Dos especies de colibríes en peligro de extinción son protegidas en el desierto de Atacama. “El Santuario de los picaflores” acoge a un centenar de aves, a iniciativa de la familia Madrid, que ha construido un jardín para dar alimento y cobijo a los pájaros.
Texto: Liliana Carrillo Fotos: David Guzmán
En medio del desierto florece un jardín. En medio de las flores, una mujer canta en un lenguaje desconocido —medio susurro, medio silbido— y al sonido de su voz acude un picaflor negro, pequeñito (de no más de ocho centímetros). Pronto, son tres las aves las que revolotean a su alrededor. Mariana Madrid (21) las conoce bien, pues desde que tiene memoria ha jugado con colibríes.
“En primavera llegan más; a veces son casi cien”, comenta la primogénita de María Teresa Madrid. Hace 20 años, su madre construyó un jardín en medio del desierto de Azapa, el valle ubicado a 10 kilómetros de la ciudad chilena de Arica. “A mi mamá le gustan mucho los picaflores; por eso le pidió a mi abuelo Manuel un pedacito de su tierra para sembrar flores y que vengan los pájaros ”, comenta Mariana que ahora enseña a su pequeño hijo Gabriel (4) el arte de domesticar colibríes.
Con los años, el jardín creció y, con él, el número de picaflores que acuden a libar sus néctares. Hoy, media hectárea de las dos de la hacienda Madrid se ha convertido en el “Santuario de los picaflores”.
El valle de Azapa, ubicado en medio del desierto que rodea Arica, es famoso por su producción de olivos. Los lugareños han desarrollado sistemas de riego que han convertido al árido terreno cobrizo en fértil tierra de cultivo. “Todo crece aquí; hay tomates, pimientos, frutillas y sobre todo aceitunas”, comenta parco el abuelo Manuel (65) que, a instancias de su hija, ha comprobado que también su tierra es propicia para el cultivo de flores. “Primero plantaron achiras que atraían a los picaflores de cola corta; después trajeron los cardos desde el África, que son los favoritos de los colibríes de Cora”, explica Mariana. Se refiere a dos especies distintas:
El colibrí de cola corta, también llamado de Arica (Eulidia yarrellii), mide un promedio de ocho centímetros, es negro y se caracteriza precisamente por una cola de plumones cortos. En cambio, el picaflor de Cora (Thaumastura cora), que puede ser café o azulado, mide 10 centímetros y presenta como dos plumas blancas largas en la cola que pueden llegar a duplicar el tamaño de su cuerpo.
Endémico de Arica, el picaflor de cola corta es oficialmente “símbolo” de la primera región del norte chileno. De acuerdo al libro Aves Amenazadas del Mundo, de la Bird Life International, es el ave más pequeña de Sudamérica y probablemente la segunda más diminuta del mundo. Únicamente vive en el valle de Azapa y en los últimos años su población ha disminuido en forma alarmante. Por ello las autoridades de Arica, con la declaratoria del picaflor como símbolo, intentan concienciar a la población y proteger a la especie de amenazas externas como los químicos y otros contaminantes que destruyen su hábitat.
Aunque ahora recibe el apoyo de la Alcaldía de Arica y la gobernación de Tarapacá, la familia Madrid no ha necesitado de decretos para acoger a los colibríes en su Santuario. Saben que las aves acuden donde abunda las flores; pero el néctar no siempre fue suficiente para convocarlos.
“Para que florezcan los cardos de África hemos tenido que regarlos con baldes, durante unos dos años”, cuenta Mariana. Su madre aún se toma el trabajo de cubrir uno por uno los nidos de las aves con bolsas plásticas cuando llega la época de la fumigación de olivos, para que no se vean afectados por los pesticidas y también lleva un exhaustivo registro de la fecha de postura de los huevos y de salida de los pichones de su cascarón. “Si es necesario, amarra los nidos con alambre cuando están en peligro de caer de las ramas”.
Así es María Teresa, quien ha logrado que su amor por las aves trascienda más allá de su Santuario y cobre renombre internacional entre los especialistas. “Todo el tiempo está llegando gente que viene para ver los picaflores. Incluso una vez vinieron unos japoneses, que no sé cómo supieron de nosotros”. Lo cierto es que el famoso jardín de los picaflores Madrid convoca a ornitólogos, medioambientalistas y especialistas. “Llegan cada año a ver cómo se comportan los picaflores”.
Eso Mariana lo sabe bien, a fuerza de observar a las aves durante años. “Los picaflores son tremendamente territoriales; marcan y pelean por su espacio y casi siempre son las hembras quienes mandan: ellas eligen pareja y deciden el lugar donde construir el nido, que debe estar en sombra”.
Los picaflores huyen del calor excesivo. A mediodía, con 30 grados arrasantes, el jardín está casi desierto; pero cuando el sol muestra u oculta sus rayos, las flores se poblan de visitantes.
“Su canto es característico, yo lo he oído tanto que ya sé cómo es”, susurra Mariana, dueña de ese lenguaje desconocido —medio susurro, medio silbido— de las aves. “Yo no sé si los picaflores me entienden pero yo, desde niña, me imagino que ellos escuchan mis secretos”. El vuelo alegre de las aves en el Santuario parece confirmar esa íntima certeza.