Santa María del Pilar, en el departamento del Beni, es uno de los pueblos ribereños que podrían subsistir con ayuda del turismo sin necesidad de perder su cultura.
Texto: Inés Ruiz del Árbol Fotos: Alejandro Cueto
A orillas del río Mamoré, en el departamento de Beni, el amanecer siempre parece diferente. La disposición de los colores de hoy no coincide con los de ayer, ni los pájaros cantan igual. Entre las ramas de la espesura selvática, un grupo de monos capuchinos anuncian su territorio. Saltan de una rama a otra, enloquecidos, buscando su espacio entre cada brote de motacú. Las aguas del río Mamoré, cuya cuenca cubre una superficie de 222.000 kilómetros cuadrados, abren paso a una de las etnias más importantes de la zona: los yuracarés.
Un camino de tierra se pierde entre la maleza, desembocando en la comunidad yuracaré de Santa María del Pilar. Al entrar, una humilde capilla da la bienvenida al turista, con su pequeña virgen de madera y su techumbre de palma. Un poco más adelante se oye el murmullo infantil de la escuela, donde alrededor de 30 niños preparan con entusiasmo danzas para los turistas curiosos.
Esta comunidad se asentó en cercanías de este río místico en el año 1981, huyendo de las crecidas del Mamoré y siguiendo la tradición nómada de los yuracarés. Ahora es uno de los pueblos más cohesionados de la zona, en el que conviven con armonía unas 10 familias, en pequeñas cabañas de madera y motacú. Sin embargo, hubo una época en la que la comunidad tenía más miembros. “Tuvieron que ir a la otra orilla del Mamoré”, recuerda uno de los más ancianos de la población, “porque el río inundó sus chacos y sus casas”. Allá, en la otra orilla, fundaron la comunidad Magali, donde comenzaron una nueva vida.
A pesar de todo, la unión entre las dos comunidades no se debilitó, pues la escuela se encontraba en Magali, y los niños de Santa María del Pilar tenían que cruzar el río todas las mañanas para asistir a sus clases. Pasaban las aguas con sus propias canoas, expuestos a las crecidas del río y sus peligros.
Por suerte, contaron con la ayuda del barco Reina de Enín, un hotel flotante que desde hace años colabora con ésta y otras comunidades que tejen sus destinos cerca de las orillas del Mamoré. Los dueños del flotel les facilitaron una barca de mejor calidad para reducir el riesgo de los pequeños en su camino a la escuela. Años después, la escuela volvió a trasladarse a Santa María del Pilar, donde actualmente los niños pueden estudiar hasta séptimo curso.
Siempre cerca del agua
Los yuracarés se organizan en torno a una familia grande, unidad que puede estar conformada por una sola familia extensa o varias familias nucleares con algún parentesco. La familia grande busca lugares cerca de ríos, en sectores algo apartados, donde existan las circunstancias adecuadas para la caza y la pesca, ya que éstas son sus actividades fundamentales. La agricultura se practica sólo cuando la disminución de los anteriores factores hace presión.
Es típico en los yuracarés tener un “chaco” —terreno de cultivo familiar— que generalmente tiene dos hectáreas de superficie, ubicado a orillas de los ríos como una medida para protegerse de los animales y facilitar el movimiento de la tribu. Cultivan arroz, maíz, hualuza, maní, bananos y yuca, que es uno de sus alimentos favoritos.
En Santa María del Pilar, las actividades turísticas del flotel también tienen una importancia fundamental. Desde hace algunos años Sergio Rivera, uno de los responsables del barco Reina de Enín, ha llevado a cabo lo que se conoce como “intercambio cultural” entre los turistas y los comunarios. Los lugareños les muestran sus danzas, su espacio y sus costumbres. A cambio, los turistas también tienen que mostrar algo típico del lugar de donde vienen, para enriquecerse mutuamente. Además, los visitantes pagan dos dólares para entrar a la comunidad, lo que ayuda al mantenimiento de la misma.
Desde entonces, siempre que los habitantes del pueblo reciben la noticia de que van a llegar los turistas, preparan varias danzas de la región para dar la bienvenida a los visitantes que, generalmente o se están alojando en el flotel, pueden disfrutar de unos días de calma en plena naturaleza tropical.
El viajero a bordo de la embarcación puede empaparse, además de unos parajes de enorme belleza, donde atisban los caimanes, los bufeos rosados o monos. ¿Cómo resistirse a las aguas del Mamoré?