La Escuela Militar de Música de Viacha es el primer paso para que muchos —y desde este año muchas— jóvenes compatibilicen su pasión por la música y su inclinación por la vida militar.
Antes son militares, luego músicos´, es la consigna. Sobre el cemento gris de la pista retumba sordo el golpe unísono de 50 culatas. Vastas armas acarreadas por hombres y mujeres camuflados de verde y negro, con rostro severo y porte solemne. Ante la sombra de su superior, su expresión se torna insegura y recatada.
El teniente coronel Demetrio Camacho Blanco, quien dirige la Escuela Militar de Música de Viacha, mira desconfiado el cielo encapotado como si le lanzara una advertencia. Luego, mientras los y las jóvenes desarrollan sus ejercicios de instrucción —unas trotan con las muñecas adheridas al pecho, otros se arrastran como reptiles por el suelo—, el coronel vuelve a comentar con certidumbre: ´Haciendo manejos del arma se forma el carácter militar´.
Hasta hace sólo un mes, las mujeres tenían la entrada prohibida a las instalaciones de la escuela. Desde este año, ya no sólo los hombres de entre 18 y 21 años tienen la oportunidad de presentarse a las tres pruebas de acceso (musical, física y de cultura general), sino que muchas féminas han ingresado a las filas de esta escuela con un objetivo común: ´defender su patria y desarrollar sus capacidades musicales´. Así se expresa Daniela Blanco tras ser llamada por el coronel y exhortada a pedir permiso para salir de la fila. Miguel Ángel Quispe, quien tan sólo lleva un mes en el instituto, considera que ´es muy positivo que las mujeres también puedan ingresar en la academia porque de esta manera se equiparan los derechos de ambos sexos, y se les ofrece las mismas oportunidades´.
El cabello recortado de las alumnas se desordena al quitarse las gorras. Sin embargo, como de costumbre, toda regla tiene una excepción. Un moño con redecilla recoge cuidadoso las dos largas trenzas de Virginia Quispe, criznejas que sólo caen sobre sus hombros al cruzar las puertas de la escuela los fines de semana.
Esta joven de 19 años, que relata su inclinación por el mundo militar y musical, viste pollera fuera del instituto. De ahí que ´para respetar su identidad se le ha eximido de cortarse el pelo´, explica Camacho Blanco.
La disciplina militar
5.10. El despertador rompe el grato silencio dormido. 5.30. Duchados, vestidos y con su pabellón recogido y aseado se dirigen al comedor para desayunar. 7.30. Antes de iniciar las actividades matutinas, se izan las banderas de las tres Fuerzas Armadas de Bolivia: Aérea, Naval y Ejército.
El alumnado de los tres cursos de Técnico Superior de Ciencia y Arte Militar y los asistentes al posgrado se dividen entre las pistas (dedicadas al primer grado para la instrucción militar), los espacios limítrofes a la misma (para las bandas) y las aulas donde se imparten clases de solfeo y demás materias musicales. Este edificio lo comparten con los despachos de los cargos superiores.
El blanco de la pizarra de tinta está manchado con las notas de una marcha militar. Por la rejilla de la puerta del aula se cuelan las voces de los alumnos durante la clase de solfeo, decorada con dibujos y fotografías de instrumentos de viento, percusión y cuerda. Frente a los pupitres de madera oscura, el profesor dirige una orquesta de distintos tonos. En la sala vecina sin luz y cerrada, alumnos de posgrado reciben con diapositivas una lección sobre la conducción de operaciones militares.
Las clases se prolongan hasta las 13.10, cuando todos vuelven a reunirse para el almuerzo y, por turnos, se encargan de limpiar bandejas y cubiertos. Hoy, el menú ofrece chairo paceño, seguido de unas lentejas con salchichas acompañadas de arroz.
A las 15.30 vuelve la actividad en grupos. La pista de baloncesto frente a las aulas sirve para practicar este deporte o voley, fútbol...
Los grupos musicales especializados ensayan sus canciones. Buribandín, de tintes tropicales, está integrado por mujeres que tocan las maracas y menean los hombros al son, acompañadas de músicos que coordinan también sus giros con el tambor y la guitarra.
Grupos de música autóctona, folklórica, electrónica, orquesta y mariachi contrastan con el ambiente marcado por la solemnidad.
La disciplina castrense copa cada rincón, cada movimiento, cada pensamiento gestado entre estos muros viacheños. Una orden con tono elevado y rudo precede a toda acción, seguida de la correspondiente autorización o negativa. Medallas y condecoraciones adornan los uniformes, señal de la posición jerárquica de cada militar y, per se, indicador del trato que se le debe brindar.
