Una travesía en catamarán desde Chúa hasta la Isla del Sol en La Paz. El tour visita el complejo Inti Wata y viaja a las ruinas incas de La Chinkana. El pernocte es en los camarotes de la nave.
Texto y fotos: Beatriz Andrade Dösserich
U na mística neblina cubre La Paz. La ciudad parece esconderse aún más tras los vidrios empañados del bus turístico que viaja hasta el puerto de Chúa, a orillas del lago Titicaca. Cerca a las 8.00, todo está preparado para que el catamarán San Francisco parta de aquel lugar donde el sol y el viento juguetean con las temperaturas. La aventura sobre las aguas comienza.
Luego de partir, el barco se desliza suavemente sobre las aguas que ocupan 8.300 kilómetros cuadrados. Pasarán más de dos horas hasta llegar a destino, la Isla del Sol.
En tanto, los pasajeros se acomodan en el salón de la embarcación diseñada para 45 personas. Ahí, el desayuno buffet está tendido a lo largo de una mesa.
Granola, café, leche y una variedad de panecillos y frutas despistan el hambre y dan energía para subir a la cubierta de la nave.
Desde allí, el paisaje se impone. “A la derecha está San Pablo, donde se encuentra el criadero de truchas más grande de Bolivia. Y a la izquierda, se ve San Pedro de Tiquina”, señala Grace Arnez, guía del tour de la empresa Transturin.
El bote pasa por el estrecho de Tiquina, lugar que debe su nombre a los 800 metros entre playa y playa. “Ésta es la parte más angosta del lago; aquí, el 23 de junio, el día más frío del año, muchas personas cruzan nadando el estrecho. Lo hacen en busca de récord”.
Ahí no hay nada de puentes, pero sí muchas embarcaciones de madera a cargo de los lancheros, como se conoce en la región a los empíricos tripulantes de los botes que transportan exclusivamente a los visitantes, o de los lanchones (ferris) que llevan sobre sus resistentes y largas tablas, automóviles livianos o pesados buses.
En el horizonte, más allá de los límites del lago, despuntan unos picos blanquecinos. Es la Cordillera de los Andes que asoma sus más altos nevados (6.000 metros sobre el nivel del mar). “El más alto es el Aconcagua (Argentina), que se levanta a 7.000 m.s.n.m.”.
El catamarán comienza a reducir sus 12 nudos de velocidad. A lo lejos, está la Isla del Sol con su pétrea arquitectura adornada por la vegetación de la Pachamama. “Es la cuna del Imperio Incaico y también, el lugar donde habitó la cultura aymara”, apunta Arnez.
Un viaje al pasado
La Isla del Sol es la más importante entre las 30 islas que se esparcen en las aguas del Titicaca. Otra es la de la Luna, habitada por 2.000 personas. “Ambas están en territorio boliviano”, explica la guía.
Una mixtura de colores se mueve por el escollo. Son los turistas arropados de vivos colores que visitan el islote de 12 kilómetros de largo por ocho de ancho. A ese movimiento se suma el ajetreo de los 3.000 habitantes del lugar.
Los rayos del sol se desploman sobre la isla, parecieran acariciarla. El catamarán suelta sus anclas. Y delante, 203 gradas de piedra retan a los visitantes. El ascenso no es tan acalorado gracias a la sombra que brindan esbeltos árboles. En el trayecto, llamas y alpacas ataviadas con multicolores aguayos y flores de lana en las orejas (tikas) cumplen las órdenes de sus amos y se quedan quietas en espera de una foto por la que se solicita un par de monedas a cambio.
Casi a la mitad de la empinada escalera se escucha correr agua. “Es la fuente del inca”, indica Grace Arnez. Dos de los tres hoyos de una pared de piedra vierten el cristalino líquido. “La fuente era para regar los campos de cultivos elaborados en el sistema de terrazas”.
El origen del agua aún es tema de investigación, aunque estudios indican que emana hace 900 años. Tal vez por eso se le atribuye el don de dar la eterna juventud.
Sin embargo, los tres orificios de la fuente representan las reglas de la cultura inca expresadas en quechua: ama súa (no seas ladrón), ama llulla (no seas mentiroso) y ama q\'ella (no seas perezoso). “Esta última es la que no tiene agua, es la más floja”, bromea la guía.
