Las reiteradas "buenas intenciones de integración en Latinoamérica", caracterizadas por la emisión de discursos anticapitalistas, firma de acuerdos poco operativos y la proyección de procesos que desde hace muchos años funcionan deficientemente, pero que en la realidad sólo generan recursos por concepto de organización, representación y turismo; se llevó a cabo en Río de Janeiro, el pasado 18 y 19 del mes en curso la XXXI Cumbre de Jefes de Estado de los países miembros y asociados del Mercosur.
Con un sinnúmero de observaciones que giran en torno a lo vano de los resultados obtenidos, críticas a las actuaciones protagonistas y descontextualizadas de algunos mandatarios, la suscripción de la declaración sobre el primer tramo del Gasoducto del Sur y la creación de un grupo de trabajo ad hoc para analizar el pedido del presidente Evo Morales para incorporar a Bolivia como miembro pleno del bloque en un lapso de 180 días, se dio por concluida la Cumbre de Río.
Reconociendo que es urgente y muy importante consolidar un bloque económico a nivel de los países latinoamericanos —en la firme intención de solucionar la pobreza y sus efectos—, impera la vigorización de instituciones
dotadas de reglas claras que permitan fortificar una supranacionalidad coherente y congruente, sin barreras de orden particular ni desconfianzas entre los habitantes y por sobre todo urge dejar atrás los discursos histriónicos, mediáticos y mentirosos de ciertos presidentes de la región.
Evidentemente, preocupa el discurso bullanguero y el populismo deformador de la democracia en la mayor parte de la región en la presente coyuntura. Impera entender que el siglo XXI no traerá per se éxitos significativos aunque tengamos innumerables recursos energéticos; y es que sin acceso a créditos de inversión con tasas moderadas, con un sinnúmero de limitaciones para la gestión del conocimiento, sin contar con capacidad impulsora de tecnología, teniendo una capacidad mínima de competitividad en una economía de mercado mundializada, no avanzaremos y
seguiremos sumidos en una pobreza acrecentadora de inseguridad ciudadana, delincuencia, exclusión, marginalidad y otros.
Dado que en Bolivia hemos presentado sobradas pruebas de inseguridad jurídica y política, es inaudito seguir clamando por la inversión privada —nacional o extranjera—; y si además tomamos en cuenta que contamos con una escasa población de consumidores/as, es prácticamente imposible pensar en una real reactivación de la depauperada economía boliviana sin buscar la liberalización y ampliación de nuestros mercados.
Con el trasfondo de estas consideraciones, nuestra América morena en general y nuestro país en particular, necesita que el sin fin de conferencias y retóricas integracionistas se operativice y para ello le toca indefectiblemente lidiar con lo que se denomina en la actualidad como los desafíos del presente: abrirse posibilidades exportadoras en un mundo de bloques económicos.
*Mariella Pereyra
es cientista política.
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