Hace más de treinta años que visité por primera vez la ciudad de Iquique. En ese entonces, Iquique no era más que un gran caserío de aproximadamente 80 mil habitantes con un solo hotel de tres estrellas, una calle principal llena de comerciantes árabes, gitanos por doquier y cientos de vendedores gremiales que ofrecían todo tipo de baratijas en las calles de esta pequeña ciudad.
Hoy en día, Iquique es una ciudad de 250 mil habitantes, sin contar la población satélite de Alto Hospicio, con casi la mitad de los edificios que tiene la ciudad de La Paz, varios lujosos hoteles de cinco estrellas, centros comerciales que ocupan cientos de metros cuadrados de extensión, ferreterías industriales gigantes, inmensos supermercados, modernos y cómodos cines, tan sólo para citar algunos de los adelantos que tiene Iquique en la actualidad.
¿Cómo se explica esta transformación? Lo que pasa es que Iquique entendió la globalidad mucho antes de que la mayor parte de nosotros hubiera oído por primera vez esta palabra. ¿Qué es lo que hizo? Se dio cuenta de que en pleno desierto de Atacama no tenía nada que ofrecer, excepto, convertirse en una gran zona de libre comercio, para proveer de mercancías importadas a todos los países limítrofes de la región.
Una vez que hizo esto —que desde ya solucionó su problema de desempleo crónico— la economía de la zona tomó su propio impulso. En primer lugar, con el establecimiento de varios hoteles, que le permitió a Iquique iniciar una importante actividad turística y, luego, con la promoción de la actividad minera, que atrajo a la región más de 5 mil millones de dólares de inversión extranjera y la generación de cientos de millones de dólares en exportación.
Al ver este asombroso desarrollo, no queda otra que quedarse “verde” de sana envidia y con ganas de decirles a todos nuestros compatriotas que, por favor, visiten Iquique, para ver qué es lo que se puede hacer en un lugar tan inhóspito, como el desierto de Atacama, con denodado esfuerzo, mucho trabajo y un mínimo de sentido común, para entender las ventajas que trae la globalidad y la apertura al comercio exterior.
Lamentablemente, en Bolivia preferimos embarcarnos en peleas ideológicas, donde siempre se dicen las verdades a medias, que son las verdaderas mentiras, que no hacen otra cosa que engañar a la población. Preferimos también sembrar el odio y la desesperación, como si los bolivianos no fuéramos hermanos que tienen un solo destino común. Por último, preferimos cerrar nuestros ojos al mundo, pensando —equivocadamente— que nuestra realidad es la única y que nosotros tenemos la solución para todo.
Al parecer nos cuesta aprender de nuestra historia y de la historia universal. Si sabemos que no hay nada nuevo bajo el sol, por qué insistimos hasta morir que la vida no es así y que más bien es de otra manera, sin pensar que, a pocos cientos de kilómetros, tenemos una realidad que ha solucionado el problema del empleo y del desarrollo para una región que, por décadas, no tuvo más que mucho de arena y poco de sal, pero que pudo salir adelante con el trabajo de sus hijos y con la esperanza de ver un futuro promisorio para todos sus habitantes.
La libertad económica y el comercio exterior rinden sus frutos. Iquique es una muestra cercana de esto. El negarlo, es cerrar los ojos a la verdad.
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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