Juan Claudio Lechín creció a salto de mata, el exilio le robó hogar, madre y padre, la certidumbre de despertar sin sobresaltos. Le dio a cambio encanto, sonrisa abierta, mente lúcida y capacidad ejemplar de goce. Lleva la carga de ser el hijo del Maestro Lechín con aplomo y había hasta ahora resistido a los llamados políticos. Y es que curtido de tanto destierro, desencantado de tanta traición, el hijo del político sabe que meterse a esas vainas trae desazón, placer efímero, náuseas de desencanto, todo en un solo día.
Innumerables hijos del exilio, los de infancias truncadas, familias deshechas. Cómo explicar a un niño por qué tiene que irse y rápido, por qué el papá está preso hasta en Chile, por qué mataron a tu padre Rodrigo, por qué su cuerpo no aparece. Mira a un apático de la política y verás al hijo de un político boliviano.
Los hijos de los exiliados llevábamos la marca de Caín, indeleble, por la vida. Obligados a madurar a punta de dolor, despojados de inocencia por los destierros, carcomidos por la incertidumbre, con dicción extraña. Qué curiosidad sentíamos hacia los izquierdistas de guitarreada, tan seguros, tan bien plantados y tan rebeldes con sus papás tan de derecha y tan de Volvo. Y hacia los otros, de clases emergentes versados en Trotskismo que odiaban a los burgueses y soñaban con vivir en París y admiraban a tu papá por rojo y querían estar contigo para contagiarse de ese radical chic tan chic. Sólo que tú no eras ni radical, ni chic sino simplemente agradecido de estar de nuevo aquí, eso había sido la democracia.
Por eso los dos tercios, la huelga y la lucha. Para poder decir soy feliz, soy un hombre feliz y quiero que me perdonen en este día los muertos de mi felicidad.
*Marcela Roca estuvo exiliada tres veces antes de cumplir 18 años.
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