Ayer celebramos la fiesta de los Reyes Magos. Fueran reyes o gobernadores o sabios de tierras lejanas, o algo así de notable, lo que nos quiere decir el Evangelio es que, no sólo los pastores, gente pobre y a veces maleante, recibieron el mensaje del nacimiento del Salvador, sino que también fueron convocados personajes importantes. Porque Jesús vino al mundo para la salvación de todos, judíos, griegos, y (con la venia de Paulovich) hasta cochabambinos...
Cuando yo era niño, esperábamos este día con la ilusión de recibir unos regalos que previamente habíamos solicitado a los Reyes Magos mediante una carta en toda regla que nuestros padres se encargaban de “franquear”. Previamente nos habían advertido de que, si nos portábamos mal, en lugar de juguetes, golosinas y otros caprichos, recibiríamos carbón. Amenaza que nos llenaba de un santo temor reverencial. Aunque los industriosos pasteleros idearon un “carbón” azucarado.
Este piadoso engaño de los Reyes Magos regalando juguetes ha hecho olvidar a muchos el significado de la adoración del Niño Dios de aquellos tres ilustres extranjeros que la tradición popular pinta montados, uno en un caballo, el otro en un camello y un tercero en un robusto elefante. Sin embargo, el verdadero sentido de la fiesta de los Reyes Magos es la “Epifanía”, palabra griega que significa revelación. En este caso, la manifestación de la divinidad hecha infante, a todos los hombres dispuestos a buscar la verdad absoluta con buena voluntad y recta razón. Porque si Dios vino al mundo fue para todos, no es propiedad exclusiva de algunos: es de todos.
En su mensaje de la última Jornada Mundial de la Paz, Benedicto XVI condenaba “la intolerancia ante nuestros semejantes y el recurso a la violencia contra ellos”. Una manifestación de intolerancia, palpable en Bolivia, es la discriminación racial. Tanto la que cometió tantas injusticias en el pasado lejano y en el próximo, como la discriminación que hoy se fomenta desde esferas políticas dominantes como un arma de revancha multisecular. Entre estas manifestaciones discriminatorias hay que advertir las que se esconden bajo el título equívoco de “descolonización”, término que incluye, por ejemplo, la descristianización de la enseñanza o la paganización de ciertos cultos, convertidos en folklore, en sí mismos paganos, por muy artísticos que se presenten. También hay que anotar como política discriminadora la llamada “masacre blanca” que saca a unas personas de sus puestos de trabajo.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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