Existen cerca de 500 estructuras patrimoniales en la ciudad de La Paz. El 60 por ciento está en mal estado. La necesidad de altas inversiones y duros impuestos perjudican su conservación.
Texto: Jorge Soruco • Fotos: Miguel Carrasco
Construido a principios del siglo XX, es un edificio de departamentos que recuerda a las casas del París de la Belle Epoque. En sus habitaciones se alojaron familias de alcurnia y durante una época fue residencia de la intendencia policial. Hoy, pese a una historia rodeada de esplendor, el vetusto edificio ubicado entre las avenidas Armentia y Uruguay solamente provoca lástima.
No es la única. Según datos de la Dirección de Patrimonio Tangible de la Alcaldía, La Paz cuenta con alrededor de 500 estructuras patrimoniales, de las cuales 60 por ciento se encuentran en mal estado y otro 10 por ciento están en peligro de destrucción.
´Es difícil tener el control, teniendo en cuenta que la mayoría de los edificios son propiedad privada, donde el municipio no puede interferir. Lo máximo que podemos hacer es recomendar que se repare la estructura´. Para Ramiro Atahuichi Ramos, director de Patrimonio Tangible, la impotencia se convierte en una sensación familiar al lidiar con el problema de la conservación.
La destrucción es lo mejor
´Los impuestos altos y los elevados costos obligan a convertir las casas en conventillos. Cuando ya no pueden sacar a los inquilinos, los dueños prefieren dejar que la falta de cuidados afecte a la estructura a tal punto que es mejor derruir que reparar´, comenta la directora de Patrimonio Tangible e Intangible, Wilma Cordero, en una reunión durante una campaña de recuperación del centro histórico de la ciudad de La Paz.
Otra es la visión del arquitecto urbanista René Aliaga, quien considera que la conservación es un tema delicado que debe estudiarse para ver si realmente se debe mantener la edificación, ya que ´no se debe conservar por conservar´. Para Aliaga, la conservación de una estructura antigua debe beneficiar tanto al dueño como a la urbe. Porque, sino, la propiedad histórica se convierte a la larga en un peso en la economía de los propietarios, peso que la mayoría de ellos no pueden soportar.
Otro de los problemas es la falta de una propiedad individual. Muchas de las propiedades llegan a las manos de sus actuales dueños mediante herencias.
Este es el caso de aquella casa de la calle Armentia. Pablo Sánchez Peña comparte la propiedad con sus tres hermanos y su madre, pero es él quien se encarga de pagar los impuestos, el mantenimiento, realizar las reparaciones y negociar con los inquilinos como apoderado, ya que ninguno de sus hermanos vive en La Paz y su madre, mayor de edad, no puede encargarse de estos asuntos.
El mantenimiento de la casa es muy costoso y, a veces, casi imposible para Sánchez Peña. El edificio cuenta con cinco departamentos y dos depósitos, los cuales necesitan una atención constante.
El panorama de esta casa es desolador. La pintura se desprende de las paredes, los marcos de ventanas están podridos por el tiempo y tanto la fachada como las toallas que se cuelgan en el interior terminan negras por el humo.
Mary Venegas vive hace cinco años en el segundo piso del edificio con un contrato de anticrético. El acuerdo venció hace un año, pero todavía no abandona el lugar, pues Sánchez Peña aún no tiene los fondos para devolver los 14.000 dólares que costó el anticrético.
´Todavía me encuentro pagando los impuestos atrasados. Menos mal que hay un plan de pagos. Ninguno de mis hermanos viven aquí, y no ayudan con los gastos. Queremos vender la casa, pero no podremos hacerlo hasta que terminemos de pagar los impuestos´, asegura Sánchez Peña.
Mientras tanto, la espera se hace larga para Venegas quien tiene que vivir en un departamento muy grande y lleno de desperfectos, como las ventanas que nunca cierran. “Cuando llegué, el dueño intentó hacer algo al respecto, pero igual nomás quedó. Están tan mal que debo usar algo pesado para poder cerrarlas”.
La señora también recuerda la ocasión en la que por arreglar uno de los marcos de ventana sufrió un accidente. “Me subí sobre esta silla, pero cedió y me rompí la muñeca. También tengo que cambiar las llaves de las pilas. Porque las anteriores estaban oxidadas y no funcionaban bien”.
Para Sánchez Peña, el tener la casa de su abuelo en ese estado es una pena, pero, “¿qué más puedo hacer? Cuando coticé la pintura de toda la casa, era mucho más de lo que puedo pagar. Yo invierto 2.000 dólares por departamento en refacciones, es mucha plata”.
Víctima de la división
Peor aún es la situación de la casa ubicada en la esquina de la avenida Mariscal Santa Cruz y Sagárnaga. Para los peatones habituales de la zona, aquella casa siempre estuvo allí. Su estilo nuevo romántico es resabio de los primeros años del siglo XX. Sus lujosas habitaciones alojaron abogados, dentistas, contadores, artesanos y tiendas de diversa índole. Pero desde finales de la década de los 90, sus puertas están cerradas, sus paredes agrietadas. Ya es sólo una cáscara de lo que era.
El inmueble es propiedad de la Federación de Artesanos, quienes, al momento de adquirir la construcción, se comprometieron a conservar la fachada original. Por ello, en el interior, se construiría un edificio que debería albergar a los 30 artesanos que componen dicha federación.
Sin embargo, la construcción enfrentó varios problemas. Uno de los principales es el rechazo de la Alcaldía a los planos ya que, según información de la DPT, el edifico tenía, por lo bajo, un piso más de lo permitido, debido a que hay otras construcciones patrimoniales al frente, detrás y al lado.
Según Ramiro Peñaloza, trabajador de una ferretería cercana a la casa en cuestión, las obras se paralizan constantemente pues “los socios se pelean cada cierto tiempo y paran los trabajos. Desde hace más de cinco años que la cosa marcha de esta manera”.
Mientras todos estos líos se resuelven, la casa sigue abandonada, con peligrosos andamios que cuelgan de sus paredes, un mudo testigo del olvido humano.
Al rescate del patrimonio
Para evitar estos problemas, muchas de las casas son transformadas y refaccionadas para cumplir funciones comerciales. Algo así sucedió con el restaurante Surucachi, ubicado en la avenida 16 de Julio. Anteriormente, la casa sirvió de hotel. Se construyó en 1907 para ser residencia de Antonio Camponovo, uno de los arquitectos más importantes del país.
Pero no todas las casas patrimoniales se encuentran en peligro. Muchas de ellas son recuperadas a tiempo o, como en el caso de los colegios Sagrados Corazones y San Calixto, mantienen la misma imagen desde su inauguración.
Ambos inmuebles, obra del arquitecto eclesiástico Eulalio Morales, han experimentado pocos cambios en sus 124 años de vida.
Por su lado, el municipio dedica fondos para la restauración de los colegios fiscales del casco urbano central, todos ellos patrimoniales.
Para facilitar la conservación por parte de edificios privados, la Alcaldía estudia una ordenanza para reducir impuestos a los dueños de estas edificaciones. Sin embargo, estas ayudas quizá lleguen muy tarde para algunas casas que están agonizando. El reloj corre.