En estas fechas ya es una rutina —saludable por cierto— desearnos un feliz año nuevo. Tanto más cuánto que las sombras que oscurecen el paisaje económico y político nacional son difíciles de ocultar. Por esto, deseo a todos un nuevo año, en paz y en la prosperidad que permiten las circunstancias que nos rodean. Ahora bien, sería necio pensar que la paz se hace sola y la prosperidad florece espontáneamente. Ambas son fruto del esfuerzo humano bienintencionado. Nos lo recuerda el mensaje del papa, Benedicto XVI, con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz, que este año lleva el título de ´La persona humana, corazón de la paz´.
Tan claro es que la paz no llega por sí misma sino que se hace o se destruye, según el libre comportamiento humano, que ya San Agustín acuñó este pensamiento: ´Dios, que nos ha creado sin nosotros, no ha querido salvarnos sin nosotros´. Así que no habrá paz ni en las familias ni en la naciones, si la mayoría de los hombres y mujeres que las conforman y, sobre todo, los dirigentes, desoyen la voz de la conciencia y los mandatos del Creador. No habrá paz, si cada uno no vence al odio, al rencor, la codicia, la venganza y el egoísmo. A la vista del ambiente en que vivimos, me pregunto si están dadas las condiciones que aseguren la paz en la justicia y solidaridad, sea en el reducido grupo familiar y en el más amplio de las naciones. O, si no se observa el equilibrio de los derechos con los deberes de cada uno. Con fina oportunidad ecuménica, el mismo Papa recuerda la sentencia del ´mahatma´ Gandhy: ´El Ganges de los derechos desciende del Himalaya de los deberes.´
Mis deseos para el año nuevo los reduciría a unos cuantos, anotados al azar. Que no sigan profundizando las rivalidades étnicas que vienen azuzando algunos políticos. Que cesen las mutuas agresiones verbales y físicas entre orientales y altiplánicos. Que se respeten los derechos humanos como los dicta la recta conciencia, los consagra la doctrina cristiana, y los confirma la Declaración Universal de Naciones Unidas. Y, en concreto, que la aplicación de la justicia social dé pan al que no lo tiene. Que el derecho al trabajo sea real y no una entelequia. Otros deseos quedaron en el tintero.
Pero insistiendo en el mensaje del Papa, me llamó la atención una novedad en este tipo de documentos. Me refiero a la sabia alusión al ´problema cada vez más grave del abastecimiento energético y su relación con la ecología.´ También se cuestiona el Papa: ´¿Qué injusticias y antagonismos provocará la carrera de esta fuente de energía. Y cómo reaccionarán los excluidos de esta competición?´. Y prosigue: ´La destrucción del ambiente, su uso impropio o egoísta y el acaparamiento violento de los recursos de la tierra, generan fricciones, conflictos y guerras, precisamente porque son fruto de un concepto inhumano del desarrollo. En efecto, un desarrollo que se limitara al aspecto técnico y económico, descuidando la dimensión moral y religiosa, no sería un desarrollo humano integral y, al ser unilateral, terminaría fomentando la capacidad destructiva del hombre.´ Los bolivianos, aturdidos por los problemas del gas y de la tierra, deberíamos agregar otras preguntas sobre el tema.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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