Desde la alimentación de la gente durante el cerco de Túpaj Katari, pasando por su uso para transportar la carga dentro y fuera de la urbe, estos animales, tachados de poco inteligentes, han sido testigos mudos de la historia de la ciudad de La Paz.
Texto: Carlos Gerl / Patricia Montaño • Fotos: Carlos Gerl / Museo Tambo Quirquincho
Con lento caminar, mirada apacible y aire de resignación, avanzan mansos delante de su dueño. Se los ve de vez en cuando en calles o avenidas de los barrios periféricos de La Paz y El Alto, sin que el anacronismo de su presencia perturbe a los transeúntes. Van y vienen de comunidades aledañas a la urbe llevando paja o tepes —pedazos de tierra con césped— para embellecer los jardines, y a veces, cansados por las largas horas de caminata, mastican algunas flores de las jardineras a fin de refrescarse. No hacen daño a nadie y al contrario, ponen una nota de color en la rutina urbana.
Si bien se ha gastado mucha tinta en animales como los perros, los burros —esos cuadrúpedos más pequeños que los caballos, con grandes orejas y conocidos como asnos o pollinos— merecen al menos un pequeño tributo. Más aún cuando un repaso a la historia muestra su presencia en los grandes acontecimientos de La Paz.
Desde que llegaron a América, los burros fueron grandes amigos de los nativos. Según el historiador Roberto Querejazu Calvo, la aparición de los asnos y sus hijas las mulas, alivió el abuso de las espaldas indígenas ya que hasta entonces éstas eran utilizadas para el acarreo de todo tipo de carga —desde vituallas hasta cañones— en las expediciones de conquista y durante las guerras civiles.
Según el extinto escritor paceño Antonio Paredes Candia, la amistad entre burros e indígenas se debió a que el sufrido animal se acostumbró al paupérrimo pasar indígena y así se hizo imprescindible en la vida doméstica de los aborígenes. No en vano dichos populares como ´trabaja más que un burro´ o ´es un burro de carga´, representan la opinión que el hombre tiene de ese animal por su estoicismo y laboriosidad.
En la Colonia se consolidó la relación entre campesinos y jumentos, últimos que mostraron energía y resistencia tanto para llevar carga sobre caminos accidentados como para jalar carretas, tareas para las que la llama carecía de suficiente fuerza.
Durante el cerco a La Paz de 1781, realizado por las fuerzas de Túpaj Katari, cientos de burros dieron literalmente su vida para sostener a la población paceña. En esos días en que la población moría de inanición y en que hasta un gato era pagado a buen precio, la carne de burro amortiguó el hambre de los ciudadanos. El alcalde Sebastián Segurola anotó en su diario que al comenzar el sitio había 2.000 jumentos dentro del cerco, los que tuvieron que ser faenados a razón de 20 por día, por lo que al finalizar el sitio apenas quedaron 40, los que fueron reservados para moverse de manera logística dentro del cerco.
Testigos de la infamia
Concluido el cerco y derrotado el bando nativo, los burros acompañaron en su suplicio a las vencidas heroínas de la gesta y fueron mudos testigos de la infamia que se cometió con ellas. Antes de morir en la horca, Gregoria Apaza, hermana de Túpaj Katari, fue sacada con una corona de espinas en la cabeza y montada sobre un burro que la paseó por la plaza principal de La Paz, hoy plaza Murillo, señala el historiador Daniel Valcárcel. Algunas versiones dicen que Bartolina Sisa corrió la misma suerte, aunque su sentencia era la de ser arrastrada amarrada a la cola de un caballo antes de ser ahorcada.
Episodio similar aconteció con Simona Manzaneda, una de las líderes de la revolución del 16 de julio de 1809 y baluarte del movimiento patriótico en la guerra de la Independencia. En 1816 gobernaba La Paz uno de los más fanáticos y crueles realistas, Mariano Ricafort, quien capturó a Manzaneda y la sentenció a muerte. El historiador Macedonio Urquidi relata que Manzaneda fue desnudada, cortado su cabello y montada en un asno en el que recorrió las calles siendo flagelada con 50 latigazos en cada esquina de la plaza principal y finalmente baleada por la espalda.
