Benedicto XVI curó ayer, probablemente, las heridas abiertas en el mundo musulmán con un gesto histórico al adoptar una actitud de meditación en dirección a la Meca durante una visita a la Mezquita Azul de Estambul.
Éste es, sin lugar a dudas, el gesto conciliador más excepcional de los que tuvo el Papa desde el comienzo de su viaje a Turquía y desde la crisis desatada con el mundo musulmán a raíz de su discurso de septiembre en Ratisbona, en el que relacionaba implícitamente islam y violencia.
Por sugerencia del mufti de Estambul, Mustafá Cagrici, quien hizo de guía durante su recorrido por este templo, los dos hombres, vestidos de blanco, el uno al lado del otro, permanecieron inmóviles durante aproximadamente dos minutos, con sus manos cruzadas sobre sus vientres en una actitud de rezo clásica musulmana.
El portavoz del Papa, Federico Lombardi, se apresuró a decir a los periodistas que Benedicto XVI en realidad no había rezado, sino que era "una meditación".
Con esta actitud realzó aún más lo que ya de por sí era una visita histórica, la segunda de un Papa a una mezquita después de la que hizo Juan Pablo II a la de los Omeyas de Damasco en 2001.
El Papa llegó a la Mezquita procedente de otro monumento majestuoso, situado en la misma plaza de Sultanahmet, el Museo de Santa Sofía. Más de una vez, el líder de la Iglesia católica entrelazó las manos en señal de admiración por lo que veía, pero se abstuvo de hacer gestos religiosos, como persignarse o rezar. Estambul (Turquía), AFP