Unas cuantas gradas más, y el letrero del Complejo Cultural Inti (Sol) Wata (extensión, isla) dan la bienvenida. Lo primero que se atisba son los llamativos colores de los geranios. “Esta planta no es nativa, pero gracias a las takanas —sistema de cultivo inca por terrazas— se ha logrado el desarrollo de plantas medicinales, alimenticias y ornamentales. La mayoría son originales, otras han sido reconstruidas por la agencia Transturin”, comenta la guía.
Eucalipto, wira wira, duraznos, rosas y kantutas, entre muchas otras especies de todo tipo, son muestra de la fertilidad de la tierra.
En el recorrido, una planta de aloe vera capta las miradas. Inmediatamente viene la explicación sobre sus aportes en la medicina y en la estética. Lo interesante es que sus puntiagudas hojas terminadas en espinos sirvieron de agujas en aquellas épocas. El resistente hilo para coser las prendas salía de las mismas hojas de esta planta.
Entrando a las entrañas del complejo internado en la Isla del Sol se siente el aroma del incienso mezclado con otros raros efluvios. Hojas de coca, objetos hechos a base de azúcar, lana y grasa de llama componen la mesa blanca, una ofrenda que será entregada a la Pachamama (Madre Tierra) por el yatiri (sacerdote andino) Samuel que habita en Inti Wata.
Al calor del fuego, la mesa se quema para agradecer a la Madre Tierra y pedir protección, además de amor, salud, trabajo y dinero.
El ritual ha terminado y el grupo pasa a observar el trabajo de una tejedora. Las manos de la mujer deslizan una madera sobre la lana de llama y alpaca sujeta al antiguo artefacto. “Es una mantilla hecha a mano, por eso tiene nudos”, dice Flora acerca de su obra monocromática. Los colores son para alegrar las prendas festivas.
El recorrido sigue por el museo subterráneo del Ekeko, donde se ven chullpas (momias), utensilios, tejidos y otros vestigios de las culturas Aymara e Inca.
La hora del descanso
El día transcurre mientras el lago se engríe con el oleaje. El mirador Manco Kápac es la siguiente parada. Ahí, un huanaco, llamas, alpacas y vicuñas se exhiben ante las cámaras de los turistas, quienes no pierden la oportunidad de sacar también unas fotos a Guillermo, un joven que, a vista de todos, elabora una embarcación de totora.
Es hora del almuerzo y de retorno al catamarán. Esta vez y hasta el final, el viaje será en el Santa Rita.
El tour propone, además de ese recorrido, un viaje a bordo de una inmensa balsa típica de totora y una travesía en un bote a motor que sortea las aguas sagradas desde la población de Challapampa, al norte de la Isla del Sol, hasta las faldas del cerro donde yace el templo incaico de La Chinkana, cuyas ruinas permanecen perennes. “Muchos místicos vienen aquí a recibir la energía. Esta piedra arenisca también funge de altar por estar enfrente de la Roca Sagrada de los Incas”, comenta la guía.
Hoy, el altar es solamente una enorme roca marrón, pero la leyenda cuenta que otrora estaba recubierta de oro, motivo por el cual brillaba como el Sol, siendo ésta la piedra en la que aparecieron Manco Kápac y Mama Ocllo.
A rítmico paso se hace, por la parte posterior de la rojiza montaña, el descenso. El atardecer da sus primeros tonos y en el solitario Challapampa, los pobladores abren las puertas de sus casas para mostrar a los visitantes sus costumbres, su forma de vida.
La luna es dueña del cenit y el Titicaca toca una nostálgica melodía con el viento. La noche invita a una romántica cena a la luz de las velas dentro del catamarán. Finos vinos y exquisita comida ponen el sabor a la velada que se anima con la música y la danza de un grupo originario de la zona.
La jornada termina. Al día siguiente, a las 8.00, el Santa Rita partirá al santuario de Copacabana para luego, retornar a la urbe paceña. Las camas en los camarotes equipados con baño y calefacción, esperan cobijar al viajero mientras el lago arrulle su sueño.