La toma de posesión presidencial de Daniel Ortega empezó con dos señales reveladoras sobre las prioridades del nuevo gobierno: la primera fue la invitación al ex presidente y reo Arnoldo Alemán, sentenciado a 20 años por corrupción, quien debutó en un evento oficial. Para muchos fue una vergüenza nacional, una bofetada para nuestras instituciones, y especialmente para la justicia. Para el nuevo gobierno del FSLN, se trata de una indicación de su política doméstica: la continuidad del pacto, la subordinación de la justicia al interés partidario, y sobre todo la intención de oxigenar políticamente a Alemán como parte de su estrategia para mantener la división de la derecha entre el PLC y ALN.
La segunda señal fue el retraso del acto hora y media, en espera de la llegada del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Todo el mundo entendió que Chávez hizo un gesto extraordinario al viajar a Nicaragua el mismo día de su propia toma de posesión. Pero al retrasar el acto institucional al que asistieron otros 13 jefes de Estado y más de 60 delegaciones internacionales, Ortega envió un mensaje claro sobre el orden de sus prioridades en política exterior. De ahí en adelante, durante las 48 horas en que Chávez permaneció en Nicaragua dominó la escena como actor principal, relegando incluso a nuestro Presidente al papel de actor secundario.
Otro dato revelador sobre el nuevo estilo presidencial marcadamente personalista, que resalta la figura del Mandatario por encima de las instituciones, ha sido el tratamiento brindado al gabinete de gobierno. Ortega juramentó a los mandos de la Policía y el Ejército, refiriéndose a cada alto oficial por su nombre y cargo institucional con una clara intencionalidad política; pero no se molestó por investir a su propio gabinete en un acto similar. Bastó un juramento en grupo, y un comunicado 24 horas después, para revelar la composición del gabinete. Un equipo de gobierno que tiene sus propias luces y sombras, predominando en su composición, como es lógico, el factor de confianza personal de parte del Presidente, pero muy distante del proclamado gobierno de "unidad y reconciliación".
En su discurso inaugural Ortega exhibió la misma retórica que mantuvo en su campaña electoral: ese pragmatismo pendular, con el que critica las políticas neoliberales de los últimos gobiernos, con los que ha cogobernado, y a la vez apela a lograr un acuerdo con el FMI; cuestiona los términos del Cafta, sin romper con el acuerdo, y ahora endosa su alternativa estratégica, el ALBA con Venezuela, Cuba y Bolivia, que mantienen su propio discurso antiimperialista de "ruptura" con el sistema.
A partir de ahora ha quedado claro que la estrategia internacional de Ortega apunta a "navegar en dos aguas", las del Cafta y las del ALBA. El primer acuerdo (Centro América y Estados Unidos) representa más del 60% de nuestras exportaciones, el segundo menos del 1% de las exportaciones, pero conlleva una extraordinaria cooperación económica gubernamental de Venezuela. No hay contradicción económica aparente para el interés de Nicaragua entre ambos proyectos, aunque tengan signos políticos contrarios. Incluso, la reacción del Departamento de Estado de Estados Unidos ha sido muy madura y constructiva.
Lo que deberá analizarse, cuando se divulgue la letra menuda de los acuerdos con Venezuela, es si éstos le otorgarán al Gobierno más flexibilidad para negociar con el FMI, o si por el contrario, un incremento del endeudamiento estatal podría convertirse en un obstáculo para facilitar un acuerdo. Y por el otro lado, esta masiva ayuda externa impondrá una prueba para el nuevo Gobierno en materia de eficiencia y transparencia en su ejecución, que seguramente será vigilada por la ciudadanía organizada, la prensa y la sociedad civil.
En cualquier caso, la pregunta clave es si la política oficial de "navegar en dos aguas" significa una audaz y novedosa estrategia de largo plazo o solamente un atajo coyuntural, mientras el Presidente establece sus nexos con su polo ideológico preferencial. ¿Se alineará Ortega en política exterior con Venezuela y con Irán, o tendrá acaso la determinación de mantener una política autónoma e independiente? ¿Ampliará Ortega su estrategia priorizando las relaciones con la Unión Europea, un actor económico y político virtualmente ignorado en su toma de posesión, que ofrece un camino diferente al Cafta y el ALBA? Pronto lo sabremos.
La otra incógnita es hacia dónde apunta el proyecto político doméstico del presidente Ortega. ¿Acaso su intención es únicamente reivindicarse como gobernante y con el apoyo del 38% del electorado hacer una buena labor para toda la nación, o hay detrás un proyecto de acumulación de poder partidario y personal, y de perpetuación en el poder?
El otro tema que ya empieza a emerger en las proyecciones de mediano plazo es la reelección presidencial. Mientras un amplio sector de la población demanda que se establezca la no reelección absoluta, para vacunarnos contra el caudillismo y los poderes autocráticos, es evidente que la reelección forma parte de la agenda estratégica del FSLN y del PLC, mientras este partido siga dominado por el caudillo Arnoldo Alemán.
Por el momento hay muchas más preguntas que respuestas, pero en apenas los primeros días de gobierno ya se ha empezado a delinear el nuevo estilo presidencial.
* Carlos F. Chamorro
es columnista del periódico
Nuevo Diario de Managua. Este artículo es un extracto del original.
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