Nombrada reina por los suyos, fue líder de la insurrección de Túpac Katari. Fue el sitio de 1781 el que dio origen a la leyenda del Ekeko.
Texto: Liliana Carrillo V. • Fotos: David Guzmán
Su castigo fue tan duro como dulce fue su apogeo de saberse reina de los indios y saborear el poder junto a su hermano Túpac Katari. El 6 de septiembre de 1782, la cacica Gregoria Apaza fue ahorcada frente a una multitud en la plaza mayor de La Paz. Antes, una corona de espinas ciñó su frente y fue obligada a desplazarse desnuda sobre una bestia de carga.
De la hermana de Julián Apaza poco se sabe. Su figura ha quedado opacada en la historia por el brillo del caudillo del Cerco de La Paz y de su mujer, Bartolina Sisa. La fama la tuvo en vida, cuando dirigió hordas indígenas de guerreros, cuando ajustició a españoles con su propia mano, cuando cambió su papel de subordinada por una promesa de amor y gloria.
Antes de la rebelión indígena de 1781, Gregoria Apaza vivía en Ayo Ayo, pueblo en el que nació unos 30 años antes. Hablaba sólo aymara, estaba casada con el sacristán Alejandro Pañuni y tenía un hijo de pocos años, según se desprende de los documentos de su confesión ante la justicia española.
“Nada se dice sobre su físico; pero por la vida que llevó después, puede suponerse que debe haber sido una mujer atractiva, enérgica y fuerte”, escribe la historiadora María Eugenia del Valle de Siles en el libro Historia de la rebelión de Túpac Katari, uno de los más completos estudios sobre el Cerco.
Aparentemente, Gregoria dejó todo —familia, hogar— cuando su hermano la llamó a integrarse a su corte y dirigir las tropas indias contra la corona española.
Eran los aprestos del Cerco a La Paz que fue dirigido por Julián Apaza, un comerciante de coca y bayeta, autonombrado Túpac Katari en honor a Tomás Katari, el cacique altoperuano que lideró una rebelión indígena en 1779; y a Túpac Amaru, el descendiente de la realeza inca que dirigía las sublevaciones en el Perú.
De acuerdo con los pocos documentos que quedan, es posible deducir que Gregoria estaba muy unida a su hermano y que éste confiaba plenamente en ella. El cariño filial manda, por ejemplo, en este fragmento de carta dictada por Gregoria para Julián: “Venerado tatito de mi alma. ¿Cuándo se ha de venir? Le espero y le mando rosquitas y su poncho”.
La ciudad sitiada
El 7 de marzo de 1781 apareció en La Paz una carta firmada por Túpac Katari en la cual se intitulaba por primera vez: “Yo, el señor virrey Katari”. El 14 de marzo, cerca de 40.000 indígenas iniciaron un cerco a la ciudad que duró 109 días y que sería continuado por un segundo sitio de 73 días.
En ese proceso, Túpac Katari tenía en dos mujeres su mayor apoyo: una era su esposa, Bartolina Sisa, y la otra era su hermana, Gregoria Apaza.
“Bartolina había luchado, enrolado gente y capitaneado huestes tanto como Gregoria; sin embargo, tiene una nota de feminidad más acusada que ésta, o por lo menos, diferente de la suya. Ella, antes de la rebelión, había sido lavandera, tejedora e hiladora de caito, desempeñaba estos oficios mientras esperaba a su marido o estaba separada de él; Gregoria en cambio se muestra como una mujer casada que no tiene un oficio propiamente femenino. Más tarde, en las batallas, administra caudales, vende vinos, controla los fondos y transporta el saqueo”, apunta María Eugenia del Valle.
El sitio a La Paz se consolidó luego de un mes. La ciudad, con 52.000 habitantes, no estaba lista para un cerco tan largo y pronto la falta de alimentos hizo mella en los sectores cholos y criollos. En junio, las calles estaban vacías, los niños pedían ayuda en las esquinas, no había agua ni alimentos.
