con la creación de centros interpretativos y artesanales, sendas, infraestructura para el ecoturismo y materiales informativos.
La idea es la mejora de la calidad de vida de las comunidades, basándose en lo que se ha venido a llamar ´cultura turística solidaria´.
Susan Davis y Martha Ajururo son dos de las responsables de que este proyecto haya salido hacia adelante. ´Lo que se busca —comenta Susan— es el desarrollo y la preservación de la cultura de las comunidades y la naturaleza que les rodea´.
Para ello, cada comunidad de la ruta cuenta con un centro de interpretación en el que se muestran las particularidades culturales, históricas y naturales de la zona. Exhiben objetos como vestimentas tradicionales, tejidos, herramientas de trabajo e instrumentos musicales, donados por todos por los residentes de estas comunidades.
Entre el altiplano y el valle
Cotapampa se despereza con los primeros rayos del sol, y las alpacas salen como autómatas a pastar por su territorio. Ponciano se prepara entonces para comenzar la caminata. Serán dos machos de llama los que acompañarán a los viajeros en el inicio de su travesía.
En ella, los colores se van adueñando poco a poco de cada uno de los elementos que conforman la atmósfera altiplánica, y también del camino, bordeado de piedras, por el que se desciende hacia la increíble comunidad quechua de Caluyo.
Durante la caminata, se hace presente la laguna Sora Qucha, que es un auténtico santuario de aves altoandinas. Allí, gaviotas, patos, gansos o fúlicas conviven en aparente armonía, armando un constante murmullo de cantos dulces o guturales. ´Las fúlicas son las dueñas del lugar, tienen su territorio completamente restringido´, explica Ponciano señalando con el dedo índice hacia el lugar donde se encuentran estas aves negras de aspecto algo maléfico. De la laguna nacen dos pequeñas islas, una de roca y otra de pasto, que son un refugio para estos animales.
Antes de llegar a Caluyo, otra laguna nace entre los nevados. En ella viven cientos de truchas, una especie introducida en el lugar, y tan sólo dos pequeñas aves fúlicas.
Una vez que la senda desemboca en Caluyo, los comunarios del lugar muestran con orgullo su centro de interpretación, que exhibe las tradiciones de la cultura kallawaya y la relación entre sus actividades cotidianas y la naturaleza.
No muy lejos de allí se hallan las ruinas de Chullpapata, un sitio arqueológico precolonial que aún hoy es utilizado para ceremonias tradicionales, como la de la fiesta de la Candelaria el 2 de febrero, en la que todas las autoridades llegan a caballo al lugar y sacrifican a una llama para obtener buena cosecha.
Otra de las ceremonias se celebra en noviembre, mes en el que tiene lugar la fiesta de chajrukallay para el inicio de la copulación de las alpacas. Es una fiesta que celebran las familias ganaderas y para la que se reúnen aguas de seis fuentes y se prepara a modo de ofrenda una mesa con doce platos.
Durante el rito, se ch\'alla a las alpacas con claveles empapados en las aguas. Cada vertiente de agua de asocia a un tono, y con esta ch\'alla los lugareños piden el color de crías que desean para el año entrante.
Cuenta la leyenda, además, que en estas ruinas algunos han visto extraños animales legendarios entre la neblina, almas de personas que murieron y cerros gigantescos que después desaparecían como si nada.
En este punto de la caminata, el altiplano ya se va transformando en cabecera de valle. Los comunarios ya no sólo se dedican a cuidar alpacas, sino también al cultivo de productos como la papa, la oca y la papalisa. ´Aquí todavía utilizamos el trueque´, señala Ponciano.
Luego, la ruta se encamina hacia Chacarapi, pasando a través de pequeños riachuelos y dejando atrás terrazas agrícolas precoloniales que aún continúan produciendo.
Charazani, con sus 2.000 habitantes, es el último destino, un lugar entre cerros oscuros con unas piscinas de aguas termales para relajarse tras de haber culminado el viaje. Y allí, entre corrientes de agua caliente, lo que permanece en uno es la sensación de haber conocido de primera mano los secretos de los caminos interminables de la cordillera de Apolobamba.
Medicina tradicional kallawaya
´Mi Apu, mi dios de los cerros sagrados, no me autoriza a leer las hojas de coca´, comenta Jaime Laimes, kallawaya de la comunidad de Chacarapi. ´Es una capacidad que muy pocos tienen´, reflexiona mientras se mete la primera hoja sagrada en la boca.
Sin embargo, posee la capacidad de curar torceduras, problemas de riñón, asma e incluso cáncer de un modo bastante particular. Y es que no son aspirinas, antibióticos o sesiones de quimioterapia lo que este curandero recomienda ante tales enfermedades, sino pomadas de plantas medicinales, parches con bases minerales o tinturas de aguas termales locales. Según la textura, el olor y el color de la planta, sabe exactamente qué enfermedad puede curar o para qué pomada lo puede utilizar, pues desde niño vio a sus padres, tíos y hermanos tratar a las plantas con el cuidado que merece el cristal de la vajilla más fina. Desde el mes de mayo, casi una treintena de kallawayas de Chacarapi y Caluyo se han unido para refundar la “Asociación de médicos originarios”, que cuenta con talleres de capacitación para las nuevas generaciones. De ahí, ya han salido nuevos productos elaborados con elementos completamente naturales, como son las plantas medicinales, grasas animales o varios minerales. Así, por ejemplo, han creado nuevas pomadas para el reumatismo con raíces secas y una mezcla de dos plantas de la zona. También, pomadas de mentol para la tos y el asma y tres jarabes para los riñones, la vesícula y la matriz. “También tenemos el proyecto de sacar un parche ecológico para las fracturas y tónicos para aumentar la actividad cerebral´, explica Jaime. Sin embargo, estos curanderos todavía no poseen un laboratorio propio, y siguen elaborando sus remedios en casas particulares. Estos curanderos, además, colaboran y cooperan con el hospital de Charazani, y los médicos que practican la medicina occidental muchas veces les piden consejo. Con todo, Jaime tiene una postura muy clara ante la medicina occidental. ´Nosotros curamos las enfermedades a largo plazo, atacando la raíz del problema. Sin embargo, los médicos, lo que hacen con las tabletas es aliviar el dolor de forma pasajera´. Sólo los kallawayas conocen los secretos de cada una de las plantas que utilizan. Y hay muchos ejemplos de su trabajo. La taqachilla es consumida en mate para el hígado, los riñones y para la eliminación de parásitos en el estómago. El mankap’aki se aplica en parches para aliviar golpes. El ch’imich’uju es tomado en mate para la gripe. El jugo de las hojas y tallos de una planta llamada kunkuna se coloca en algodón en las orejas para aliviar el dolor de oído. La chijchipa se utiliza para los problemas de sobreparto. Y el eucalipto es muy útil para la gripe y se usa en tintura para el reumatismo. Pero no son sólo las plantas las que tienen poderes medicinales, pues existen también minerales con propiedades. Es el caso de la phasalla, una piedra singular que ayuda a los niños a crecer y a tener los huesos fuertes. También mejora el funcionamiento de los órganos internos. Los minerales se suelen utilizar para hacer parches, que alivian los calambres y torceduras. Las tinturas, por su parte, se elaboran con base de agua mineral de las fuentes locales, así como los tónicos y jarabes. Pero hay que tener en cuenta que los remedios no se pueden tomar de cualquier modo. El azúcar los deja sin propiedades, analiza Laimes.