El ahorcamiento de Saddam Hussein es solamente un eslabón más en la larga cadena de violencia sin límite que sacude a Irak desde la invasión de Estados Unidos y sus aliados. Sin embargo, la publicidad dada a esta ejecución, y la trascendencia de la misma, han vuelto a colocar, sobre el tapete de la discusión, la pena de muerte como una de las formas de hacer justicia a aquellas personas acusadas de crímenes graves.
Paradójicamente, dentro del avance que registra el sistema judicial y los procedimientos penales, la humanidad parecía haber renunciado a la concepción de justicia entendida como venganza, violencia contra violencia, muerte como reparación. Poco a poco los procesos judiciales, especialmente los que son ejercidos contra personajes públicos y políticos, se convierten en ocasiones propicias para generar procesos de verdad y de reconciliación social. No en vano en dichos procesos se procede a transparentar los acontecimientos, a reconocer las culpabilidades, a contribuir a que el propio país tome conciencia de la situación y demuestre que es capaz de condenar efectivamente las culpas del agresor, haciéndolo cumplir una condena que le puede llevar la vida entera. En este marco está el juicio de responsabilidades que llevó a la cárcel al ex dictador García Meza, que contribuyó efectivamente a la toma de conciencia social, y a juzgar efectivamente una de las etapas históricas más oscuras y crueles.
El ahorcamiento de Saddam Hussein no se encuentra en la misma lógica. No solamente porque quedó suficientemente claro que con su muerte no se superaron los profundos enfrentamientos que siguen lastimando profundamente la sociedad en Irak. Las propias imágenes de la ejecución muestran este ambiente de enfrentamiento, de guerra, que muy posiblemente no solamente va a continuar, sino que va a traer más muerte y tristeza a un país ya profundamente martirizado. En este sentido, el proceso seguido a Saddam Hussein debió ser una oportunidad para profundizar esta reconciliación social, basada en la justicia y no en el olvido de lo ocurrido, y así caminar en consolidar un sistema político más humano, más fraterno, más solidario.
Todo ello lleva a considerar que la pena de muerte no es la mejor forma de hacer justicia, sobre todo si ella deja en la oscuridad muchas de las huellas del pasado, si lejos de contribuir a una verdadera reconciliación a través de una condena justa, profundiza la violencia, el odio y el enfrentamiento, dejando a la sociedad a merced de esta espiral de muerte que parece ya no tener fin.
La pena de muerte refleja un retroceso en el proceso de humanización de las sociedades, y no contribuye a una paz basada en la justicia y la reparación efectiva de la culpa.
*René Cardozo es sacerdote jesuita y diplomado del Instituto de Estudios Superiores de París.
El valor del disenso
El movimiento por los derechos civiles de Sri Lanka publicó en julio de 1993 un cuadernillo bajo el sugestivo título de The value of dissent.
Película
Saddam Hussein fue ejecutado mientras George Bush dormía, de modo que el cuerpo del sátrapa (todos sus esfínteres a punto de reventar) cayó dentro del sueño del presidente de EEUU con la violencia de un cadáver arrojado desde el séptimo piso.