Espinoza, en La Destrucción del Imperio de los Incas (1977), se preguntaba cómo fue posible que aquel reino de 20 millones de gentes haya sido destruido por 120 bárbaros. Con datos, demuestra que la explicación para el desmoronamiento residía en que los incas en su objetivo de homogeneizar habían exacerbado las diferencias (el mismo reinado estaba dividido); en su propósito de explicar el mundo sólo desde su visión concentraron el poder, sembraron el terror, sometieron a otros pueblos bajo la égida del dios Sol y la omnipotencia del Inca sin respetar los dioses locales. Es así que la llegada de los invasores fue recibida por etnias rebeldes como la posibilidad de su liberación y se convirtieron en sus principales aliados. Tan importante fue esto que el Imperio se destruyó gracias a la acción de los mismos indígenas.
La última película de Gibson recrea un segundo de la vida entre las etnias de Centroamérica previa a la Conquista y deja el mensaje de que ya nos hallábamos destruidos.
Y es que la historia de la humanidad está plagada de momentos en que determinados actores se erigen como los soberanos de la vida y la muerte pero terminan, para su desgracia, sembrando su propio Apocalipsis. A lo largo de la historia hemos transitado, desde lo más primitivo (la teoría de la eliminación del otro), pasando por la filantropía (teoría de la integración) hasta lo más reciente (la sociedad intercultural).
¿Hoy, en qué estadio está nuestro país? La lectura de nuestro pasado, sin partir de la supuesta hegemonía aymara, ayudaría mucho para que nuestros gobernantes enderecen el rumbo y no se produzcan, en Bolivia, las dantescas escenas de la mencionada película que comienza con humanos persiguiendo una bestia, pero termina con humanos persiguiendo, como bestias, a otro humano supuestamente diferente.
*Iván Arias D. es experto en descentralización y pueblos indígenas.
Beechcraft
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