Cerca de 1.500 niños de la calle deambulan diariamente por La Paz. La Comunidad Papa Juan XXIII desarrolla proyectos para la atención y rehabilitación de estos jóvenes con ingeniosas iniciativas de integración, como negocios solidarios.
Texto: Patricia Cruzado Fotos: Miguel Carrasco / Moris Bertozzi
Un vaso de api y un trozo de pan calientan el cuerpo y engañan al estómago, vacío desde el día anterior. Cada miércoles, al caer la noche, Ivón sale con su camioneta acompañada de un par de voluntarios y un conductor para visitar a todos los niños y niñas de la calle que se dejen ver por los lugares ya establecidos.
A pesar del tráfico intenso, las bocinas peleonas y la muchedumbre que cruza sin aviso las calzadas, Cristina, la voluntaria italiana, y Marco Antonio, uno de los chicos que se ofrece a colaborar para el reparto de alimentos, son capaces de divisar a sus chicos deambulando por la acera. Parada obligatoria. Yasmani, el conductor, se aparta. Abrazos, saludos, risas, palmadas de ánimo y, sobre todo, una sensación de familiaridad, de espera incondicional se imponen.
A cada uno de estos jóvenes, generalmente de entre 15 y 25 años, le atormenta una historia, la sombra de aquella situación intolerable que los empujó a la calle. La falta de comida, la marcha o fallecimiento de sus padres, el maltrato familiar o la violación les hicieron escapar de sus hogares para encontrar en las calles una ´sensación de libertad mal entendida´, como explica Ivón Olivares, responsable del Servicio de Calle y de la Casa de Fraternidad Luigi y Giuseppina. Se trata del hogar de acogida nocturna de la comunidad Papa Juan XXIII en La Paz, por donde han pasado 15.211 jóvenes desde su inauguración el año 2002. Esta asociación católica fundada por el padre Oreste Benzi, tiene más de 30 años de existencia y trabaja en 23 países.
El rostro de la mamá ´adoptiva´ con cerca de 1.500 hijos e hijas dispersos por toda la ciudad, se ilumina cuando los ve llegar. ´Son mi medicina. Siempre aguardan con una sonrisa, con una anécdota. Ellos me han enseñado el valor de la solidaridad y la escasa importancia de lo material. Te das cuenta de que lo único que necesitan es amor y que esto es lo que todos necesitamos para sentirnos seguros´.
La situación de marginación y desprotección de estos niños y niñas los convierten en víctimas de la sociedad. Carecen de certificado de nacimiento y, por tanto, de derechos. ´Cuando tratamos de arreglarles los papeles, el registro solicita documentación imposible de conseguir, por lo que dificulta los pasos básicos para que sean reconocidos como personas y ciudadanos´, aclara Ivón, dejando entrever una sensación de impotencia, pero sin atisbo de resignación.
Algunos muchachos de mejillas ásperas por el frío narran a esta madre mientras beben el api, que la Policía está robándoles los sacos y que les obliga a pagar cinco bolivianos para que se los devuelvan. De nuevo los ojos de esta luchadora se vuelven de cristal por la rabia que le provoca la injusticia. Aunque resulte paradójico, la calle es una cárcel para estos niños y niñas; rutas sin salida, sin alternativa.
Avanzar paso a paso
La Casa de Fraternidad Luigi y Giuseppina, con capacidad para 120 personas, constituye el primer contacto de los jóvenes con un hogar. En este edificio, ahora en remodelación, pueden comer (la cena es preparada por ellos mismos en turnos), dormir, recibir clases de alfabetización y desarrollar sus capacidades en los talleres. Un ejemplo es el taller de rosarios, impulsado por monseñor Ivo Scapolo, que después pueden vender para ganarse la vida. Además, se imparten clases sobre educación sexual, VIH-sida, valores humanos y autoestima, que constituyen plataformas para tomar conciencia clara acerca de su situación.
Incluso cuentan con atención médica de urgencia de la mano del doctor Wálter Ferrer. Tras unas gafas sin montura, sus ojos y gestos transmiten un sosiego que deviene en ternura cuando ausculta a uno de sus jóvenes pacientes. Esta casa puede suponer el primer paso para iniciar el proceso de rehabilitación en la Casa Sant’ Aquilina.
Allá, cada mañana, Ana se pone su traje de faena, se lava con esmero las manos y comienza a amasar la base del pan, mientras otros compañeros se encargan de los helados, las pastas, etc. Este taller de alimentos o terapia de trabajo construye una parte de su nueva vida.
Por otra parte, el hogar San Vicente, con viviendas en Alto Beni, Tembladerani, Chuspipata y Jukumarka, lleva a cabo programas de inserción para enfermos alcohólicos y dependientes de las drogas.
´Tomemos un papel y lápiz porque vamos a escribir nuestra biografía a través de sentimientos, percepciones de nuestros actos y de las personas que nos han rodeado y de aquellas que se alejaron´. Además, ´hagamos hincapié en los errores y aciertos propios para tomar conciencia de nuestro pasado y presente´. Con estas palabras comienza la siguiente fase en la que Moris Bertozzi, el responsable de la comunidad en Bolivia, explica que ´lo más importante del proceso es que los chicos y chicas sean sinceros consigo mismos´.
El nombre de Sant’ Aquilina no responde sólo a una casa de acogida. También es llamado así el restaurante italiano de la comunidad; que no es un restaurante cualquiera. Su razón de ser, sus empleados y su filosofía lo convierten en un lugar que para algunos supone la culminación de un giro vital.
