Yatigüigua, una hacienda con historia El lugar, propiedad del migrante alemán Egon Wachtel y la camireña Nelly Boyer, es una de las seis estancias que se abren al turismo rural en la geografía del Chaco boliviano.
Texto: Miguel Vargas Saldías • Fotos: Pedro Laguna
El despertador, un gallo. Ambrosía (leche recién ordeñada) antes del desayuno. Mermelada y queso acabados de hacer. Desde la ventana, los campos se pierden entre las nubes y el cálido aire del Chaco invita a recorrer los alrededores. El encanto de la vida rural se promociona con Haciendas del Chaco, un proyecto de turismo rural que congrega a seis enclaves ganaderos de la región.
Al llegar a la zona, la imagen tradicional de ese lugar del país —suelos áridos, arbustos secos y huesos carcomidos de ganado— se estanca en el estereotipo. Amplios campos resplandecen en la época de lluvia de tres meses y las aguas de pozos y manantiales se llenan para equilibrar el ecosistema el resto el año.
Reservas naturales, la historia del petróleo en Bolivia, la ruta del Che, las misiones franciscanas, la historia de la Guerra del Chaco y el mundo guaraní son los atractivos que caracterizan a esta zona y que están articulados a través de las haciendas que participan en el proyecto apoyado por el Ministerio de Desarrollo Sostenible, el Viceministerio de Turismo y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), a través del Fondo de Desarrollo Financiero y Apoyo al Sector Productivo (Fondesif).
Este emprendimiento presenta haciendas adaptadas para el turismo —lo que las diferencia de un hotel rural— y porque las somete a un proceso de certificación ambiental y de calidad para cumplir con estándares internacionales.
Conocer la vivencia en una de estas estancias demanda de ajustarse el cinturón y empezar el viaje desde Camiri (Santa Cruz).
Un alemán en Yatigüigua
´Wachtel 1629 - 1996´, luce un plato con el escudo familiar sobre un estante. La historia de la familia conformada por un alemán judío que escapó del nazismo y una hermosa camireña recorre los pasillos de la hacienda Yatigüigua, ubicada a 17 kilómetros de la localidad de Camiri y a 15 de la ciudad de Santa Cruz por la carretera.
Los nidos de distintas aves de la región comparten las paredes con fotografías de la familia y objetos provenientes de Indonesia y otros rincones del mundo.
Es de noche y Nelly Boyer de Wachtel termina su recorrido de rutina por los pasillos de la hacienda. Una silla de ruedas le sirve para apoyar los brazos mientras ejercita las piernas en una caminata, receta de su doctor para mantenerla lozana a sus 76 años. En la cocina espera su esposo, Egon Wachtel, quien apoyado en su bastón, prepara la cena para su mujer.
Los retratos de cuando estaban jóvenes espían desde la pared. Egon sirve el mate cocido en una taza que lleva escrito ´Nelly´. Ella toma asiento y pacientemente espera a que su marido le prepare un pan con palta recién cosechada y toman juntos la sopa de vegetales.
´Mire cómo hemos cumplido 55 años de casados. Somos un matrimonio ecuménico. Él es luterano y yo soy católica´, relata Nelly. ´Nos ha ido bien porque mi esposo es un hombre con temor de Dios´.
La memoria se escapa hasta la llegada de Egon a Bolivia. Era el año 1939 cuando el joven judío alemán tuvo que huir del exterminio en su país. Tenía 17 años y ganas de vivir y trabajar. Durante cuatro años pagó el arriendo de tierras para poder trabajarlas. La producción le llevó hasta Camiri, donde acomodaba su producción. Fue ahí que vio a una niña trepada en un carro alegórico. Llevaba en la cabeza el gorro frigio y un vestido blanco, encarnando a la Madre Patria. Era Nelly, quien no tenía más de 10 años. Sus amigas le habían comentado: ´hay un gringuito que está durmiendo sobre las bolsas de papa´, pero ella ni se fijó. Egon siguió trabajando en el campo, buscando mejorar.
