Miles esperan solidaridad y una distribución efectiva de la ayuda BENI • Las familias que tuvieron que buscar refugio en este departamento lo perdieron casi todo. La mayoría son pobres y se destaca la presencia de mujeres, hasta en 80 por ciento.
DESPLAZADOS A UN ALBERGUE • Esta mujer y sus niños ahora viven en este refugio de emergencia.
Carlitos tiene dos años y todo el día corre desnudo y juguetón por los patios de la unidad educativa Pedro Ignacio Muiba, detrás de los animales silvestres.
Bajo un calor promedio de 27 grados centígrados, su inocencia no le permite ver el duro momento por el que pasan él, su madre y sus cuatro hermanos, que ahora viven refugiados en este centro educativo de la ciudad de Trinidad, capital de Beni, después de que las inundaciones anegaran alrededor del 40 por ciento de este departamento.
El pequeño no viste ninguna prenda porque simplemente no la tiene. Su madre, Elena Zume, una cocinera de 33 años, cuenta que por las noches envuelve a su hijo en una toalla y lo abraza cuando llega la hora de dormir.
Esta familia sólo es una representación de lo que ocurre hoy en Beni, donde 17 mil hogares, la mayoría pobres, han perdido casi todo y ahora, lamentando esta nueva desgracia en sus vidas, coinciden en que esperan una justa, rápida y transparente distribución de las donaciones por parte de las autoridades.
La ayuda tan anhelada empezó a llegar el jueves y ayer se sumó a ella la que trajo el prefecto de Santa Cruz, Rubén Costas, consistente en 50 toneladas de alimentos, medicinas y vituallas.
Los refugiados, en su mayoría mujeres y niños, en su desesperación por narrar su situación, se aglomeran cuando se enteran de la presencia de algún periodista.
“Por tender una cama en el piso ya no tenemos con qué taparnos”, narra doña María Méndez Cortez (58), apoyada en sus ocasionales compañeras en la escuela Nicolás Suárez.
Por ahora, ellas duermen en el piso, sólo sobre una sábana, y es que los colchones y las frazadas fue lo último que intentaron salvar cuando las aguas empezaron a invadir sus pequeñas casas construidas de motacú.
“Los colchones se mojaron, las frazadas y sábanas igual y antes que salvar aquello preferimos coger nuestros aparatos eléctricos”, cuenta Teresa Hurtado Melgar (48), mientras muestra la planta de sus pies, aún con heridas sangrantes a causa de los esfuerzos que hizo por rescatar sus cosas. Hasta su vivienda, ubicada en el barrio de Villa Loreto (Trinidad) sólo pudo llegar el camión de la perrera municipal para colaborarla en el traslado.
Tras un recorrido por varias escuelas que sirven de refugio, llamó la atención de La Razón la presencia de mujeres, que suman alrededor del 80 por ciento del total de refugiados. Entre ellas hay madres solteras, viudas, abandonadas y madres echadas al olvido por sus hijos.
Sus edades oscilan entre 18 y 62 años. La mayoría son vendedoras, campesinas, lavanderas, cocineras, empleadas domésticas que como confiesan, no han cursado el bachillerato.
Son estas mujeres, con claras desventajas para desenvolverse en la sociedad, las que ayer —a través de este medio— reclamaban la atención de las autoridades, además de la presencia de médicos para ellas y sus hijos.
Para muestra basta el caso de Eugenia Noe Javivi (37), que padece una inflamación crónica de la matriz y que hasta ahora no ha recibido un tratamiento efectivo a la dolencia, que no la deja tranquila desde hace días.
Pero el drama también se extiende hasta los que no tuvieron la misma suerte de ser alojados. Por ejemplo, a la largo de la avenida Circunvalación, que une la capital, Trinidad, con la localidad de Puerto Varador, miles de personas prácticamente han huido del agua y se han instalado en carpas al borde del camino.
Allí amontonaron sus pertenencias, una sobre otra, y armaron sus camas (si es que lograron salvarlas), y mientras cocinan, hacen secar plátanos o pelan las últimas yucas que pudieron rescatar de sus chacos, levantan la mirada para ver pasar los vehículos, como si el borde del camino polvoriento fuera la ventana de su nueva casa.
En una de estas carpas está Alfredo Rojas de 11 años, que está a cargo de sus tres hermanos menores. Los cuatro, con su ropa agujereada por el uso, se queman la cara con el sol mientras cada día, desde el sábado, esperan la llegada de sus padres que —según dijeron— fueron, monte adentro “a ver qué podían salvar” de su pequeña morada, ubicada a 10 horas de viaje. Estos niños se alimentan de la poca ayuda que les dan los que también la necesitan, sus vecinos.
Esta situación se repite si se decide salir del centro de la ciudad de Trinidad hacia sus cuatro puntos cardinales. Es así que cuando uno decide alejarse de la mancha urbana se encuentra con pequeños charcos que van indicando el camino que dirige a las inundaciones; basta con viajar unos 20 minutos en coche o motocicleta para encontrar pedazos de los techos de cientos de viviendas flotando en las zonas que están anegadas.