Las épocas de cambios profundos suelen ser acompañadas con frecuencia de síntomas de confusión y desorientación, y esto en mayor medida cuando los actores centrales de la política no aquilatan el alcance de los dilemas esenciales que encarnan y eventualmente lideran. Ya ha sucedido en anteriores ocasiones de nuestra historia que los conductores de intensas transformaciones apenas barruntaron lo que pasaba realmente, como ha descrito René Zavaleta con particular agudeza en sus interpretaciones sobre abril de 1952 y noviembre de 1964.
La sincronía entre el calado profundo de los sucesos y la idiosincrasia de los protagonistas no es algo dado de por sí, aunque esta afirmación resulte por supuesto más fácil de admitir para la tradición teórica del materialismo histórico que para las vertientes analíticas en boga, casi siempre tributarias de una visión únicamente cuantitativa de la sociedad.
Y algo de este cariz parece estar aconteciendo en estos momentos en nuestro país. La huelga de hambre cada vez más extensa reclama la adopción de una fórmula que al cabo no dice mucho, si no se explicita lo que en verdad está en disputa. La aritmética de validación por dos tercios o por mayoría absoluta de las leyes de la República nada dice en efecto del contenido sustantivo de los asuntos en litigio. Hay que reconocer, en cambio, que lo que está en juego en verdad es la abolición de la dominación ejercida por siglos por parte de la “casta de los encomenderos”, por un lado, y la distribución del excedente generado por los recursos naturales entre un grupo muchísimo más amplio de la sociedad, por otro.
Siendo el cambio verdadero de ese tamaño, la dificultad mayor radica en que las contradicciones que lo expresan, se despliegan entre autoridades y foros representativos de igual legitimidad, puesto que el Presidente y los Prefectos, pero también los asambleístas y los parlamentarios son todos mandatarios del mismo voto ciudadano. Lo que falta, sin embargo, es un mecanismo efectivo de concertación entre el liderazgo político real, que sea capaz de establecer acuerdos básicos sobre el funcionamiento legal del Estado en todos sus niveles y evite así el riesgo de la confrontación desnuda por el poder.
Lo cierto es que en todos los mentideros políticos del país se sabe que el propósito último de Evo Morales es lograr que la Asamblea Constituyente apruebe una fórmula que le permita postularse a la reelección inmediata. Así puestas las cosas, se podría admitir tal planteamiento a cambio de que el MAS y su jefe garanticen la intangibilidad de los derechos humanos de toda la población, la integridad de la República, la vigencia plena del Estado de Derecho y los preceptos constitucionales, así como la operación irrestricta y transparente de las instituciones encargadas de conducir los procesos electorales y plebiscitarios.
El riesgo mayor para el país consiste ahora en el desborde de la violencia y está claro además que el Gobierno y el MAS no son ajenos a muchos atropellos ya ocurridos. Antes de que las confrontaciones alcancen niveles mayores pareciera que la única fórmula posible consiste en volver a la consulta con el soberano mediante un referéndum que viabilice soluciones efectivas a la crisis institucional en que nos debatimos, y que no se expresa en una fórmula aritmética para las votaciones en la Asamblea Constituyente, sino en una salida pacífica al actual empate político, antes de que se imponga una solución por la fuerza.
*Horst Grebe L. es economista.
Consultar con el soberano
La situación política ha quedado entrampada. La oposición cuenta los minutos para poder tener a 800 periodistas internacionales en la Cumbre Sudamericana de presidentes
Y ahora... a demoler Iglesias
Con calculada naturalidad, tanto el Presidente como el Vicepresidente, han venido justificando, cuando no promoviendo, algunas acciones reñidas con la legalidad, protagonizadas por los llamados “movimientos sociales”
Vivo en un país libre
Juan Claudio Lechín creció a salto de mata, el exilio le robó hogar, madre y padre, la certidumbre de despertar sin sobresaltos. Le dio a cambio encanto, sonrisa abierta, mente lúcida y capacidad ejemplar de goce.
La emigración: ¿sangría o transfusión?
Hoy me escurro por vericuetos emigrantes, cuando debiera estar en la huelga de hambre por los 2/3 de mayoría en la Asamblea Constituyente, con la que se concertaría un nuevo acuerdo nacional, si se acatara la Carta Magna todavía vigente y la Ley de Convocatoria.