La recomposición del gabinete ministerial es una práctica frecuente en todos los gobiernos. Tanto más en el actual que debió improvisar un equipo de personas, más por lealtad política que por idoneidad profesional. Como tantas otras veces, aunque en esta ocasión se trata de negar, hubo que contentar a los políticos fieles. Al fin, cuotear los sillones ministeriales. El resultado previsto fue que entre los elegidos —damas incluidas— muchos no resultaron aptos para el complejo cargo de ministro. Entonces, hubo que buscarles otra pega para seguir premiando los supuestos méritos contraídos en la lucha partidista.
Siempre se ha hecho así. Pero lo más curioso es que la salida de un ministerio o de otro empleo público acostumbra a ser la transferencia a un cargo diplomático, sea como embajador u otra prebenda en el servicio exterior. Incluso se dan casos en que el nuevo puesto equivale a un exilio dorado. Se envía al sujeto ´overseas´, con tal de tenerlo lejos para que aquí no estorbe. Aunque calificar de ´dorado´ ese alejamiento, es un decir, si se tienen en cuenta los inexplicables retrasos con que reciben la paga mensual. Así nunca podrá Bolivia tener presencia diplomática adecuadamente preparada para ejercer el cargo con profesionalismo.
Aquí merece la pena recordar la frustración de jóvenes que ingresan a la Cancillería como Dios manda, es decir, con pruebas rigurosas en la Academia Diplomática, y que van adquiriendo experiencia en puestos secundarios, pero nunca llegan a embajadores porque los políticos de turno les birlan el soñado y merecido puesto. Así pues, para desconsuelo —aunque tardío— de los bien intencionados ciudadanos que votaron por el cambio, los hechos prueban que las cosas no han cambiado. Convengamos previamente que, el cambio por el cambio es ´neutro´. Puede haber cambios en mejor o en peor. ¿Por cuál votó usted, amigo y tal vez ingenuo lector? Pues estamos en ´lo mismo que igual´. Muchos altos cargos, desbancados, pasan a ´ seudo diplomáticos´ sin preparación alguna.
El compadrerío político y el nepotismo familiar pesan más que la idoneidad profesional. Estos viejos vicios de la Administración Pública han vuelto a escena, atropellando los intentos de años recientes para ´institucionalizar´ (profesionalizar) la función pública. Ahora bien: ¿qué papel hará un leal militante del partido de gobierno, especialista eminente en agitar y discursear en calles y plazuelas, o en conspirar contra el Gobierno constituido, etc., pero impreparado para defender y promover los intereses nacionales en el mundo, tales como la peliaguda cuestión marítima, el intercambio comercial, la integración regional, las buenas relaciones con la comunidad internacional, la atracción de inversiones, el incentivo al turismo, la lucha contra el crimen organizado, el terrorismo y la droga, la situación de los compatriotas emigrantes, así como la infinidad de tareas que deberían llevar a cabo nuestros funcionarios asignados al servicio exterior?
Sencillamente hará el ridículo, a no ser que sea una persona dotada de unas capacidades y una versatilidad fuera de lo común. Y, además hable fluidamente quechua, aymara y guaraní. Una ´rara avis´.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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