A pocos días de tomar el poder, Saddam Hussein citó a 400 funcionarios y anunció que había descubierto una conjura contra el partido gobernante. Los conspiradores, dijo, estaban en esa sala. Mientras Saddam, que tenía 42 años, saboreaba un habano, se leían en voz alta los nombres de los supuestos traidores.
La policía secreta sacaba de la sala a los presuntos conspiradores, cuando sus nombres eran mencionados. Algunos de ellos, desconcertados, gritaban “¡Viva Saddam Hussein!”, una demostración inútil de lealtad.
42 hombres fueron ejecutados. Para asegurar que los iraquíes se enteraran, Saddam ordenó filmar el procedimiento y distribuyó copias del video por todo el país.
La acusación de conjura era falsa. Pero en pocos minutos aterradores del 22 de julio de 1979, Saddam eliminó a sus posibles rivales, consolidando el poder que mantuvo hasta que fuerzas extranjeras lo derrocaron el 2003.
Saddam gobernó Irak con una crueldad singular. Nadie estaba a salvo. Sus dos yernos fueron asesinados por orden suya después de que huyeron a Jordania.
Esa brutalidad y poder de intimidación lo mantuvieron en el poder durante la guerra con Irán, la derrota en Kuwait y las rebeliones de los curdos y los chiíes, las sanciones internacionales, conjuras y conspiraciones.
Pero esos mismos métodos fueron su perdición. Confiando sólo en pocos allegados, Saddam se entregó a sus aduladores, elegidos por su lealtad más que por su inteligencia y capacidad.
Y cuando fue derrocado, dejó un país empobrecido —a pesar de la vasta riqueza petrolera— y lleno de tensiones étnicas y sectarias. Poco a poco se fue aislando de su pueblo y se concentró en un pequeño círculo de consejeros provenientes de su familia cercana o de su clan.
Los soldados estadounidenses lo encontraron en diciembre del 2001, barbudo, despeinado, con sus brazos en alto. La pistola que conservó para combatir nunca fue disparada. La imagen y la ilusión eran herramientas importantes para Saddam.
Las armas de destrucción masiva demostraron ser un engaño para mantener a los iraníes, sirios e israelíes —y a los estadounidenses— acorralados.
Una fuerza liderada por EEUU invadió Irak el 20 de marzo del 2003. En tres semanas su ejército había colapsado y Bagdad había caído. Robert H. Reid. AP