Hoy se conmemora el día de la ciudad de La Paz, y es muy triste que ni las autoridades ediles ni las departamentales tengan conocimiento de tan gran acontecimiento. Como se sabe, el emperador Carlos V dispuso que una villa del Alto Perú tomase el nombre de la Virgen de la paz, cuya fiesta se celebra el 24 de enero, con el fin de que en ella perviviese el recuerdo de la pacificación del Perú, luego de las terribles guerras civiles entre los conquistadores españoles que asolaron las tierras del antiguo imperio incaico.
Por este motivo, cada 24 de enero, la hermosa imagen donada por dicho emperador a la recién fundada ciudad de Nuestra Señora de la Paz, recibía como ofrenda del pueblo trabajador de la villa, el fruto de su habilidad y esfuerzo en forma simbólica y en reducido tamaño. Es así como surgió la fiesta de Alasita. Por eso, además, la fiesta se realizaba en la plaza Mayor, frente a la Catedral, donde la gente ingresaba para hacer bendecir por su patrona, la Virgen, los productos adquiridos en la feria.
Muchos años después, surgió el Ekeko, como una alegoría del habitante ciudadano que se consagra a la Virgen como su más ferviente servidor. Este personaje, aunque tiene origen pagano, no representaba a un absurdo dios indígena, como actualmente se trata de insistir, sino al verdadero hombre del pueblo paceño: pequeño, retaco, blancón y con bigotes. Este Ekeko personificaba asimismo, el espíritu del paceño colonial, un hombre alegre, lleno de confianza en que la Virgen le concedería el cumplimiento de sus anhelos. Por lo tanto, Alasita es una fiesta netamente cristiana, creada para honrar a la patrona de la ciudad, la Virgen de la Paz.
En los primeros años de nuestra existencia republicana, se decidió mudar el día de la ciudad al 16 de julio, con el fin de rendir un homenaje más vigoroso a la gesta de Murillo y de los protomártires de la independencia. Además, se determinó cambiar hasta el nombre de la villa, por el de "La Paz de Ayacucho". Cabe aclarar al respecto, que nuca se conmemoró el día de La Paz, el 20 de octubre, como mucha gente lo cree. La razón fue que el día 20 de octubre de 1548 sólo hubo una fundación teórica, en el pueblo de Laja, ya que no se había decidido todavía el lugar donde se establecería la ciudad. La verdadera fundación se la hizo al año siguiente de 1549, como lo asevera el célebre cronista Pedro Cieza de León, quien visitó La Paz, un año después, en 1550.
Pero si las autoridades elogiaban a la Revolución de Julio, nuestro pueblo, consciente de sus tradiciones, siguió permanentemente celebrando el día de su ciudad el 24 de enero, como lo había hecho durante trescientos años.
De este modo, en la práctica, la ciudad tenía dos festividades conmemorativas antagónicas: la del 24 de enero, más tradicional y acorde con el símbolo de la paz; y la del 16 de julio, donde se exaltaba el temple revolucionario del pueblo paceño. Da lugar a pensar que esta situación de existir al mismo tiempo dos fiestas opuestas fuese un reflejo del alma paceña: por un lado generosa, emotiva y acogedora; y por otro, impetuosa, apasionada e intransigente.
Se podría decir que la modificación del nombre y aniversario de la ciudad tuvo un sino trágico. Parecería que el pueblo paceño en vez de la paz y la concordia que la Virgen representa, eligió la revolución y la violencia. Y así, el destino de la ciudad se transformó drásticamente, dando lugar a que en más de 182 años de vida independiente, primase en La Paz el lado pendenciero del paceño. Su actividad política fue belicosa e intolerante, siempre esperando cambiar las cosas radicalmente. Pero esta subsistencia agitada sólo le trajo a él, y al boliviano en general, empobrecimiento y aflicción.
En el presente, estamos nuevamente en un momento crítico. La intransigencia de los cocaleros y de muchos políticos sindicalistas que rechazan todo diálogo conciliador, podría desencadenar, como ya está sucediendo, en enfrentamientos que traerán días de luto y dolor a nuestro sufrido pueblo. En consecuencia, debiéramos tratar de desechar la parte violenta y ensalzar el lado generoso del alma paceña. Sólo de este modo podremos integrarnos a nuestra Señora de la Paz y a lo que ella representa: la paz, la concordia y la fraternidad que debe reinar entre todos los bolivianos.
*Ramiro Prudencio Lizón
es diplomático e historiador.
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