Las migraciones no son una novedad y las hubo desde siempre. Desde la antigüedad que tenemos memoria de ellas. Migraron pueblos enteros, por guerras, hambre, o también por cataclismos. En Bolivia la gente migra, desde hace años, por la pobreza, por la falta de empleo. Primero los indígenas migraron hacia las tierras fértiles del Oriente, a cosechar la caña. Luego, partieron hacia el norte argentino, también para ganar algún dinero en la zafra y retornar a sus lugares de origen. Pero, después, se quedaron donde había trabajo y llevaron consigo a sus familias o formaron hogares integrándose a otras sociedades.
Afirman algunos investigadores, que existen alrededor de tres millones de bolivianos en el exterior, de una población —exageremos— de nueve millones. De esos tres millones la mitad estaría en Argentina. La búsqueda de mejores días allí fue dramática, como lo es para cualquier inmigrante; peor, como es el caso boliviano, si la inmensa mayoría era indocumentada. Los indocumentados, por el hecho de serlo, trabajan en ´negro´, es decir recibiendo salarios mínimos, maltratados, y sin derecho a la seguridad social, básicamente, educación y salud.
Ese sacrificio tiene como razón alimentar a los parientes pobres que se han quedado en Bolivia. Y luego, si es posible, llevarlos con ellos. Los inmigrantes son los héroes anónimos de estos tiempos. Sobre todo las mujeres: madres e hijas. Si antes el hombre era el puntal de las migraciones, porque el trabajo era a fuerza de músculo, ahora son las mujeres, porque trabajan como domésticas, en la manufactura, en el comercio, y, con engaños, hasta en la prostitución.
Ahora, con el valor del euro, el maná es España. Idioma propio, moneda fuerte, fuentes de trabajo. ¿Qué más se puede pedir? Pero el problema de lo que sucedía con Argentina persiste en España: la mayoría de los bolivianos están indocumentados, con visas de turistas vencidas. Y como ninguna nación del mundo admite indocumentados en su territorio, sucede que parte de esta pobre gente (se calcula en 250 mil) entra casi en la clandestinidad. Con salarios bajos, comen mal, duermen peor, se enferman, pero alimentan a sus hijos que están lejos. Algo más, las cifras del año que ha concluido dicen que, por concepto de remesas del exterior, han ingresado a Bolivia entre 500 y 800 millones de dólares. Es decir que el esfuerzo de estos sacrificados que malviven en el exterior se ha convertido en el segundo rubro de ingresos para el país.
Y no es cosa de quejarse. El que se va de su país dejando a su familia es que quiere salvar a los suyos. Eso sucedió con los españoles republicanos de la posguerra civil. Los republicanos fueron, principalmente, a México, Argentina, Chile, Venezuela, pero, asimismo, llegaron a Bolivia, donde se integraron muy bien. Claro, es necesario diferenciar algo: los españoles del éxodo de los años 40 eran profesionales o técnicos medios. Vinieron a América y prosperaron. Muchos hicieron fortuna con negocios o se convirtieron en maestros de juventudes universitarias. Dejaron obra y descendencia.
Sin embargo, es una realidad que las migraciones de los bolivianos se van a restringir en Europa, a partir del 1 de abril próximo. Ya lo advirtió la vicepresidente español que nos visitó. Europa ya no quiere ni indocumentados ni ilegales en su territorio. Ahí, naturalmente, está incluida España, la deseada, la codiciada. Pero no habrá excepciones.
Esto de la visa ha provocado que se produzcan colas, con patadas y puñetazos, en las oficinas de Migración, donde la gente duerme en las calles, sin pensar ni en comer siquiera, para conseguir un pasaporte liberador. De dos vuelos semanales que había desde Bolivia a España, ahora existen entre cinco y siete. Todos quieren irse de aquí. Nadie quiere quedarse. La gente vende lo que tiene, se endeuda, y muchos, para colmo, son repatriados, desde el aeropuerto de Madrid hasta El Alto, sin un centavo en el bolsillo. Pero el drama persiste: todos se quieren ir de Bolivia.
*Manfredo Kempff S. es escritor y diplomático.
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