Un 9 de marzo de 1948, Egon se instaló en Camiri contratado por la empresa Williams Brothers, para la construcción de uno de los primeros oleoductos. Mientras, Nelly se desempeñaba como secretaria de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, pues su padre había fallecido y debía trabajar. ´Aprendí en Sucre a escribir a máquina a los 10 años y tenía excelente redacción´, se ufana ella, que sirvió además de modelo para los documentales de la empresa.
Egon tenía a su cargo la administración de las estaciones en Camiri, Monteagudo y Rosal. Entre sus funciones estaba el pago de facturas en la oficina donde reconoció a la niña del carro alegórico.
´Yo veía siempre a este gringuito que traía las sobras de una guerra en no sé dónde. Tenía un perro. La gente decía: \'su perro habla alemán\', en vez de decir que entendía alemán´, recuerda sonriente. ´Cuando él iba, yo cerraba las ventanas para que no me viera y así evitar los comentarios de la gente´.
Tejiendo la familia
Un día, Nelly paseaba por la plaza de Camiri con su hermana, mientras Egon caminaba junto a un estadounidense que conocía a las hermanas. El gringo las saludó muy atento y les presentó a Egon.
—Señorita, yo quiero casarme con usted, soltó el joven Wachtel antes de saludar siquiera.
—Mire que eso no es posible, yo tengo un enamorado, repuso la sorprendida Nelly.
—Eso no importa. Lo que yo digo lo hago. Y así sucedió.
El 5 de octubre de 1948 hubo un incendio en el pozo 10. Entre los heridos estaba un ingeniero, el novio de Nelly. Egon visitaba a los quemados en el hospital y no pudo evitar toparse con su amada, que parecía una enfermera de tantas atenciones que brindaba a su novio. Tiempo después, éste le preguntó a Nelly: ´¿Quién es ese gringo que te comía con la mirada?´. El noviazgo de la Boyer con el ingeniero terminó y comenzó el romance con Egon. Las amigas de Nelly bromeaban: ´Te casas con el alemán por el bolsillo´.
Juntos compraron una tierra que era puro monte. ´Un amigo me dijo \'conozco un terreno lindo\'. No vivía nadie por aquí y descubrí un manantial de agua dulce; ahorré años para traerla hasta mis tierras´, explica Egon, terminando su cena.
La hacienda había empezado a crecer. Paralelamente, la empresa en la que trabajaba Wachtel los llevaba por países como Brasil, Colombia, Ecuador, Indonesia, Alemania. Llegaban luego los hijos y con el rodar del tiempo, los nietos. De estas épocas aún queda la máquina de ocho milímetros que proyecta la historia de la familia.
´¿Cuál fue la alegría más grande de su vida?´, le preguntaron una vez a Egon. ´Una noche llegaba a mi casa en mi caballito cuando nació el primer potro de mi yegua. Ése fue el mejor momento de mi vida´. La respuesta aún hace bufar a Nelly.
La vida en la hacienda de Yatigüigua llenó a Egon, más aún después de que en 1998, a los 76 años, renunciara a la empresa en la que trabajaba. Nelly tuvo que dejar la ferretería que tanto le gustaba en Camiri y se fueron al campo. Allí, las reses recibieron la marca EW, las iniciales del patrón. ´¿Y su nombre?´, le preguntan a Nelly. ´No me importa, si el dueño es mío´.
Los recuerdos cesan. Es hora de dormir y la pareja tiene escasas horas antes de atender a los visitantes que su hija Karen ha traído para la nueva misión: el turismo.
