Los celos del burro son terribles como aprendió de una dolorosa experiencia un desprevenido campesino colombiano quien perdió su nariz de un mordisco dado por su jumento que escuchó detrás de la víctima los rebuznos de su compañera. En su excitación, vaya uno a saber que imaginó el pobre animal, dejó atrozmente mutilado a su amo, según informa la nota Sin Razón de La Razón, aunque sus motivos habrá tenido el borrico. Quizá el confiado propietario quedó convencido, al igual que Corchuelo, personaje del Quijote, que se puso contento de haber caído de su burro porque le dio una lección de verdad, del error de fiarse de un rucio tranquilo.
Hay que ser cuidadoso no sólo con el asno macho sino también con la hembra. No es cuestión de aceptar sin más las actuales teorías que achacan al hombre todos los defectos como antes lo hicieron con las mujeres a las cuales algunos sabios y filósofos les atribuyeron una racionalidad disminuida cuando no se la quitaban por completo.
La literatura revela que los celos atacan por igual a hombres y mujeres devastando su ser y el de los que los rodean. ¿Acaso Otelo no parecía bendecido por los dioses, repleto de virtudes viriles: coraje, generosidad, lucidez hasta que prestó oídos a las insidias de Yago y se convirtió en un celoso enajenado, vengativo? Su amor por Desdémona no fue una pasión exaltada de juventud; cuando se casó ya maduro, su amor fue sereno, hecho de ternura y adoración. La calumnia despertó los celos que no encontraron paz sino en la muerte de la amada. No menos trágicos fueron los celos de Medea. Desgarrada entre el amor maternal y el orgullo herido no descansó hasta el asesinato de su rival y de sus propios hijos, para gozar del dolor, de la destrucción del amante infiel.
Éste es el primer caso de un burro con sentimientos y pasiones humanas. Casi siempre se le cargó, sin ningún agradecimiento, con todas las torpezas de los hombres. Aún hoy su nombre es un insulto despreciativo y humillante. Por eso en las fábulas no desempeñó papeles revestidos de humanidad. Ni siquiera en El asno de oro de Apuleyo. En los cofines de Tesalia, en un tiempo muy remoto, cuenta el autor, un escritor del primer siglo cristiano, un curioso e intrépido joven, Lucio, se dejó metamorfosear en un asno, pero guardó su mente humana. Lo que hizo más insoportable sus desventuras cómicas y trágicas al pasar de un amo a otro, obligado inclusive a complacer a una bella dama a quien los hombres no le bastaban. Una diosa le devolvió su figura normal. Sufrió como burro, pensó como hombre. Ahora en El Alto, unos matarifes magos cambian burros en terneras que gordas vivanderas trocan en asaditos hasta terminar la metamorfosis en el quebrado Choqueyapu, siempre desconsiderado.
El cerdo ha sido igualmente maltratado, salvo en la historieta feliz: Los tres chanchitos de Walt Disney. Sirvió para calificar los vicios y defectos más bajos de las personas y los grupos. Los hermanos Goncourt, famosos por haber dado su nombre al principal premio literario francés y por las maldades de su Diario donde anotaban complacidos las debilidades de los amigos y colegas célebres, entusiasmados por la sexualidad y las intimidades del cuerpo, como a comadres chismosas, tomaron al cerdo y al burro entre sus bestias favoritas para hacer referencias a las conductas obscuras de sus conocidos, quienes a menudo les ofrecían buena mesa y hospitalidad. Así Tourgueniev fue calificado de chancho, cuyas porquerías estaban teñidas de sentimentalismo. El mismo trato recibieron Daudet y otros.
Su círculo de amigos tampoco se descuidó de ellos: los llamó ciervos. Tal vez por su gusto por los mimos y con seguridad porque esta especie animal no se comporta como el burro de marras. Edmundo y Julio, cuando no estaban criticando a su entorno, compartían a María, una comadrona, con un pasado tumultuoso y una sexualidad ávida, capaz de prodigar sus favores a los dos hermanos de manera equitativa, ajena a cualquier manifestación de celos.
Otros bestiarios literarios son más simpáticos, excluyen asnos y cerdos. V. Woolf, la gran novelista inglesa de la primera mitad del siglo XX, vio a su grupo: Bloomsbury como un zoo malicioso y picaresco. En su correspondencia descubre un delfín: su hermana, un monito o una mangosta, su marido, según la hora del día. Hay también un lémur, un chapi con pelo hirsuto, una gallina histérica, además de una cabra, ella.
Uno de los pocos que pintó al asno con cariño y sensibilidad fue el poeta J. R. Jiménez. Dio a Platero, cuyas andanzas se confundían con las suyas, una personalidad enorme y rica. Ante la tumba del borrico, el autor preguntó a su amigo ido. ´¿Platero si como pienso estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo a los ángeles adolescentes ¿me habrás quizá olvidado? Platero dime ¿te acuerdas aún de mi?\' La respuesta apareció como una leve mariposa blanca, revoloteando alrededor del poeta.’’
Creo con los moralistas que la envidia, hermana melliza de los celos, es una emoción exclusivamente humana. La una y la otra se asemejan en el plano del deseo, es decir del querer o del buscar fuertemente algo o a alguien. Pero se diferencian porque en la primera la voluntad se encamina hacia un bien no conseguido, mientras en la segunda, los celos, el comportamiento se orienta por el temor de perder lo que ya se tiene. La envidia dio lugar a muchas fábulas de animales codiciosos, castigados por albergar tal sentimiento. El cuento intentaba apartar a los niños de las malas inclinaciones. En cambio los celos, poco mencionados en ese género, alimentaban más bien las novelas, la poesía, el teatro, las canciones destinadas no a los pequeños sino a los mayores, prontos a iniciar su educación sentimental. Cierto en ninguna de estas obras se halla un burro celoso como el encontrado en el país del realismo mágico. Los celos no se habían apoderado de los borricos, hasta ahora. Éstos eran sólo humildes servidores del hombre, si bien cada vez más relegado por las máquinas. Quizá por eso decidieron emprender una metamorfosis genética y sentir como sus amos, así los palos serán merecidos.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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