Como si fuera un retrato de familia, el óscar desfiló ayer delante del Teatro Kodak en Los Ángeles con Anacleto Medina a la cabeza, orgulloso padre de este pequeño ejército de estatuillas que hoy pasarán a otras manos.
Este mexicano de un pueblo de Zacatecas admite así su paternidad de las estatuillas. "Yo soy el que hace el óscar, el que transforma la materia prima".
Se trata de un laborioso proceso de seis a ocho semanas por cada camada de 50, número que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas pide cada año, donde Medina está al frente de más de 80 hispanos, en su mayoría mexicanos.
Es parte de los 165 empleados de la empresa R.S. Owens que, lejos de los brillos de Hollywood, en Chicago, se encarga cada año desde 1983 de la fabricación del preciado galardón.
Como supervisor de producción se encarga año tras año de desempolvar el molde, guardado bajo llave para evitar tentaciones, calentarlo y echar en él esa aleación de estaño y cobre, entre otros metales base que la forman. De sus manos sale una estatuilla "sólida" que mira "con lupa" antes de pasarla al siguiente departamento para que le quiten "las líneas" y en el pulido lo dejen "bien bonito y brillante".
El óscar siempre estará desnudo, como vino al mundo, con un peso de 3,845 kilos y 34 centímetros de altura. Pero su desnudez brilla más intensa con los baños de bronce, níquel, plata y, finalmente, de oro de 24 quilates.
El precio de manufactura es un secreto tan bien guardado como el molde de esta figura, pero —como dice el anuncio de una tarjeta de crédito— su valor es "incalculable". Los ángeles, (EEUU), EFE