Algunos pueblos afectados por la relocalización minera son casi fantasmas. Otros ya resurgen por el alza en los precios de los minerales.
Inés Ruiz del Árbol Fotos: Miguel Carrasco
Portugalete es un pueblo casi abandonado, desierto. El que fuera uno de los principales centros mineros durante la época de la Colonia, al que incluso le llamaron ´el segundo Potosí´ por su riqueza mineral, fue cayendo en el olvido después de las relocalizaciones de los años 80.
Antes, gracias a la nacionalización de las minas, decretada el 31 de octubre de 1952, había vivido un periodo de auténtico esplendor y abundancia, pues este decreto delegaba la totalidad de las tareas mineras a la recién fundada Corporación Minera de Bolivia, la Comibol.
Ahora, sin embargo, las calles están pobladas por fantasmas de un pasado mejor. Dentro de las casas, muchas en ruinas, todavía conviven los recuerdos con las piedras desgastadas por el tiempo. Y es que sólo quedan restos de lo que fue. Sobre la ladera, en el cerro o en el valle, se observan las construcciones de un antiguo colegio, una iglesia e incluso de una horca de la época de la Colonia. Cuentan los ancianos que los indígenas que se negaban a trabajar en condiciones de esclavitud eran llevados a este lugar, donde perdían la vida.
Del auge a la decadencia
Según el archivo de la Comibol, la idea de la nacionalización comenzó a gestarse en el siglo XIX, pero no se hizo realidad hasta 1946, con la creación de la Federación Sindical Única de Trabajadores Mineros de Bolivia. En esa fecha, los trabajadores comenzaron a discutir acciones concretas para la nacionalización. Así, finalmente, el 2 de octubre de 1952 se fundó la Comibol, que tenía la función de explorar, explotar y beneficiar minerales, comercializar los productos e importar la maquinaria y los equipos. Y en los siguientes años se fue conformando un monopolio estatal que permitió el crecimiento de la actividad y generar mayor riqueza. En definitiva, la calidad de vida de los mineros y de sus familias mejoró de manera sustancial.
Pero luego han sido muchas las comunidades que han ido perdiendo vida con el paso de los años, especialmente con las relocalizaciones producidas durante la decadencia de la Comibol y de la minería, entre los años 70 y 80. Y es que, además de las relocalizaciones, se produjo la caída internacional de los precios del estaño y más de 20.000 mineros quedaron sin empleo. Por eso no es raro encontrar ahora, camuflados entre el marrón cobrizo de las montañas y abandonados, un sinfín de pueblos de los que ya nadie ni se acuerda.
Hay vida, hay esperanza
Pese al panorama, también hay otra cara de la moneda, y existen centros mineros que, gracias al alza reciente del precio de los minerales, ya están prosperando nuevamente y otra vez se han llenando de habitantes.
Es el caso de Ánimas, una pequeña comunidad minera donde, en calidad de vida, se lleva ventaja con respecto a las comunidades vecinas. Su mina tiene ocho niveles y a ella se introducen cada día, a 300 metros de profundidad, más de 300 trabajadores. De allí se extrae plata y zinc y siempre se usa equipo de protección personal. Además, en el interior del socavón, los mineros disponen de todas las medidas de seguridad industrial para conseguir evitar los accidentes laborales.
Asimismo, en la sala de máquinas, que controla los aparatos subterráneos y el ascensor, reza un cartel: ´Señores wincheros, de la responsabilidad de su trabajo depende la vida de sus compañeros. Por tanto, no ingresen al trabajo en estado de embriaguez. Informen inmediatamente de cualquier desperfecto´.
Al respecto, el Centro de Promoción Minera (Cepromin) es de las organizaciones que más trabajan para que los mineros tengan acceso a un trabajo digno. Pero los problemas todavía son demasiados.
Por ejemplo, en Bolivia no existe ningún tipo de asistencia para los desocupados y, por ello, conseguir una fuente estable de ingresos es una cuestión fundamental. Aunque en el caso de la ocupación en la mina esto se convierte en una paradoja, pues ingresar a ese mundo subterráneo diariamente implica jugarse la vida, dadas las malas condiciones que persisten aún en la mayor parte de los socavones.
En este contexto, los accidentes derivan, a menudo, en invalidez temporal, permanente o muerte. Si a esto le sumamos la falta de postas sanitarias y de control de las enfermedades propias de la actividad, el cuadro que se pinta es desolador.
La rutina del minero
En las comunidades potosinas, a cada rato, uno puede ver a los mineros con sus mochilas repletas en la espalda, dispuestos a descansar unas pocas horas tras la jornada.
Son decenas los que caminan con su casco, sus botas y su linterna, mirando a algún lugar indefinido. Es su manera de darse un respiro, pues las fuerzas no son ilimitadas cuando se trabaja bajo tierra a temperaturas a veces de frío invernal y otras de calor intenso.
Muchos se quejan por las enfermedades, especialmente de la silicosis, que es la principal causa de defunción de la población minera.
Por suerte, aseguran ellos, cuentan con la ayuda del ´Tío´, y creen que éste les protege de los peligros. Por eso, antes de adentrarse en el socavón mascan coca y le ofrecen al ´Tío´ alcohol y cigarrillos. De esta forma, se aseguran que todo va a salir bien durante el día, pero a veces les juega también malas pasadas.
Las cosas, entre tanto, han cambiado igualmente para las mujeres, quienes, por la crisis de la minería estatal, además de continuar en su papel de amas de casa, han tenido que incorporarse al trabajo minero, bien sea colaborando a sus esposos en el interior de las minas o recuperando los materiales servibles entre los restos desechados de mineral. Todo, porque el sueldo de los maridos no siempre alcanza.
Y los niños y niñas tampoco se han salvado de los efectos de la relocalización. Así, los que no están, como la mayoría, en las minas, se ocupan como vendedores, lustrabotas o empleadas domésticas.
Con todo, algo se mueve ya en el corazón de los pobladores del Potosí minero, pues sienten que puede haber una esperanza, y no se hace entonces ya tan dura la convivencia con los restos del pasado, con los socavones abandonados que no escupen ni una veta, con los pueblos fantasmas que forman parte de una historia de Bolivia que quedó atrás.