Con calculada naturalidad, tanto el Presidente como el Vicepresidente, han venido justificando, cuando no promoviendo, algunas acciones reñidas con la legalidad, protagonizadas por los llamados “movimientos sociales”: avasallamientos, tomas de concesiones productivas y amenazas de cerco.
Si algo faltaba en este “¡sálvese quien pueda!” es el reciente anuncio que, al mejor estilo talibán, han hecho los amautas del altiplano: Ha llegado el momento, dicen, de eliminar toda expresión “colonial”, y qué mejor que hacerlo que demoliendo los templos católicos, gran parte de ellos con una valía artística e histórica inconmensurable.
Dicen los amautas que dichas edificaciones se erigieron sobre las “huacas”, recintos ceremoniales sagrados, y, por tanto, deben ser desmontadas piedra por piedra. En Afganistán, los talibanes llegaron a consumar la destrucción de monumentales obras budistas conceptuadas como patrimonio cultural de la humanidad, condición parecida a la que se encuentran las iglesias del Perú y Bolivia.
Asombrosamente, da la casualidad de que todas las iglesias, incluidos los adefesios de Obermaier, habían estado levantadas sobre dichas “huacas”; lo cierto es que el que quiere destruir encuentra los argumentos más insólitos para justificarlo. Lo difícil es construir.
Por contraparte, es paradójico que los científicos —arqueólogos, etnólogos, paleontólogos— de procedencia occidental, lejos de intentar eliminar cualquier vestigio de las civilizaciones precolombinas, hayan coadyuvado a sacar de debajo de la tierra portentosos monumentos de las culturas tiahuanacu, kolla e inca, que hoy nos enorgullecen como bolivianos. Las excavaciones en las áreas del templete semisubterráneo o Akapana confirman lo dicho.
La intención de reducir a polvo toda obra arquitectónica vinculada a nuestra historia de mestizaje peca, además, de ignorancia. Porque la influencia nativa en tales construcciones es definitiva y con el tiempo se ha ido valorizando.
Para nadie es desconocido, como ya lo decían los estudiosos de siglos anteriores que “todo el arte religioso en La Paz (como en el resto de América hispana) ha sido producto de una interpenetración jerarquizada de las aptitudes de conquistadores y conquistados, un resultado armonioso de una feliz conjunción de capacidades; o, si se prefiere: el arte religioso colonial ha sido producto de una creación en que un elemento activo, masculino, dirigente, el español, se unió a una capacidad maternal, pasiva, femenina, la raza autóctona” (Nicolás Fernández Naranjo, 1948). O sea, el barroco mestizo, nuestro sello arquitectónico.
Ignorancia es también desconocer el hecho de que, a diferencia de los templos católicos que se construyeron en México —los que evidentemente se levantaron sobre los escombros de los teocalis—, durante el tiempo transcurrido hasta la llegada tardía de los españoles a suelo sureño se venía gestando la contrarreforma, que, entre otras cosas, llamaba a ya no obrar de tal forma.
Señores Presidente y Vicepresidente: es tiempo de dejar de alentar comportamientos talibanescos.
*Puka Reyesvilla es docente universitario.
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