Una vez obtenida la Independencia, los burros también contribuyeron a la edificación de la nueva república. Un Decreto Supremo de 1838, firmado por el presidente mariscal Andrés de Santa Cruz y emitido por la apertura del camino desde La Paz a Mecapaca, dispone que para los gastos de dicha obra, cada mula, caballo y por supuesto burro, pague la suma de medio real cada vez que transite por dicha vía cargado de cualquier fruto, sea de ida o regreso.
Entre las disposiciones para normar el tráfico de animales en La Paz figura una ordenanza municipal de 1894, la que en sus partes salientes señala que los animales (burros, mulas y caballos) sólo podían ir a trote corto, que los responsables por perjuicios al público ´por mal proceder de los aurigas´ eran los dueños de las carretas, quienes deberían mandar a limpiar las basuras o desperdicios que éstos dejasen después de dejar su carga en la ciudad. Esta ordenanza hace énfasis en el cuidado de la plaza 16 de Julio, a la que prohíbe el acceso a los animales y además autoriza a cualquier vecino a reprimir los actos ´que tiendan a la destrucción de plantas y adornos del parque´.
Hasta entrado el siglo XX, los jumentos siguieron cumpliendo su tarea de llevar carga y jalar carretas. En 1915, cuando ya había unos 250 vehículos en la ciudad entre autos y camiones, las carretas seguían siendo usadas para el transporte de mercaderías. Cada carreta tenía dos ruedas y podía cargar hasta dos toneladas jaladas por seis animales.
El burro en la actualidad
Según la enciclopedia Hispánica, existen unos 600 mil burros en Bolivia, de los cuales la mayoría se emplea para la carga. Sin embargo, también tienen otras utilidades.
Algunas empresas de turismo en La Paz promocionan actividades de andinismo o trekking tentando a los visitantes a escalar el Huayna Potosí u otros picos con la oferta de un burro por persona para que lleve su equipaje.
Otra de las utilidades del burro es la producción de leche, ya que los curanderos aseguran que el consumo de la leche de burra cura males, especialmente los relacionados con los pulmones, según documentan medios de prensa. La leche de burra se vende de manera informal en varias zonas de El Alto y muchos campesinos venden el vaso a dos bolivianos.
Aunque un uso que los asnos no suelen tener en La Paz es el de alimento —pese a que su carne no es mala para la salud— en agosto pasado se divulgó que el Servicio Nacional de Sanidad e Inocuidad Alimentaria se incautó de centenares de kilos de carne de burro que era expendida en una zona aledaña al Cementerio General. Dicha carne era utilizada para preparar embutidos, hamburguesas y silpanchos.
Lo que es evidente, es que semanalmente unos 20 burros son sacrificados para alimentar a los felinos del zoológico de Mallasa.
El más reciente oficio que ejercen los burros es el de educadores. Una novedosa iniciativa que lleva adelante el municipio por iniciativa del oficial mayor de Cultura, Pablo Groux, es una campaña de educación vial para peatones en la que los orejudos —muchachos disfrazados de burros— acompañan a los infractores de las normas por unos minutos para poner en evidencia su comportamiento.
Pese a tener reputación de ser tercos y a que no se los ha estudiado a profundidad, los entendidos aseguran que los burros tienen un desarrollado sentido de autopreservación, parecen ser inteligentes, cautelosos y una vez ganada su confianza son amistosos, juguetones e interesados en aprender.
Finalmente, en países prósperos el bienestar de los burros es una preocupación y se han creado instituciones para su cuidado. Por ejemplo, en España está la Asociación para la defensa del borrico, la Asociación de Amigos del Burro (Amburro), la Fundación Internacional para la protección del burro y Mulas Sin Fronteras.