La fuerza y la sensualidad de esta danza atrajeron a José Luis Etienne Noya. Su historia resume la pasión que anima a muchas fraternidades en Oruro.
Texto: Miguel Vargas Saldías • Fotos: Nicolás Quinteros
Bombos y platillos. Marchaba la década de los 90 cuando Pimienta se atrevió a meter una banda por la puerta trasera de la discoteca Forum. ´Si es un papelón será tu culpa´, le amenazaron. Pero cuando se abrió el telón del escenario, se armó la fiesta. No importó que sea jueves, la gente bailó hasta el amanecer al ritmo de caporal.
Su nombre es José Luis Etienne Noya. Sus cascabeles no delatan 47 años de vida, aunque sí 25 de experiencia en las botas. Pimienta es un apodo que arrastra desde la niñez, cuando en el barrio lo relacionaron con el travieso personaje de las tiras cómicas. El abogado es hoy un fraterno de los Caporales Enaf (Empresa Nacional de Fundiciones) y se alista para seguir cumpliendo su promesa a la Virgen del Socavón en Oruro.
´Tengo mis raíces allí. Nací en La Paz, pero mis padres son orureños y todas las vacaciones las pasaba con mis abuelos en Oruro. Ahí tenía a mis grandes amigos. Cada sábado de carnaval teníamos que sacar los sillones para ver la entrada en la calle Bolívar´.
Pero la pasión empezó oficialmente en 1982, cuando formó parte de los Sambos Caporales. ´Yo tenía 22 años y debía ensayar en Oruro todos los domingos junto a otros que viajaban sólo por eso. Creamos la filial La Paz y vivimos muchas aventuras, como viajar en tren sorteando los bloqueos´. Así nació el grupo bautizado ´Los 18 de Oruro´, de bancarios y médicos.
La semilla del caporal
´Ahí está el foklorista´, le decían en tono burlón sus compañeros. En 1983 el folklore no estaba bien visto y la juventud se ocupaba del rock, el baile latino y el disco. Este caporal sólo tenía el apoyo de su hermano, quien desde Alaska le mandaba dinero para poder costear tantos viajes a Oruro.
El baile apasionaba a Pimienta, pero luego de tres años sintió que era demasiado ir y venir. ´Junto a otros muchachos tuvimos la iniciativa de crear la filial en La Paz. Empezamos los ensayos en una casa, la de la señorita Beatriz Choque, y posteriormente entramos a bailar a la cancha bancaria entre las calles Busch y Guatemala´. Su actual esposa, Patricia Morales, su cuñada y un sólido grupo de amigos empezó a ensayar.
La filial atrajo entonces a más de 50 personas. Sin embargo, por divergencias con el grupo, Pimienta se retiró de los Sambos y pasó a las filas de los Caporales Centralistas, donde permaneció por buenos años. ´Allí teníamos chicas muy lindas y jóvenes guapos. Estuve alrededor de cinco años y llevamos a Oruro a más de 150 componentes. Los dejamos muy bien conformados y con un buen nivel competitivo´. Pese a ello, en esa temporada hubo otra escición en los centralistas que terminó creando el bloque La Paz de los caporales San Simón.
Cuando Pimienta dejó a los Centralistas ingresó a Enaf, acompañado por otras 30 personas. ´Siempre hemos tenido buenas relaciones con todos los grupos, aunque también hemos sido competitivos. Yo creo que de esa forma es que ha crecido el caporal´.
Con 17 años vistiendo la casaca de Enaf, el 31 de octubre del 2003 reunió a la gente madura de la fraternidad, unos 50 ó 60 almas que mantenían además una relación muy estrecha, y se unieron a los Zambos Caporales que participan en el Jisk\'a Anata, Urkupiña y Sucre. ´Con cariño y devoción hemos podido consolidarnos´.
En todo este tiempo, Pimienta aprendió no sólo a poner cascabeles a las botas, sino a confeccionar sus propios sombreros y a bordar en alto relieve. ´Antes los trajes eran lindos, pero más sencillos. Uno les tenía más cariño porque trabajaba en ellos. En cambio hoy el bordador te entrega el traje ya terminado. Todos son iguales´.
Con 260 integrantes, Enaf guarda un espacio especial para que aquellas personas con muchos años de experiencia puedan lucir su baile. Los Pacoches (caballeros o buenos mozos, en aymara), son ocho y destacan junto a las figuras y las ´machas´ caporales, mujeres que prefieren el estilo masculino.
Pimienta es un hombre feliz. Ha recibido reconocimientos por su trayectoria y sigue disfrutando del ritmo contagioso del baile creado en La Paz. ´Me gusta la agilidad, la fuerza de los saltos. La mujer representa la sensualidad, es la carta de presentación; el hombre es la fuerza y la hombría´.
Esta alegría la comparte también con su familia, donde todos han sido o son caporales. Sus amigos siempre van a verlo bailar. Sin embargo, le marca el pecho un dolor: su hermano, quien le apoyó desde el primer instante, murió en un accidente en flota en la carretera a Cochabamba, recién llegado de Alaska. ´Él nunca me ha visto bailar. Ésa es mi pena, una parte amarga que llevo dentro. Ese año también estábamos de duelo por mi papá. Pero yo sé que mi hermano estará este año bailando como un ángel conmigo´.