En suma, ni todo déficit es malo, ni todo lo que brilla como superávit es oro. Depende de variables como la solvencia y sostenibilidad de las políticas fiscales... Uno de los indicadores más conocido en el análisis económico es el déficit/superávit público. Cuando el Gobierno gasta más dinero de lo que recauda con impuestos estamos frente a un déficit. Si sus ingresos son mayores que sus expendios tenemos un superávit. Generalmente, este indicador de la salud financiera del Estado se lo mide como proporción del producto interno bruto (PIB). Por ejemplo, en el 2006, el superávit público fue de 5,9 por ciento del PIB, algo de 600 millones de dólares. Cabe recordar que en Bolivia, el producto está en torno a los 10 mil millones de verdes del Norte.
La bonanza fiscal es una excepción en la historia económica nacional. Sólo tuvimos superávit en 1949 (1,2 por ciento del PIB), 1955 y 1956 (0,25 por ciento del PIB en ambos casos). En periodos posteriores, sólo se registraron pérdidas. En el año 2005, el déficit público fue 5,2 por ciento del PIB. Un caso extremo, de virtual quiebra del aparato estatal, se dio en 1985, cuando el agujero público llegó a 25 por ciento de la misma variable.
El fenómeno del superávit fiscal no sólo se está dando por estas tierras. Chile, Argentina y Perú están en la misma situación. En general, países exportadores de recursos naturales no renovables, debido al boom de precios internacionales, están con abundancia de ingresos.
Las autoridades gubernamentales bolivianas se están mordiendo las kaukas de felicidad por el inédito superávit. Pero cuando se trata de manejo fiscal, la afirmativa popular: ´Oye, mucho estás riendo, seguro vas a llorar´, debe ser considerada con seriedad. Se está generando una hiperinflación de expectativas sociales, que puede convertirse en avalancha de pedidos de toda índole.
Coloquemos el tema de la administración fiscal de una manera más amplia. ¿Es malo, per se, un déficit público y un superávit es la gloria económica? La respuesta de los economistas a esta vieja interrogante es una de las más odiadas, por su ambigüedad e interpretación política. Ni sí ni no. Depende.
La gravedad o no de un déficit público depende de tres variables. Primero, su tamaño. Para una economía pequeña 6 por ciento, por ejemplo, puede ser el acabose, pero para una economía grande puede ser moco de pavo. Además, la gravedad de la brechas ingresos – egresos se sujeta también para ver si la economía está creciendo o no. Segundo, el peligro del déficit depende en qué se está gastando la lana, la mosca. Si el agüero fiscal se explica por elevados niveles de inversión en infraestructura, el desequilibrio puede ser más tolerable porque el retorno económico y social de más caminos u hospitales puede ser muy grande. Entre tanto, si el déficit se origina en gasto corriente (salarios) o pago de deudas, las cosas se complican. Tercero, los riesgos de un bache en las cuentas públicas dependen de cómo se financian los excesos de gastos. Si éstos están respaldados por nuevos impuestos o ingresos extraordinarios sostenibles, no deberíamos poner cara fea al déficit. Sin embargo, si el Gobierno está dando un paso mayor de lo que la apertura de sus piernas se lo permite, por ejemplo, endeudándose o, lo que puede ser peor, usando la maquinita de imprimir billetes, el asunto es grave.
Ahora bien, ¿cuánta euforia nos debería producir el publicitado superávit del 2006? Nuevamente, la respuesta antipática. Depende de su origen. En el caso boliviano, un factor determinante de la bonanza fiscal fueron las recaudaciones del sector hidrocarburos. Si no existieran los ingresos provenientes del nuevo Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH) y si no se habría hecho la nacionalización, el déficit público sería de 2,7 por ciento del producto. Cabe también recordar, los mayores ingresos fiscales son volátiles, porque están asociados a la Navidad internacional de precios altos de la energía y otros productos.
Además, el superávit público se debe a que se han acumulado depósitos del Tesoro General de la Nación (1,5 por ciento del PIB), los municipios (1,5 por ciento del PIB) y las prefecturas (1,2 por ciento) en las cuentas del Banco Central. Es decir, la plata está en la vitrina del Gobierno, relucientes 445 millones de dólares. El otro lado de la moneda de la bonanza fiscal, que tantos réditos políticos tiene, es un déficit en inversión en salud, educación, infraestructura y otros, que hace infeliz a mucha gente, especialmente a los más pobres. En un país con tantas carencias, como el nuestro, exhibir recursos públicos en el escaparte no es algo de lo cual debamos estar orgullosos. Aunque todavía no se tienen datos finales, el publicitado superávit fiscal, en parte también se explica por una pobre ejecución de la inversión pública, especialmente de la Administradora Boliviana de Caminos (ABC), antes Servicio Nacional de Caminos, y algunas prefecturas.
En suma, ni todo déficit es malo, ni todo lo que brilla como superávit es oro. Depende de variables como la solvencia y sostenibilidad de las políticas fiscales, la volatilidad de los ingresos del Gobierno y el ciclo por el que atraviesa la economía. Para el 2007, la proyección es el volver a gastar más de lo que se recauda, el déficit será de 2,7 por ciento del producto. La plata saldrá de la vitrina.
*Gonzalo Chávez es economista. chavezbol@hotmail.com
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