Estos días he escuchado varias veces y de distintas personas la frase ´Yo quería cambios, pero no así´, al punto de preguntarme si lo que se está resistiendo es a los cambios o a la forma en que se están dando.
Revisemos aspectos de puro sentido común, pidiendo de antemano disculpas por poner en estas líneas cosas que puedan parecer pura y simplemente verdades de Perogrullo.
Primero, las formas en que estábamos llevando adelante la política y las relaciones de poder en el país requerían a gritos cambios positivos. La llamada democracia pactada se agotó, la insensibilidad y la prebenda en el manejo del Estado llegó a límites indescriptibles, la corrupción estaba carcomiendo la confianza en la propia democracia y la exclusión produjo, entre otras cosas, que un grupo cada vez más reducido de ´operadores´ sean dueños, jueces, parte y beneficiarios del país.
Segundo, parece que la opinión pública tiene nomás un acuerdo al reconocer que en nuestro país se están dando cambios importantes: hay personajes y representaciones nuevas en el poder, hay una re ubicación de los escenarios territoriales de la confrontación y de los acuerdos políticos (regionalización del poder, le dicen) y hay formas distintas de ejercicio de poder político y de las relaciones entre las autoridades, los partidos y los sectores sociales.
Tercero, los cambios no se aceptan con facilidad. De hecho, la voluntad, aceptación y desaprobación frente a los cambios varían. Hay quienes los están empujando y son sus protagonistas, quienes los resisten y quienes los confrontan abiertamente. Como estamos hablando de cambios políticos y en política, dicen, no hay espacios vacíos, cuando hay alguien ganando una posición, hay otro que la está perdiendo.
Hasta aquí, no parece tan difícil estar de acuerdo. El problema es que los que dicen que quieren cambios, pero amistosos, en clima razonable y con finales felices para todo el mundo… no han hecho cambios en su vida ni han leído historia. Porque resulta que los procesos de cambio no tienen una ruta definida ni cronograma ideal ni clima estable. Cuando las cosas cambian necesariamente hay una parte que muere y otra que nace. Por lo tanto, cada cambio en la vida de las personas y en la de los países tiene su dosis de dolor y resistencia.
En los últimos meses el forcejeo político nos ha mostrado que cuando algunos gritan dos tercios defendiendo la democracia, hay otros que quieren dos tercios para que nada cambie, como por ejemplo para que la Ley de Tierras siga siendo el juguete inservible que hasta ahora fue. Cuando vuelven a la democracia pactada para ocupar la presidencia del Senado ¿qué nos proponen sin pudor alguno?: Revisar la Ley de Tierras.
Cuando quienes manejaron 24 años el aparato estatal critican a los de ahora se olvidan de todas las chambonadas y experimentos a los que nos sometieron… ¿Se acuerdan de los ´Chicago boys´? Pero, si el que se equivoca es un Mamani o una mujer, entonces es doble equivocación. Del otro lado, cuando los prefectos no les gustan ponen delegados, desoyendo el poder del voto, o quieren referendo revocatorio, y cuando no están seguros de ganar dicen ´sí, pero… yo no´.
¿Hay una manera mejor de cambiar, con menos dolor, con menos incertidumbres? Quizá poniéndonos de acuerdo en mínimas reglas de juego, estando dispuestos a ceder un poco y ganar otro tanto, no tenerle miedo a lo que va a hacer el otro, ya que parece que todos tenemos desconfianza. Finalmente, quien cambia está vivo.
*Carmen Beatriz Ruiz es ciudadana de Bolivia.
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