La Organización de las Naciones Unidas ha instituido el año 2015 como el año para las metas del milenio, metas vinculadas a los diferentes niveles de desarrollo que la humanidad persigue desde hace centurias.
Sin embargo, la citada institucionalización resulta temeraria para decenas de países encarcelados en la postergación industrial, flagelados por economías de sobrevivencia, saturados por la desagregación social que produce el estancamiento y la miseria. En consecuencia, hablar de las metas del milenio resulta presuntuoso, utópico, y, hasta ilógico.
Sobre todo, si reconocemos que de manera sistemática las estructuras de la política económica de los estados subdesarrollados persisten en la exclusión de grandes colectivos, haciendo que la pobreza tenga rostro de niño y de mujer. A esto último debemos añadir la total inoperancia del sector privado, incapaz de una gestión neoempresarial, ha fracasado en su papel de ser el principal responsable del desarrollo dentro del modelo neoliberal, y, al contrario, se ha sumado al ejército de los dietrólogos que demandan asistencialismo vitalicio, soslayando la capital importancia de la economía empresarial, y su condigno aporte al progreso integral.
Por último, el pretendido protagonismo de los recursos profesionales —bautizado de mil formas desde los altares de la almibarada demagogia académica— ha quedado aislado en un anacronismo metodológico, atiborrado de conocimientos extemporáneos, sin deontología, practicando una suerte de ´complejo de Diógenes´, desde el cual niega y reniega toda innovación y renovación que lo encamine hacia la ultramodernidad.
Ésta es la realidad que constataremos el año 2015, un mundo atrasado que se desarrolla por instilación, creciendo penosamente al 3% anual, y cuya meta mínima debiera ser 8% anual, un mundo que rehúsa aceptar que las causas de su estancamiento son principalmente cuestiones de mentalidad y de manifiesta incapacidad para aplicar soluciones técnicas.
*Marco Antezana es empresario privado, presidente de Idetur Corp.
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