Sobre los sangrientos acontecimientos ocurridos el jueves pasado en Cochabamba no desearía tomar otro partido que no fuera el de la pacificación. Pero si examinamos fríamente los hechos, déjenme escribir lo que pienso y lo que piensa mucha gente.
¡Se habla tanto de diálogo! Partamos del principio que, para entablar un diálogo hay que tener un mínimo de voluntad negociadora, lo que comporta algunas cesiones de ambas partes en conflicto. En el caso de Cochabamba, la primera condición que puso el Gobierno para dialogar con el Prefecto fue que dimitiera. ¿Es ésta una condición transable o el imperativo de rendición sin condiciones? El Prefecto no se rindió porque su mandato no depende del Ejecutivo sino del voto ciudadano. Otro principio que debe quedar claro es que, en democracia, la voluntad popular se consagra en las urnas y no en las manifestaciones violentas. Las urnas son incruentas, los motines, brutales. Pero algunos mantienen otra lógica para la conquista y el afianzamiento en el poder. Juegan a doble mano: usan y hasta abusan de las garantías democráticas y, cuando éstas no les parecen suficientes, lanzan sus huestes agresivas a la calle. Es la doctrina del conflicto y no de la concertación. Y luego todavía tiene el tupé de hacerse la víctima. En Cochabamba, como en otras partes y ocasiones, el Gobierno, con todos los recursos con que cuenta, movilizó sus fuerzas campesinas contra la Prefectura cochabambina. Su ´pacífico´ lenguaje fue el incendio de parte del edificio y los consabidos mamporros callejeros. Contra toda lógica de orden público, la Ministra de Gobierno destituyó al comandante departamental de Policía por haber tratado de cumplir su deber de velar por la paz ciudadana. En vista de esa indefensión y del avasallamiento de la ciudad por grupos radicales del MAS, los cívicos organizaron sus propios piquetes. El jueves, ambas milicias se enfrentaron sin remilgos. Dos muertos: un campesino, de un tiro, y un cívico, torturado y muerto a cuchilladas. Más unos 130 heridos. Si hay que hacer justicia, y sancionar a los culpables, que sea para los dos casos y no sólo para uno, como afirmó García Linera en su desangelado mensaje ´pacificador´ del mismo jueves.
Mirando otro escenario, me dio profunda pena ver en la pantalla al buen arzobispo de Cochabamba implorando, entre mal reprimidas lágrimas, la pacificación de los ánimos entre las fieras confrontadas. Era como predicar en el desierto porque la rabia rezumaba en calles y plazas. Pero un Gobierno que, después de un triunfo electoral sin precedentes y que, a sus ocho meses de ejercicio, no logra un mínimo de estabilidad democrática, es que vuela escorado con un perdigón en el ala. Lo de Cochabamba podría agravarse y extenderse a otras regiones. Piénselo, amigo.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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