El triunfo de Rafael Correa en la segunda vuelta en el Ecuador y la probable reelección de Chávez en Venezuela, aunque sea por un margen estrecho, corroboran una serie de tendencias políticas que se han hecho presentes en los dos años pasados en las elecciones en América Latina. En primer lugar, en la mayor parte de los casos el resultado consiste en una polarización entre las expresiones del viejo orden representado por partidos en estado de obsolescencia irreparable, por un lado, y los candidatos que representan de alguna manera una perspectiva de cambio y renovación del poder económico y político, por otro.
No obstante, resulta difícil clasificar a los candidatos victoriosos recientemente en Nicaragua y Ecuador, o antes en Bolivia, Chile y Brasil, como portadores de los mismos valores políticos y éticos, así como tampoco todos ellos forman parte de una misma corriente ideológica donde también tendrían cabida las fuerzas que ahora se han convertido en la principal oposición en México y Perú.
Lo que tienen en común todos estos resultados, sin embargo, es que las sociedades latinoamericanas reclaman mediante su manifestación democrática primordial, profundos cambios en las relaciones económicas y la distribución consiguiente del excedente, así como la abolición de los privilegios de todo orden que, en muchos casos, se mantienen desde la época colonial.
Mediante su concurrencia a las urnas y la orientación de su voto mayoritario, los ciudadanos de América Latina están abriendo paso a un proceso de enorme significación histórica, donde los líderes y protagonistas victoriosos son una resultante de complejas decisiones de los electores y no la causa y origen de la votación que reciben.
Y esto vale en igual medida para Bolivia, donde los acontecimientos de las últimas dos semanas otra vez ponen de manifiesto la discrepancia entre el proceso boliviano y sus protagonistas esenciales. Resulta evidente, en efecto, la incapacidad del gobierno de Evo Morales de conducir profundas reformas económicas respaldadas por una amplia mayoría junto con el desarrollo ordenado del cambio constitucional, que también ha sido respaldado por el voto ciudadano mayoritario.
El futuro de la democracia en el país está una vez más en juego en un escenario minado por claras intenciones autoritarias, acompañadas de abusos de poder y manipulación ideológica, porque no es cierto que la fórmula de la mayoría absoluta en la Constituyente represente a los intereses populares, y los dos tercios, a la derecha oligárquica y los latifundistas de este país. Ni tampoco es verdad que el MAS represente a todas las fuerzas progresistas de Bolivia, y menos todavía a todo el espectro democrático.
Existe, en cambio, una variedad de corrientes democráticas y progresistas que hasta ahora no han dejado escuchar su voz, pero que no debieran soslayar su responsabilidad en estas circunstancias de pronunciarse en defensa de la genuina profundización democrática del proceso boliviano, sin por eso quedar cautivos del gobierno del MAS o sirviendo a la derecha.
*Horst Grebe L. es economista.
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