La muerte de Antonio Viaña, el cronista social por excelencia de la prensa paceña no ha tomado a nadie por sorpresa, principalmente porque ya eran más de dos años desde que tras un episodio aún no esclarecido, la figura más temida de la buena sociedad paceña había perdido casi todas sus facultades mentales, y estuvo confinado a una soledad, tan grande como el exceso de compañía que lo rodeó mientras fungió de árbitro de los salones chucutas.
Independientemente de la pena que inspira la muerte de alguien que se conoció a lo largo de muchos años, del pesar que sienten sus verdaderos amigos, y de la impotencia e indignación que se puede sentir por un acto de violencia que desencadenó este triste final, lo interesante del asunto es que como lo mencionó Fernando Salazar, con Ficho se va una época en la vida social paceña.
En realidad, su partida es parte del tsunami político y social que hemos vivido estos últimos años. El mundo de Ficho, y no se puede determinar si él lo describía o si lo creó, se acabó ese 17 de octubre, cuando la clase alta boliviana pudo ver a su Primera Dama, por excelencia, abandonar la hoyada en un helicóptero. Goni y compañía ya no están, doña Lydia, convertida en la Presidenta Madre ante todo por las páginas sociales, ya no circula como antes, Garafulic ha muerto, y su imperio mediático se ha desvanecido; hasta Jorge Canelas, quien fue de una forma u otra el inventor de Ficho nos ha abandonado hace casi un año.
No pretendo hacer un análisis sociológico de las clases altas bolivianas, mucho menos un juicio de valores; sin embargo, si hay algo que realmente reflejaba esa élite exclusiva y por tanto excluyente, eso era la página de Antonio Viaña. Nada estaría más lejos de la dinámica actual, se puede decir que hoy no hay espacio para un Ficho, y eso no nos puede necesariamente entristecer, digo, no hay un espacio para una Fichocracia, para una percepción clasista que dicte su estética, sus valores y sus no valores desde las esferas del poder. Es obvio que las clases tradicionales pervivirán al cambio, y mantendrán sus rituales, sus cosas bellas, sus fatuidades, y sus cosas horribles, y está bien así, pero ya no ocuparán la cúspide de la pirámide.
¿Triunfará una revolución a la cubana?, ¿se reirá más bien, al último, el gatopardo?, lo único cierto es que vivimos tiempos interesantes, tan interesantes, que la vida de sociedad se antoja aburridísima.
Asistí al entierro de Antonio Viaña por afecto, y porque era mi forma de honrar a una víctima más de la homofobia de nuestro país. La concurrencia fue pequeña, nadie hubiera escapado esta vez de la memoria del cronista, pero de seguro que habría fulminado con un irónico comentario al curita sopocacheño que se despachó una sarta de sandeces delante de su tumba.
*Agustín Echalar es periodista independiente.
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