Cuando se habla de economía, todos los regímenes políticos tienen la costumbre de presentar las cifras y a través de éstas presentar al país como el mejor de los mundos logrado por ellos. Hemos dicho que el crecimiento de ninguna manera es garantía para la salud social; eso no quiere decir apostar por un crecimiento cero. Marcado por esa vieja costumbre la derecha y el Gobierno socialista se disputan en explicar las causas de la estabilidad macroeconómica alcanzada en el 2006.
Los primeros sostienen que es el efecto y producto de las políticas anteriores y de la buena marcha de la economía mundial, es decir que la globalización hace llover millones para que el país crezca, lo que en el largo plazo (según esta versión) ahorraría tiempo en el diseño de políticas económicas. Los del Gobierno sostienen que es únicamente obra de ellos, pues es el producto de la buena gestión y por eso hablan de que han dado “cátedra en economía”; sostienen que todo ese logro se debe a la nacionalización de los hidrocarburos (pero olvidan el movimiento de los precios de las materias primas).
La miopía de ambas posiciones en el poder, hace que ninguno de ellos reconozca que la maquinaria económica es un proceso que sólo la economía política permite pensar y evaluar, por tanto los resultados obtenidos en el 2006 se deben a varios factores: inversiones y sacrificios realizados por algunos empresarios, el contexto internacional en la economía, la subida de los precios de las materias primas (gas, minerales...), la condonación de la deuda externa, etc. Así, por ejemplo, sólo cuatro rubros (minerales, manufactura, agricultura e hidrocarburos) garantizan por ahora el ascenso de las exportaciones, de las cuales los hidrocarburos están con más del 50% del porcentaje de exportación pero es el sector que menos empleos genera.
En la relación entre economía y política, la primera se mueve lentamente y arroja resultados en el largo plazo, mientras que del lado de la política es la violencia como motor de ordenamiento que favorece o perjudica el posicionamiento de un país en la economía mundial.
Cierto, en el 2006 existen más ingresos para el Estado, pero el individuo, el trabajador o el desempleado pobre se convierte en miserable, y antes de integrar a ese mundo de deshechos prefiere escapar y miles solicitan asilo económico en varios países. Este problema no parece importarle al Gobierno.
Esta política de tener la caja llena es típicamente mercantilista, pues el Gobierno se conforma en tener stocks de divisas o algunos millones y descuida completamente el aparato productivo y la generación de empleos, por eso la inversión tiende a caer. Así, por ejemplo, nadie del Gobierno dice cómo la economía campesina se mejorará o al menos dejará de ser una economía de subsistencia, pues, incluso, la entrega de tractores parece ser más la promoción y venta a favor de empresas transnacionales que siempre han hecho buenos negocios para ellos.
Existe una separación entre la economía y la política, desaparece la concepción de economía política, pues se privilegia la política y es lo que vemos a diario: medidas populistas, propaganda, movilización de “indígenas”, etc. Se deja la economía como una cuestión simplemente de acumulación de fortuna y no de riqueza.
Para acumular riqueza se necesita producir y consumir, que el proceso económico aumente la riqueza de los individuos. En la mentalidad del Gobierno lo que ronda es acumular stock. Esta práctica mercantilista hace que se imponga la lógica de Estado rico y el individuo pobre.
*Fernando Untoja es economista y politólogo.
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