Un día en la hacienda
Antes que nadie, Egon salta de la cama a las cuatro de la mañana. Aprovecha el tiempo para asearse, tender su cama, contar los panes, poner el agua y servir el desayuno al personal hasta las 7.00. ´Yo me doy el lujo de servirme mi propio desayuno´, explica Egon, quien junto a su hija Karen atiende a los visitantes con las mermeladas y dulces que se hacen en la hacienda, al igual que el queso.
Para las 8.00, el hacendado organiza a los jornaleros y a través de la planilla les distribuye las tareas y se dirige, al compás de su bastón y el humo de su puro, rumbo a la lechería. Allí se ordeña a las vacas y se elaboran dos moldes diarios de queso. Los visitantes pueden aprender la técnica de extraer su propio vaso de la ubre de las vacas.
Son 2.800 hectáreas las que hacen de Yatigüigua un punto de observación de la naturaleza. Allí se encuentra el Centro de Observación de Fauna y Flora del Chaco (COFF- Chaco), que permite recorrer los cañones, la quebrada y las vertientes del lugar.
Antes de salir a recorrer una de las sendas, se visitan los campos de cultivo y la huerta, donde se cultivan hortalizas, verduras y 25 variedades de frutas, entre membrillo, mango, palta, tres tipos de plátano, vid, granadina, tuna, higo, mandarina, limón, naranja, pomelo, papaya, guayaba, kinoto, sandía, manzana, durazno y otras más.
La cosecha de las tres clases de maíz que se producen allí se hace a mano, empleando a personas de la región. ´Mi gente no ha sentido la crisis. Nunca nos falta comida´, replica Egon antes de guiar hasta la granja, detrás de la hacienda.
En ese camino está el gallinero donde se ve a los patos empollando, a las gallinas y a los pavos.
En estas tierras también se produce miel de caña y chancaca. Sin embargo, la ilusión actual de Egon es el parque ecológico, donde tiene bambú, sandías y una serie de plantas para que el visitante pueda conocer la riqueza natural de la región. Ése es el punto de partida para las sendas ecoturísticas que Adolfo Camacho Aramayo, chofer y subalterno de Egon, ayuda a abrir con su machete.
Más de 50 tajibos flanquean el camino hasta el cementerio familiar, un jardín donde yacen los padres de Egon, que también llegaron a estas tierras. ´Esa palmera tiene 57 años, como mi hija mayor´, reflexiona Egon antes de percatarse de la hora. Es mediodía, su esposa debe haberse levantado y debe correr a atenderla.
El recorrido continúa de la mano de Karen, quien se queda mirando los tajibos. ´Cuando mi padre llegó, eran unos pocos árboles. Ahora son 50. Así mide el tiempo mi padre´. Y así continúa el paseo en caballos, en el observatorio de aves y en una caminata en busca de más naturaleza.
La noche atrapa a los Wachtel con el canto de los grillos, nuevamente en el comedor. Los turistas ya están en sus habitaciones, lejos de la intimidad familiar y en espera de la travesía que les espera el siguiente día. Entonces Egon unta un pan con palta fresca de la huerta, calienta agua para el mate y ofrece aquella cena a su esposa, quien muy serena toma el primer bocado. La mirada azul de Wachtel le dice, dulce y en silencio, cuánto la ama. Ella no parece inmutarse. Sabe que es la propietaria de ese corazón alemán.
La Oferta turística
La casa de hacienda Yatigüigua (lugar donde se refrescan los animales del monte, en guaraní) ha adaptado su forma tradicional para recibir a los huéspedes. Tiene capacidad para albergar de 10 a 15 personas en cuatro habitaciones dobles, una triple y una cuádruple. Cuenta con baños compartidos, agua caliente, agua purificada para el consumo, comedor, varias salas de estar, cocina, terraza de observación y jardines.
El tour cuesta 70 dólares por dos días y una noche, incluyendo transporte desde Camiri, alimentación completa y la participación en actividades como la ordeña, paseos a caballo o el recorrido por sendas ecológicas. Informes: teléfono 71583008 y mail info@haciendasdelchaco.com.