Pese a las protestas del derechista Álvaro Noboa, las urnas parecen haberle dado un amplio e incuestionable triunfo al candidato de la izquierda Rafael Correa en las últimas elecciones en Ecuador, con lo que —sumado al triunfo de Ortega en Nicaragua y la casi segura victoria de Chávez en Venezuela el próximo domingo—, la región latinoamericana da, nuevamente, un giro hacia la izquierda. Los éxitos electorales de Uribe, en Colombia, Calderón en México, y García en Perú, habían equilibrado las tendencias políticas, que ahora parecen favorecer nuevamente a un izquierdismo de corte populista.
Hay que tomar en cuenta que existen importantes similitudes entre Correa y el presidente boliviano, las que empiezan por su amistad con Hugo Chávez, pero, además, Correa anunció una política opuesta al neoliberalismo. La instauración de una Asamblea Constituyente para elaborar una nueva Carta Magna está entre sus prioridades, así como la negativa a firmar un Tratado de Libre Comercio con EEUU, que estaba en avanzado proceso de negociación. Además, Correa anunció que renegociará los contratos con las multinacionales del petróleo, lo que, para una nación petrolera, es un reto muy grande.
Naciones como Brasil, Argentina y Chile están gobernadas por una izquierda moderada. Están también Uruguay, Panamá, Costa Rica y, por cierto, Cuba. Esto hace ver cuál es la dimensión que toman las corrientes progresistas en el Continente, y cuáles son las reformas urgentes que exigen las masas empobrecidas de la región.
El perfil de Rafael Correa lo sitúa como un hombre de avanzada, pero, al mismo tiempo, moderado. Sus propósitos de cambio son producto de exigencias de su campaña electoral y, si se llevan con la prudencia necesaria, los ecuatorianos no deberían temer grandes contrastes.