Las transformaciones genéticas se consolidan, cuando grupos pequeños y relativamente aislados de una especie se ven sometidos a un cambio drástico del medio que los rodea: una gran sequía, la aparición de un depredador desconocido o un nuevo tipo de alimento. En ese momento, variaciones genéticas que nunca habían importado, como ver mejor en la oscuridad, comportamientos mutuos diferentes o una enzima digestiva que parecía inútil, hacen la diferencia entre la vida y la muerte. Los sobrevivientes de estos cambios son aquellos individuos que poseían sin notarlo, esas diferencias positivas, y al cruzarse entre ellos, las incorporaron como una característica de una nueva especie, adaptada al cambio ambiental.
Hace unos cinco millones de años, una nueva tribu de antecesores comunes a nosotros y a nuestros primos los chimpancés, surgió de un cambio de este tipo en algún lugar aislado del noreste africano. Esa modificación drástica que no favorecía ya liderazgos violentos instintivos, ocurrió posiblemente ante una oferta de alimentos acuáticos, en ausencia de depredadores. Individuos colaboradores más que dominadores y sojuzgados, se adaptaron mucho mejor y desencadenaron una deriva genética hacia los monos monógamos, motivados por el amor y capaces de desarrollar esa confianza horizontal que demanda el desarrollo del lenguaje. La fascinación por la convivencia, por la creación de nuevas herramientas, por una vida dedicada a la transferencia de conocimiento acumulado y no instintivo, reemplazó gradualmente en ese grupo, la bestialidad primate de la especie.
Lo que reconocemos como ‘virtudes’ y ‘valores’ son precisamente los comportamientos que hicieron humanos a los monos desnudos. En el flamante entorno de los dueños de la agricultura, la ganadería, la urbanización y las guerras, las características primates instintivas del machismo, la poligamia, el poder de la fuerza, la alianza perversa, el servilismo, las clases sociales y en general, la jerarquía piramidal y absoluta, demostraron ser de nuevo, paradójicamente útiles. En estos últimos 10 milenios, el éxito humano se vive y se mide, cada vez más, por los valores bestiales de los primates ancestrales.
La democracia, vista esencialmente como “la construcción colectiva de un orden social aceptado” que todos respetamos por consenso, la que admira la divergencia que nos hace humanos, la que acepta al otro en la convivencia, es la forma de gobierno que más se acerca desde lo biológico y etológico a la esencia de lo humano. Las autocracias étnicas, el capitalismo salvaje, el imperialismo militar son indudablemente formas bestiales de regresión huxleyana al mundo de los monos alfa.
Nada más ni nada menos que ‘la esencia de lo humano’, es lo que está en juego en el forcejeo de ‘los dos tercios’ al que asistimos en estos días.
*Jorge Zapp es consultor internacional.
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El presidente del Senado se ha permitido dar una clase ante la prensa sobre lo que debe ser una huelga de hambre, y para ese efecto se ha puesto como modelo para la posteridad y sus alrededores.
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Seguramente que los déspotas más grandes que tuvo América Latina y el Caribe a lo largo del siglo XX han sido Pinochet y Castro. Eso no quiere decir que no existieran tiranuelos de menor cuantía