Gobernaba la ciudad el criollo Sebastián Segurola, quien habría inspirado la imagen actual del Ekeko. Para Rigoberto Paredes Candia, a partir del cerco a La Paz es que se instituyó y popularizó la fiesta de Alasita, unida a los elementos de la tradición aymara.
Cuando el poder de Túpac Katari se afianzaba y su hermana brillaba como cacica, llegaron desde Perú tropas aliadas de Túpac Amaru para apoyar el cerco. Con este suceso, todo cambiaría, una vez más, para Gregoria.
El amor y la gloria
Al mando de los guerreros peruanos llegó el joven Andrés Túpac Amaru, sobrino del caudillo José Gabriel Túpac Amaru. El inca inició un célebre romance con Gregoria que ha trascendido en los testimonios de la época.
“Nada sabemos de cómo fue el encuentro entre Andrés y Gregoria —escribe María Eugenia del Valle de Siles— Andrés era un joven de 17 ó 18 años, de mucho desplante y seguridad en sí mismo; era inteligente, poseía cierta cultura española, sabía leer y escribir; a medida que se conocen sus acciones de la rebelión de 1781 se va viendo que era un hombre de gran perspicacia, sentido militar, arrojo y valentía... Gregoria, 10 años mayor, con tanta ambición de mando, orgullo e inteligencia como Andrés, no poseía cultura ni sabía leer ni escribir, pero tenía una extraordinaria intuición para captar las cosas verdaderamente importantes y los momentos decisivos, tanto en el curso de su vida como en el de la insurrección”.
¿Cómo llegaron a entenderse si una hablaba aymara y el otro quechua?, ¿cuándo nació su romance? La historia nunca podrá saberlo pero quizás esta carta, escrita por Andrés a Gregoria en uno de sus viajes pueda dar una idea de aquella relación: “Si se porta mal me veré precisado a enviar un comandante.. para que le arruine sus malas ausencias... No viva tan ligera en sus travesuras” y firma: “su más amante, que en todo le ama de corazón. Andrés”.
Lo cierto es que juntos, los amantes libraron y ganaron varias batallas y debió ser tanta la confianza de Gregoria que envió a su único hijo a Azángano, al cuidado de la madre del joven peruano.
Cuando el sitio a La Paz parecía consolidado, Túpac Katari encargó a su hermana la conquista del valle paceño de Sorata que cayó tras cruentas batallas lideradas por Gregoria y Andrés. Allí permaneció la pareja un mes hasta que, durante un viaje del inca a Perú, la cacica se enteró de que las tropas españolas habían logrado levantar el Cerco de La Paz. Corría el mes de octubre de 1781.
Rauda, la amazona inició con su ejército el viaje para reforzar el sitio indígena, pero en medio camino se enteró de que su hermano, el caudillo Túpac Katari, había sido traicionado por su propio general, Inga Lipe, y tomado preso por los españoles en Peñas.
Después de ser torturado e interrogado, Julián Apaza fue condenado por el oidor Diez de Medina a ser muerto descuartizado por cuatro caballos. La sentencia se cumplió el 14 de noviembre de 1781. Días antes, Gregoria había caído presa y, junto a los principales generales de Julián Apaza, fue llevada a la cárcel pública de La Paz para esperar su juicio.
En prisión, Gregoria se reencontró con su cuñada Bartolina y ambas se consolaron por la muerte de Túpac Katari. Ocho meses esperaron su sentencia y, en este tiempo, la cacica no tuvo noticias de Andrés Túpac Amaru. Él moriría más tarde ajusticiado en España.
Aquel 6 de septiembre de 1782, Gregoria Apaza —cacica y reina— se enfrentó al cadalso. La historia no le daría la gloria póstuma; la felicidad la vivió ella, apasionadamente, en vida.