Durante el último tiempo se ha ideologizado en extremo sobre los diferentes modelos de desarrollo económico que se pueden implementar en el país y en Latinoamérica. El debate se centra entre el modelo neoliberal, que a partir de una economía de mercado premia la iniciativa privada y que se pretendió implementar en Bolivia a partir de 1985, y el modelo socialista, en que el Estado tiene el control de los medios de producción y la economía, que estuvo vigente la mayor parte del siglo pasado en Bolivia y al cual se procura retroceder hoy. Este debate prácticamente había terminado en el mundo con la caída del Muro de Berlín al demostrarse que el modelo de economía estatal fracasó y quebró a numerosos estados.
Ha sido ampliamente discutido y analizado, y ha sido muy notoria la realidad de cuál modelo funcionó en varios países que partieron con similar base de riqueza, de cultura, de educación y de nivel de vida, pero que implementaron dos modelos de desarrollo diferentes. El caso más obvio es el de las dos Alemanias, en que la Alemania con democracia liberal logró índices de desarrollo económico y de nivel de vida nunca antes vistos, mientras los alemanes del Este, con una economía planificada y sistema autoritario, quedaron rezagados. Otro caso similar es el de Corea del Sur, un país del Tercer Mundo hace sólo 40 años, y que es hoy una potencia industrial, contrastando con la pobreza de Corea del Norte. Taiwan y la China Popular, hasta que esta última atrajo a la economía capitalista, son otro ejemplo.
Sin embargo no se necesita ver hacia afuera los efectos de diferentes modelos de desarrollo, si los podemos ver en casa y esto hace aún más incomprensible el que se insista con la economía socialista. Bolivia ha tenido dos entornos de desarrollo que paradójicamente se han dado en forma paralela y los resultados son los mismos que los vistos en el resto del mundo. El occidente del país, con el departamento de La Paz a la vanguardia, optó básicamente a partir de 1952 por un modelo estatista, con la nacionalización de las minas y la reforma agraria, control de precios y de divisas y una economía en general planificada por el Estado, donde la iniciativa privada fue secundaria a la estructura del Estado.
En contraste, inicialmente con un importante apoyo del Estado y aprovechándolo mejor que en occidente, en Santa Cruz se forjó un entorno que favoreció la iniciativa privada y se implantó un modelo de desarrollo que generó importantes inversiones privadas, nacionales y extranjeras, en agricultura, industria, hidrocarburos e incluso en minería. Estas inversiones y este modelo de desarrollo cruceño han convertido a Santa Cruz en el motor de la economía boliviana con más del 50% de las exportaciones del país, y una tasa de crecimiento superior al promedio nacional siendo el PIB per cápita 40% mayor al de La Paz. El modelo cruceño ha sido posible por una conjunción de esfuerzos de empresarios, trabajadores y gobiernos locales, sin rencores ni rivalidades, con un fin común de lograr el desarrollo regional.
El actual Gobierno, impulsado por su ideología socialista, intenta imponer un modelo de desarrollo que fracasó en Bolivia, creando un ambiente hostil a la actividad privada, para lo que promueve la confrontación entre bolivianos, con matices regionales, raciales y de clase no vistos antes, pretendiendo que el Estado tome control total de la economía.
El peligro del modelo económico socialista es que, aunque pueda buscar objetivos de justicia social muy válidos, es un modelo que genera pobreza, quita oportunidades y vuelve dependiente y conformista al ciudadano, probado en Bolivia y el mundo. El mayor peligro sin embargo, es que como el socialismo genera pobreza, la única manera de imponerlo es por la fuerza y bajo un régimen autoritario. Casos concretos de la historia son la Alemania nazi, la ex Unión Soviética y sus satélites, incluida Cuba y la Bolivia del MNR del 52 y la del capitalismo de Estado de los gobiernos militares.
La mejor manera de rectificar las potenciales inequidades del sistema capitalista sin castigar la creatividad y la generación de riqueza, que son sus principales virtudes, es la creación de una red de protección social, que incluya mejor educación y salud, sistemas de jubilación y leyes laborales que protegen al empleado y promuevan el empleo como lo han hecho las democracias liberales más avanzadas.
El modelo socialista al generar pobreza expulsa poblaciones en busca de mejores oportunidades. Sucede en Cuba cada vez que se abren las puertas, Alemania comunista tuvo que construir un muro y el bloque soviético tuvo que cerrar sus puertas para que la gente no escape. Por el contrario, las democracias liberales, por la generación de riqueza y oportunidades, atraen gente y tienen que limitar el ingreso de inmigrantes. Lo mismo sucede en Bolivia, donde occidente expulsa población y el oriente atrae por contar con un clima de trabajo y negocios más amigable.
Si se quiere ser verdaderamente revolucionario en Bolivia, ¿no sería mejor buscar modelos alternativos y no retroceder en el tiempo? ¿No sería mejor, por ejemplo, en lugar de pretender convertir el agro cruceño en minifundios pobres e improductivos similares a los de occidente, el optimizar las tierras del Altiplano e impulsar a los indígenas a transformarse en prósperos agricultores, convirtiendo el Altiplano boliviano en una plataforma de producción y exportación de productos orgánicos con carpas solares, sistemas de riego y provisión de gas? o ¿promover la producción y exportación de manufacturas en las ciudades bolivianas con inversión extranjera y nacional?
Se debe emplear toda la energía, tiempo y creatividad que se emplea en confrontar y tratar de copar el poder político en buscar alternativas rápidas y eficaces que generen riqueza, empleo y bienestar y en la búsqueda de una visión compartida de país.
*Jorge Gottret Siles es economista.
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