Por lo menos en Santa Cruz, toda esta semana estará dedicada a la Fiesta Grande de los Cruceños, como alguien ha definido con acierto. Y ni qué decir de la próxima, con días de mojazones, banda, espuma, pintura y alguna cochinadita también. Pero desde estos días de preludio carnavalero ya se trabaja a media fuerza porque las comparsas están acicalando sus carros para el Corso del sábado, y las “peladas” preparando sus trajes llenos de colores y lentejuelas.
En el fondo, aparte de las características del largo carnaval cruceño, es Bolivia entera la que festeja con entusiasmo. En el Río de la Plata y Chile, el Carnaval pasa poco menos que desapercibido. Y en Brasil es el más importante acontecimiento del año, una fiesta del desenfreno y el ritmo entre cuerpos morenos que brillan con la transpiración. No sabemos cómo será el carnaval del Caribe, pero conociendo cómo les gusta bailar, seguro que las fiestas deben ser espectaculares. En Europa, hay regiones clásicas donde al Carnaval atrae a mucha gente y donde Venecia se destaca desde hace siglos.
En Santa Cruz —siguiendo al brillante carnaval orureño— la fiesta se está haciendo cada año más folklórica. Antes —cuando yo todavía podía retar al propio Rey Momo— las comparsas cruceñas éramos grupos de jóvenes y chicas que salíamos a las calles encharcadas por la lluvia a brincar, bailar, y beber, pero sin orden ni concierto. Desde hace unos años a esta parte, el Corso tiene un itinerario determinado y las comparsas bailan con más orden, pero lo importante es que la mirada del cruceño se ha vuelto a la tierra, y que los carros alegóricos, la música y los atuendos, son cada vez más nativos, más representativos del ser oriental.
Hoy, el clima carnavalero no es el mejor, por supuesto; en verdad es caótico por todo lo que sucede en el país. Los cruceños estamos con una de las peores inundaciones del último tiempo, con desbordes del río Grande y de los otros ríos menores —el Piraí— entre otros, que cuando se llenan son terribles. Esas aguas, desgraciadamente, van al Beni y allí provocan caos. En Cochabamba, luego de la invasión de los cocaleros y de los muertos y heridos provocados, los ánimos deben estar por los suelos, pero, que sepamos, el carnaval sigue adelante y culminará con el fastuoso Corso de Corsos, una tradición cochabambina. En La Paz el carnaval decae cada vez más, aunque existe el ánimo de levantarlo nuevamente. Y bueno de Tarija ni hablemos. Se sabe que es una de las fiestas más alegres —hemos pasado carnaval en una oportunidad— y las comadres están re buenas y no le hacen ascos al singani ni a los caldos chapacos.
Total, el Carnaval comienza esta semana y pese a todos los sinsabores y la pobreza, el pueblo se olvidará de sus pesares y festejará.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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