El acercamiento suscitado entre Bolivia y Chile en el presente año, a raíz de la visita del ex presidente Ricardo Lagos a La Paz, y la del presidente Evo Morales a Chile, y consolidada con las reuniones de Consultas Políticas a nivel de viceministros de Relaciones Exteriores y, más todavía, con el viaje del canciller Choquehuanca a Santiago, ha dado lugar a que personeros del Gobierno nacional comiencen a hablar de una pronta reanudación de relaciones diplomáticas entre los dos países.
Al respecto, estamos conscientes los bolivianos de que la única manera de llegar a obtener una salida propia y soberana al océano Pacífico es mediante una negociación franca y amistosa con Chile. Pero no es necesario para ello restablecer las relaciones diplomáticas, suspendidas desde el fracaso de la negociación iniciada en Charaña, en marzo de 1978.
Cabe señalar que un proceso de reanudación de relaciones no es asunto fácil. Podría darse el caso de que un prematuro intercambio de embajadores, en vez de ayudar a llegar a un buen entendimiento boliviano-chileno, provoque por el contrario, un serio enfriamiento de nuestro trato bilateral, debido a las falsas expectativas que crearía en el ámbito nacional. Evidentemente, nuestro pueblo esperaría que el flamante embajador enviado a Santiago tuviese como misión principal negociar la cuestión marítima, y grande sería su desilusión cuando se enterase de que ese asunto no sería tan inmediatamente considerado.
Es menester destacar que la relación diplomática con Chile está íntimamente entrelazada con el problema marítimo desde hace cuatro décadas, cuando se produjo la ruptura de relaciones por el desvío del río Lauca y por la negativa chilena a tratar la cuestión marítima. Desde ese momento, para llegar a una reanudación de relaciones diplomáticas, todos los gobiernos que se sucedieron a partir de 1962, fecha de la ruptura, asumieron el compromiso de exigir a Chile el previo tratamiento del tema.
Siguiendo esa corriente que ya se hizo tradicional, el restablecimiento diplomático determinado en el Acta de Charaña de 1975, tuvo como base el acuerdo de negociar una salida propia y soberana al Pacífico. Cuando el Gobierno de entonces consideró que las negociaciones respectivas se habían estancado, estimó pertinente suspenderlas nuevamente.
Hay que tomar en cuenta además, que la ruptura de relaciones entre Bolivia y Chile se ha convertido en un símbolo para el ámbito internacional, porque es una prueba de que en este sector del continente americano todavía existen dos países que mantienen una situación injusta que afecta grandemente a una de las partes; situación que la comunidad internacional tiene la obligación de cooperar en su arreglo.
Ahora bien, el continuar con las relaciones diplomáticas suspendidas no significa que se deba romper todo vínculo con Chile, como pregonaban anteriormente algunos sectores nacionales. Al contrario, lo conveniente es buscar un acercamiento amistoso como el que actualmente existe, porque es la única manera de llegar a entendimientos constructivos entre las dos naciones. Mucho más ahora que el gobierno de la señora Michelle Bachelet se ha abierto a la posibilidad de conversar sobre la cuestión marítima.
Lamentablemente, el país ha mantenido con Chile relaciones extremas, o muy cordiales o muy inamistosas. Y lo increíble es que esas dos posiciones se han dado a la vez en este primer año del gobierno de Evo Morales. Por una parte, se volvió a exigir a la República Argentina que no venda nuestro gas a Chile, y por otra, se determinó la erección de un monumento a la concordia. Estas dos actitudes opuestas e irracionales sólo servirán para separar más a los pueblos chileno y boliviano. Sabemos que la malhadada política de la ´molécula de gas´ con Argentina, que impide su venta a Chile, ha provocado gran indignación en el pueblo chileno. Lo mismo sucederá con la erección del monumento, el cual exasperará al pueblo boliviano, porque ¿de qué concordia se puede hablar cuando Bolivia sigue enclaustrada, encerrada en sus montañas?
En consecuencia debemos mantener una relación amistosa con Chile, pero con mesura. Y así, sin resentimientos que han provocado la política de la ´molécula de gas´, ni sentimentalismos infantiles que incitan al levantamiento de monumentos que se constituirían en una burla a la dignidad del pueblo boliviano, llegaremos en un tiempo no lejano a solucionar nuestro magno problema marítimo, y de este modo, llegar a una verdadera hermandad entre los pueblos boliviano y chileno.
*Ramiro Prudencio Lizón es diplomático e historiador.
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