El establecimiento italiano resume de alguna forma los esfuerzos de los muchachos que consiguen rehabilitarse, dado que permite su inserción laboral, factor fundamental para sentirse realizados y evitar la necesidad de volver a las calles. De la misma manera funciona la heladería Rinascimento.
Uno de los atractivos de ambos negocios es que las materias primas son elaboradas en los talleres de las casas de acogida, por lo que son completamente artesanales. Esto da a sus platos el ´espíritu italiano´, como reza su eslogan, ya que hace que sean auténticos manjares. A la par, esta es la vía con la que cubren casi un cincuenta por ciento de la financiación de los centros.
Otra parte de este gran proyecto solidario es el Centro Virgen Niña, ubicado en la ciudad de El Alto. Está compuesto por un comedor comunitario, guardería, biblioteca, capilla, punto de asesoramiento e inscripción, consulta médica y escuela para niños discapacitados. Todos estos departamentos se convierten en uno solo porque, como explica Silvia Laura Vargas, responsable del comedor, ´realmente trabajamos en equipo´.
Abuelos, madres e hijos
Son las 12 del día. Al menos 100 abuelos esperan junto a la entrada. Taria, de 72 años, colabora gustosa con las cocineras para repartir las bandejas a sus compañeros de almuerzo, que durante dos horas se alejan de la terca soledad. ´La comida de aquí me sana´, comenta uno de los ancianos. Sopa de fideos, guiso de arvejas secas, pan y un refresco de lima componen el menú de un día. Pedro Choque y su esposa acuden desde hace un año y medio al comedor. Al principio guardaban parte de la comida para la noche, pero ahora Silvia les entrega una ración extra para cena pues a la señora ya no le es posible cocinar.
Tras las personas mayores llegan las mamás, la mayoría muy jóvenes, con numerosos niños. Baldina Carpio es madre soltera, atiende a ocho hijos, y lleva asistiendo al comedor cuatro años. Las riñas de Silvia ya nada pueden hacer ante el embarazo de la hija de Baldina, quien debe ganarse el jornal como ´carpintera, vendedora y lavandera´.
Cada una de estas familias desestructuradas llega al despacho de Margot Rojas Carrión, trabajadora social y veterana de la comunidad en El Alto, para plantearle un sinfín de cuestiones que van desde la educación sexual hasta la cobertura de los seguros sanitarios de los niños.
´La educación en torno a la salud es pobre, sólo acuden cuando están graves, pero muy poco para seguir los controles´, indica Ivón Crespo, doctora en medicina general de la comunidad. ´Atiendo por la mañana a unos 17 pacientes y por la tarde a otros 15. No damos abasto´. En el caso de las mamás, ´tratamos de orientarlas desde el control prenatal, de manera que continúen visitándonos´ cuando nazca el bebé.
El área de discapacidad está dirigida por Manuela Quenta, educadora especial de desarrollo infantil. Unos 70 niños de entre 0 y 17 años con discapacidad mental, auditiva o parálisis cerebral son atendidos por sicólogos, fisioterapeutas, trabajadores sociales y educadores. Así se realiza una evaluación del estado del pequeño y se conversa con los padres para asesorarlos.
La única y gran contrapartida de todo el equipo que trabaja con y por los niños y niñas de la calle es la mejora de sus condiciones de vida. Porque hay calles con salida.
Historias
Juan de Dios Quiroga Morales, de 26 años, vivió una pesadilla que ahora se transforma en un dulce sueño. A los seis años sus padres y hermanos fallecieron en un accidente de tráfico en los Yungas, quedando desamparado. Su refugio fue el alcohol, hasta que se topó con Ivón Olivares, responsable del Servicio de Calle de la Comunidad. Su vida dio un giro de 180 grados. Tuvo la oportunidad de estudiar Gastronomía y Administración Hotelera con pasantía en Italia, y actualmente trabaja como chef de la trattoria Sant’ Aquilina, restaurante de la comunidad Papa Juan XXIII que facilita la inserción laboral de estos jóvenes.
Sus deseos son formar una familia a la que dar todo lo que no tuvo y que, como él, toda persona tenga la oportunidad de rehacer su vida.
Periplo
Con sonrisa picarona relata Alejandro Almendras Escalante, de 19 años, el periplo que inició a sus nueve años cuando sus padres lo llevaron a Cochabamba con sus tíos y primos, para recibir una mejor educación que en su ciudad natal, Riberalta. ´Mis primos no me trataban bien, así que me escapé a La Paz para regresar a casa, pero me perdí. Desde entonces viví en la calle. Cuando estaba drogado robaba, y luego no lo recordaba. A veces los policías nos detenían y se llevaban lo que tenía´. Su pareja, con la que tiene un hijo de dos años, no quería la rehabilitación, así que Alejandro se vio obligado a romper la relación. Actualmente trabaja en el restaurante Sant\' Aquilina y le encantaría estudiar para ser un barman y, más adelante, obtener otra especialidad.
El futuro
´Al principio tenía miedo porque pensaba que me iban a encerrar´, relata Carlos Marcani López, de 21 años. ´Luego me di cuenta de que ingresar en el centro sería beneficioso, sobre todo cuando supe que iba a ser padre. Dejé de inhalar clefa y de robar, he aprendido a cocinar pasta y pizza, y me gano la vida honradamente. Estoy muy agradecido a la comunidad. Ahora vivo con mis compañeros y la señora Ivón, a la que queremos como a una madre´. A Carlos le gustaría ser chef y enseñar a cocinar en el futuro, además de estudiar para guía turístico. El joven ingresó en el Centro Lipari el 2001, pero no le fue fácil tomar la decisión. ´Renuncias a tu libertad, debes respetar normas. No todos están dispuestos, pero yo me alegro de haber dado el paso´.