Seguramente que los déspotas más grandes que tuvo América Latina y el Caribe a lo largo del siglo XX han sido Pinochet y Castro. Eso no quiere decir que no existieran tiranuelos de menor cuantía, aunque no menos crueles, como Trujillo, Somoza, Gómez, o los uniformados alentados por los Estados Unidos durante largas temporadas de la Guerra Fría. Pero quienes van a dejar una huella duradera en la Historia son Pinochet y Castro, uno en las antípodas ideológicas del otro.
¿Quién muere primero? Esa es una de las apuestas que se hacen, porque, al parecer, pese a que Pinochet es diez o más años mayor que Fidel, ambos están contando sus últimos días. ¿Quién lo hizo mejor o peor? Es otra de las apuestas que sólo tendrá respuesta con el paso del tiempo. ¿Quién recibirá un mejor trato histórico? Eso y muchas cosas más son conversación corriente entre los amigos del café, y, por supuesto, que, seguro, en las tertulias de los jubilados especuladores de nuestro mundo americano, que, como yo, tenemos tiempo para teorizar sobre esto que, para los jóvenes ejecutivos de hoy, no significa sino una extravagancia. Salvo, desde luego, entre chilenos y cubanos, donde los amores y los odios hacia ambos personajes son francamente apasionados.
Si Castro muere en los próximos meses ya sabemos de la fiesta que se armará en Miami, con bailes callejeros y borracheras con mojitos y cubas libres. Un adelanto lo tuvimos cuando Fidel le dejó el mando a su hermano en una sucesión casi dinástica. En La Habana habrán muchos que festejarán en sus casas, aunque sin jolgorio, porque, aunque no se crea, existen todavía cubanos dispuestos a matar por Castro, justamente aquellos que no han conocido a otro gobernante que no sea el Comandante y que sólo saben algo del resto del mundo tomando imágenes de las cadenas de televisión que se pueden captar del exterior.
La muerte de Pinochet va a provocar situaciones encontradas en Chile. Pese a que la popularidad del General ha bajado sensiblemente luego del descubrimiento de sus cuentas bancarias en el exterior, hay cientos de miles de chilenos que lo aman. Pero, también, cientos de miles que lo odian a muerte y, que, seguro, saldrán a la Alameda con banderas y pancartas. Sus funerales no van a ser cosa fácil para el Gobierno porque las Fuerzas Armadas no querrán sepultarlo como a un vecino cualquiera. A fin de cuentas es un símbolo del ejército chileno.
Parece que es innegable que en el campo ideológico Castro le lleva mucha ventaja a Pinochet. El “castrismo” es conocido mundialmente como una forma antiimperialista y revolucionaria de gobierno, aunque, contradictoriamente, subvencionado por el imperialismo soviético mientras duró éste. El “pinochetismo”, que sepamos, no figura en la nomenclatura política universal. Lo que sucede es que el Comandante cubano se dedicó a hacer política de gran potencia y el General chileno a gobernar. Castro exportó su revolución hasta donde pudo llegar, mientras que Pinochet exportó a los chicos malos de la DINA para ajustar algunas cuentas pendientes en el extranjero, pero, además, exportó productos y creó riqueza, sin someterse a nadie.
Si algo se le va a reconocer a Pinochet es que recuperó el liberalismo en la economía chilena, luego de Allende, y volvió neoliberales, hasta el día de hoy, a los zurdos, que ya no quieren saber de experiencias raras. No ha habido presidente chileno, luego de Pinochet, que se haya aventurado por los caminos del socialismo en el sentido estricto de la palabra. Sólo algunos bobitos están descubriendo socialismo en ciertos países atrasados mentalmente, en lo que ya ni el moribundo Fidel cree.
De lo que no cabe duda es que ambos van a entrar al Infierno del brazo cuando se les pase la factura por la violación de los derechos humanos. A Pinochet lo van a tratar peor los diablos, lo van a pinchar más con sus tridentes dentro de la olla hirviente, porque cuando un derechista mata la cosa es de espanto, no así cuando lo hace un “progre”. Ya veremos esto en las próximas semanas o meses.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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