Si comemos pan blando, carne bien cocida, y bebemos vino, no entonemos el himno de la caridad, de la solidaridad y de la inclusión, porque mentimos.
¿Por qué habláis del “pueblo”?, más bien hablemos de sus dietas, de sus sueldos y de sus beneficios que hoy más que nunca son más. Veamos al pueblo soberano cara a cara y preguntémosle, sin diferenciar clase o raza, cómo se alimenta, cómo vive y cómo es la salud y la educación de sus hijos. Basta de las frasecitas de efecto, vengan de quien vengan.
A lo largo de los siglos, grandes acontecimientos han sucedido, como el cambio de los destinos de la humanidad y por ende el curso de la historia, por el hábil y apasionado manejo del poder de la palabra, desde Sócrates, Platón y Demóstenes en la oratoria clásica, pasando por la retórica latina en Roma, la oratoria sagrada en la edad media y los nuevos estilos en los procesos políticos. Es decir en todas las culturas y pueblos y en todo tiempo han existido “grandes oradores”, personajes que han sabido despertar en el colectivo el fervor, el arrojo, el entusiasmo, el coraje y en muchos pero muchos casos, la ira. En verdad es una expresión artística literaria.
En los “tiempos de siempre”, la oratoria como instrumento de la ira, es una chispa que enciende fuego en la pila de leños de las pasiones humanas, falseando todo por la necesidad de que el colectivo deseche en su totalidad el análisis crítico necesario para equilibrar y aquilatar el pensamiento.
El ímpetu retórico, pasión ciega que la muchedumbre endiosa, es capaz de estimular la ira, por la cual caminan la venganza, la crueldad y los placeres desenfrenados.
Lamentablemente los “dirigentes de siempre” constantemente repudiados, en el nivel y espacio público y social donde interactúan, utilizan su propio estilo de oratoria, con intenciones legítimas o no, de construir o de destruir, aíslan eternamente a una parte del colectivo por clase o raza, siempre de forma enmascarada y considerándolo como una muchedumbre infantil de conducta explosiva súbita e inusitada voluntad, perdida y despersonalizada. En la actualidad con algunas palabras halagan al colectivo, con otras abofetean a las pasiones y con otras encauzan la ira, clima apropiado para la venganza, la crueldad y la soberbia. Es suficiente que expresen con vehemencia la consigna, hay que destruir (objeto, persona o idea) y así la fuerza despersonalizada se desborda y arrasa todo a su paso.
Lo consiguen incidiendo en los sentimientos, en la conducta y en las pasiones, haciéndoles olvidar que nos regimos por las leyes morales, por lo menos en forma individual.
Se les olvida “la inviolabilidad de la persona humana”, no se puede sacrificar a un sector por el bienestar de otro; “la autonomía de la persona”, no se debe coartar la libertad de elegir el rumbo, haciendo que las propuestas de pocos o muchos sean entregadas a unos pocos; “la dignidad de las personas”, no corresponde excluir por raza, clase o ideología y lo peor a muchos por no ser de uno o del otro lado, sin la valoración de los méritos concretos en la sociedad.
Deben ser los límites de quienes hacen uso de la oratoria y retórica el plantear bien los conflictos para resolverlos de la forma más armoniosa, más consensuada, más pactada, sabiendo que toda nuestra vida estaremos en ese escenario. Comprendiendo que “todos los hombres son respetables y son las ideas las que hay que combatir”. El “castigo” a una persona en un grupo social debe ser consecuencia de sus acciones y no por lo que piensa o es.
*Óscar Heredia Vargas es administrador de empresas y docente universitario.
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