Izquierda, derecha, izquierda... marcan los pasos de un desfile militar con 200 músicos que cada jornada se esmeran en perfeccionar el sonido de sus instrumentos: trompetas, bajos, barítonos, contrabajos, clarinetes, saxos, tambores, bombos, timbales y xilófonos. Aparece en la pista la orquesta completa emanando fuerza. Una amalgama de sonidos se funden en orden para encontrarse en una misma melodía. Los uniformes azules, negros y verdes indican la pertenencia a la Fuerza Naval, Aérea o del Ejército, instituciones que solicitan cada año varios de los alumnos graduados para que sean enviados a un destino dentro de las fronteras del país.
La bandera boliviana sobresale entre las dos coronas laterales. El rojo, amarillo y verde salpican los instrumentos y adornos que hablan de la patria. El director de la banda, batuta en mano, se coloca sobre una tarima para divisar la banda al completo, que toca luciendo sus mejores galas.
Los himnos de cada prefectura y de Bolivia, además de las marchas militares como Que se rinda tu abuela, Canto a Abaroa o Colorados de Bolivia, son las especialidades de estos alumnos que deben tocar al menos dos instrumentos.
La historia
La Escuela Militar de Música fue creada en 1889 e inició su actividad al año siguiente. Tras varios altibajos históricos que provocaron su cierre en varias ocasiones, además de su traslado, finalmente en 1995 reabrió sus puertas hasta hoy. Poco después se trasladó a su actual terreno, donde se han realizado diversas obras de mejora.
Los actos más recientes en los que ha participado han sido el aniversario de la fundación de Bolivia en Sucre, la celebración del aniversario de la creación de la primera sección de la provincia del Gran Chaco o la conmemoración de la fundación de Oruro. Estos viajes suponen toda una aventura para muchos de los músicos que pocas veces han cruzado las fronteras de La Paz. Algunos proceden de familias humildes en las que la pertenencia al ejército supone una salida profesional muy valorada para su descendencia, que además les dota de un seguro médico.
´Este instituto les dota de un título técnico, una profesión y de un seguro social, lo que no es poco´, explica el mayor Ramiro Córdoba, mientras observa una de las actuaciones del grupo Buribandín. Para Daniela Blanco, alumna de primer curso, haber visitado Oruro ´resultó toda una experiencia, aunque no pudiéramos salir de franco´.
Es el tercer año de clases de Salomón Condori Mamani. Aprendió de todo. Sabe tocar la guitarra, el charango, el órgano, el piano y la batería, además de ser vocalista. ´Me siento orgulloso de nuestra actuación en escenarios como Oruro, Tarija o Sucre´, explica. Cuando termine le gustaría que le enviaran a algún destino de la frontera oriental del país.
Por otro lado, Miguel Ángel Quispe, quien ejecuta la zampoña y otros instrumentos de viento, siente ´pasión por la música desde el colegio. Allí entré en una banda y me gustó tanto que creé mi propio grupo folklórico´.
Especialmente ilusionado ante su reciente ingreso en la Escuela está Iver Moya Alonso, de 21 años. ´Siempre he soñado ser militar; cuando veía las entradas militares desde el colegio me hacían llorar de la emoción. Además, mi padre y mi abuelo tocaban la trompeta, afición que yo heredé y en la que me quiero especializar´, sostiene este joven con tez rojiza por el frío.
Unos 300 alumnos y alumnas llenan los espacios de esta escuela. Los dormitorios cuentan con literas dobles y casilleros personales. Todas las chicas duermen en una misma habitación.
A ellas les costó un poco acostumbrarse a la temprana hora en la que deben estar de pie, así que ´en cuanto una de nosotras abre los ojos empezamos una cadena para que nadie se quede dormida´, indica Daniela. ´Este es sólo uno de los ejemplos que muestra la confianza y la amistad que se está forjando entre nosotras y nos permite sentirnos mejor acá´, concreta Carla Salas frente a las ´camaradas´ que la rodean.
Estas mujeres pioneras en la escuela militar se sienten orgullosas de abrir un camino a las que vengan detrás, porque son ellas las que van a superar los primeros obstáculos de esta ´fase experimental´, como la define Camacho Blanco. ´Nos gustaría ch\'allar nuestro pabellón. Así nos sentiremos más seguras de mantener la buena suerte que nos trajo acá´, señala otra de las alumnas indicando las habitaciones.
Junto a la puerta de este nuevo espacio, acondicionado especialmente para ellas, hay un timbre que todo varón debe tocar antes de pasar. Varios espejos visten el pasillo hasta el dormitorio ubicado frente a las duchas. Ellas ríen felices. Sin embargo, la llegada de los superiores —así como a los hombres— las pone rectas, serias y temerosas, o quizá simplemente es que entienden la disciplina como silencio y obediencia.